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viernes, 31 de enero de 2020

El abrazo




Hughes
Abc

Interesante documento. Uno de los agricultores que se manifestaban hoy en Extremadura acude a abrazar al policía que le dio “candela”. En las comparaciones con los CDR o en la distinta actitud polìtica ante unos y otros mejor no entrar. En el límite, diríase que pegar un porrazo a un extremeño es políticamente más sencillo que pegárselo a uno de Barcelona.

Pero lo curioso es esa estampa, ese abrazo. ¿Qué vemos ahí? Una solidaridad trabajadora, currante. Tras haberse manifestado en defensa de sus intereses legítimos, y haber sido reprimido por la policía, el agricultor acude a reconocer al otro su profesionalidad y a presentarle sus respetos y colaboración.

¿Es esto de izquierdas? ¿O es un comportamiento de “terrateniente” como decía hoy mismo un sindicalista envuelto en fulares? Dirán acaso que es “propietario” no el mítico jornalero. El sindicalismo vive de incluir a unos trabajadores y abandonar al resto. Pero quizás lo haga la izquierda en general al olvidar una realidad obrera española, las otras realidades del trabajador español, la pluralidad del fenómeno currante. El “obrerismo” izquierdista, ¿cómo tolera esta muestra de respeto a las fuerzas de la autoridad, y esa pretensión final de orden?

El agricultor se levanta para defender sus intereses casi como un francés, pero reconoce al otro y su labor de orden y autoridad. Aunque cuestionen su decisión, ¡no cuestionan la autoridad! Obrerismo y orden. Hum… Trabajo y orden. Ahí tiene la derecha, en ese abrazo, una estampa de solidaridad trabajadora. Dos personas cuyo punto de vista está marcado por el respeto profesional, es decir, cuyo punto de vista es profesional (obrero de ahora), es decir, un civismo matizado por su realidad trabajadora.

Frente al obrerismo disolvente y rencoroso que promueve la izquierda, receloso de la autoridad y de la unidad nacional, vemos este ejemplo de comportamiento reivindicativo del trabajador que, tras exigir lo suyo, lo justo, no olvida los vínculos con los demás y ofrece esa extraña mezcla de disculpas y gratitud. Esto es muy incomprensible para el izquierdismo pijo oficial o cizañero y absolutamente incomprensible para el de corte nacionalista que ha permitido la persecución humana del policía en Barcelona, y no digamos ya en otros lugares.

Aquí tiene una nueva derecha materia para mucho, en lo que expresa ese abrazo final. Trabajo y orden. Trabajo y unidad. Trabajo y vínculos sociales que recoge bien el campo: integración entre familias, gremios, entidades locales, regionales o sindicatos agrarios. Es decir, una realidad orgánica de entes sociales vivos aún actuantes bajo la superficie de los mitos neoliberales o socialistas. Y la mayor realidad de todas, la nación. No puede ser el tristísimo comunitarismo vecinal de Podemos y compañía, sino un comunitarismo más ambicioso hacia la gran comunidad nacional, única donde puede haber democracia.

Hay un trabajador distinto en España que no se ve reconocido o defendido por la izquierda y que necesita una defensa celosísima de sus necesidades y de su mundo. Una defensa real no siempre neoliberal, pues sus vínculos con la realidad no son sólo o siempre del mercado o en el mercado, sino más amplios, y necesitan de una atención añadida, real, cordial, cercana, intervencionista, demagógica si cabe y populista. Porque la estampa del trabajador que abraza al que le habrá de coercer obliga a una solución tanto como obligaría la discordia.