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miércoles, 28 de agosto de 2013

En la muerte de Gilmar dos Santos



Francisco Javier Gómez Izquierdo

Las leyendas -siempre apócrifas- del otro lado del mar nos decían que los niños torpes del Brasil acababan de porteros de fútbol y como leíamos mucho sobre Pelé, un dios incontestable por entonces, admirábamos la gloria amarelha, sin echar cuentas de quién era el portero de aquél equipazo histórico. Aparecieron Cruyff, el Ajax y Holanda y empezamos a enorgullecernos del fútbol europeo al tiempo que buscábamos los defectos de los hasta entonces dueños del jogo bonito. El Santos ya no era más que el Ajax y a Pelé había que verlo faenar en la Copa de Europa. Los porteros no llamaban la atención y todos creíamos que como Iríbar no había ninguno, pero un día a Cruyff le preguntaron por “su” equipo ideal en la historia del fútbol. No recuerdo a nadie de su alineación favorita, pero me sorprendió que pusiera a Gilmar como el mejor portero, argumentando que no había cancerbero con nombre más bonito. Es posible que en holandés Gilmar suene cual melódico verso, pero las palabras de Cruyff, al que se tenía por oráculo, hicieron que me interesara por aquel extraño blanco entre negros que guardaba siempre la compostura en el posado inicial.

    Una foto histórica nos muestra al mejor portero de Brasil de todos los tiempos consolando el llanto alegre de Pelé tras la conquista del campeonato mundial en Suecia, mirando con tranquilidad al infinito, como si tuviera previsto lo que pasó. Dicen que Gilmar era como un padre para Pelé, no en vano le sacaba diez años y ambos pertenecían al mismo club, el Santos.  Se comprende que O rei a los 17 años buscara en Escandinavia los brazos protectores de  un señor de su pueblo que supiera entender sus lágrimas. Aquella imagen y no  sus paradas convirtieron a Gilmar en “el portero de Pelé” y desmintió las fantásticas teorías del desprecio brasileño a “ los goleiros”.
    Gilmar jugó en Santos y Corinthians, una cosa así como en el Madrid y el Atleti, teniendo mucha consideración en ambas aficiones...., y es que Gilmar  trasmitía autoridad y confianza, dos cualidades que dan mucha prestancia y respeto. Sobre todo respeto.

     Descanse en paz el cancerbero mítico que solo los brasileños saben cómo paraba.