jueves, 13 de octubre de 2022

Vida del pintor Bonifacio. Madrid, Cuenca, San Sebastián II

  


BONIFACIO

Turner, 1992

Ignacio Ruiz Quintano

 

VEINTITRÉS
Madrid, Cuenca, San Sebastián II


Bonifacio viaja a San Sebastián para ver a su madre y para salir a pescar. Su madre es muy mayor, y Bonifacio, por agasajarla, siempre le lleva una caja de pastas, aunque ella prefiera el jamón de recebo. Luego, si hace buen día, sale al mar a coger txangurros, y si no, se va a las lonjas para ver a las pescaderas desollar atunes de un solo tajo y sin rebarba, que es una de las visiones que más lo impresionan desde que era niño.

En cuanto aparece por San Sebastián, tampoco falta quien lo llama para complicarlo en el jurado de algún concurso de pintura, y Bonifacio, en ese momento, dice que sí, por no chasquear al amigo, pero después pasa el tiempo, lo piensa mejor, y dice que no, “porque esto de la pintura no es una carrera de bicis”, y regresa a Madrid.

Más esporádicas son sus escapadas a Cuenca, y, en todo caso, por motivos burocráticos o artísticos: el papeleo municipal o las vidrieras de la catedral, porque Bonifacio, sin darse cuenta, se ha convertido en un artista catedralicio y en un teólogo de la luz, con Henri d’Chanet, Gerardo Rueda y Gustavo Torner.

El experto en vidrieras es Henri d’Chanet, que un día puso un taller en Cuenca. Para restaurar las vidrieras de la catedral convocan a todos los artistas, pero Antonio Saura se queja de que hay mucha gente, muchos estilos, con lo que la catedral puede acabar parecidneo una exposición colectiva. A Bonifacio, sin embargo, le hace gracia el encargo, y acude al trabajo “por romanticismo”, que no es un decir por decir, porque otro día le encargan la restauración de los pasos procesionales de Vitoria, que se tambalean, y Bonifacio declina el ofrecimiento y recomienda para el empleo a Henri d'Chanet.

 



La catedral de Cuenca es una catedral que despista a los turistas, y enervará las pasiones de los novios rústicos con la gran profusión del morado que vierten sus vidrieras, “porque ese morado es la tinta del morado de pueblo”, como lo dijo Gómez de la Serna al tratar del morado vitral que domina la catedral literaria de Remy de Gourmont. He aquí el riesgo: “Bajo esas vidrieras… se ve lo absurda que es la restauración, que ha mezclado mezquinos pedazos de cristal, absurdos restos de vidrieras de portal, y ha convertido toda vidriera restaurada en un galimatías fácil, en una especie de falso cuadro cubista, hijo de la casualidad, sustituida cada dificultad en que se necesitaba dibujo, decoracionismo y matiz por la más torpe zarabanda de los siete colores en una geometría catastrófica.”

Para pintar sus vidrieras, Bonifacio no se ha guiado por el evangelio de San Juan: le bastaba con saber que nada sobreviviría si la luz dejara de brillar, con lo cual únicamente se ha planteado los puntos del sol naciente y del sol poniente.

“Muchos días –dice–, a las cinco de la mañana, que abren, iba a la catedral y me sentaba allí a observar las luces mientras me quitaba la trompa”.

Así que Bonifacio ha concebido las vidrieras a su aire, con gran profusión del caramelo, y ahora nadie podrá decir que sus vidrieras son una calcomanía como las demás. Ni siquiera don Dimas, el archivero, que había juzgado irreverentes, y aun obscenas, algunas formas fálicas de la composición, aunque eso fue porque Bonifacio riñó en una ocasión con don Dimas por visitar a dos enfermos con un litro de vino, caridad que no contempla la primera de las siete obras corporales de misericordia.

De Cuenca, la verdad es que Bonifacio sólo echa de menos las cabezas de cordero, que no las hay en Madrid tan pequeñas ni tan en su punto de asado. A Madrid le faltan las cabezas de cordero que asan en Cuenca y, naturalmente, el mar de San Sebastián. (También le sobran todos esos horribles solecismos de bronce que son las nuevas estatuas de subvención municipal, y que surgen como espantajos en medio del melonar.)

Cuando vivía en Cuenca, Bonifacio sólo se acercaba a Madrid para ver películas del realismo italiano y los cuadros –las transparencias– de Velázquez en el Museo del Prado.

Se reconoce, y hace bien, entre las víctimas del fenómeno Bergman que asoló a su generación en los sesenta, embaucada de veras por las lucubraciones en torno al misterio femenino del gran farsante nórdico hasta descubrir que hay más misterio femenino en Santo contra las mujeres vampiro, con el luchador mejicano Rodolfo Guzmán Huerta oculto tras una máscara plateada y atizando a un hatajo de sáficas vampiresas, que en la filmografía completa de Ingmar Bergman.

De Cuenca también sacaron a Bonifacio para que Bonifacio pudiera conocer a José Bergamín, que vivía en una casa de la esquina de la madrileña plaza de Oriente, frente al Palacio Real. Bergamín, que, según los casos, lo mismo era madrileño que malagueño y vasco, representaba para Bonifacio el ideal de hombre intelectual, y le cupo el honor de publicar, a instancias de Antonio Machón, una carpeta –Serán ceniza, 1978– con cinco aguafuertes en apoyo de cinco sonetos inéditos del autor de Mangas y capirotes. Mas Bonifacio se quedó sin conocer a Bergamín, porque Bergamín, en esos años, apenas salía de casa, y porque Bonifacio, que no es amigo de marear, nunca se atrevió a llamarlo por su cuenta para ir al Alabardero a platicar.