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viernes, 10 de enero de 2020

El lelilí

Robespierre


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Como a la libertad no le ha visto mucho el pelo, al español, que después de 45 años (¡tres generaciones culturales de las de Ortega!) todavía no es lo bastante socialdemócrata para aceptar la teoría de la fiscalidad voluntaria del alemán Sloterdijk, lo que le asusta de un gobierno comunista es el lelilí marxista de los impuestos. Lo mío, lo tuyo y lo suyo: la propiedad. Un robo, según Proudhon. La libertad, según su casero.
    
Fernández Flórez resumió en estas páginas el ideal democrático del español en un lelilí garbancero (“garbancero” llamaba Valle-Inclán a don Benito Pérez Galdós, el del Centenario): “¡A mí que no me toquen el cocido!”

    Todas las grandes revoluciones han venido por los impuestos. “No taxation without representation”, fue el lelilí democrático de América. Es muy feo que recaude los impuestos el mismo que los gasta, pero se vende como conquista del Estado de Bienestar, y tampoco vamos a meternos en separación de poderes, ese misterio que el merluzo contemporáneo no entiende ni viendo a Sánchez haciendo señas de mus desde el Banco Azul a su presidenta de las Cortes, la nieta de Batet, el general que cañoneó la Generalidad de Cataluña.
   
 ¿Qué lelilí no soltó, en las Constituyentes del 91, el diputado Robespierre, ídolo de Pablemos, a Thouret, presidente de la Asamblea (acabó guillotinado), porque éste dispuso que los ministros (el ejecutivo) pudieran entrar y hablar en la tribuna (el legislativo)?
    
El principio de la Constitución –dijo el Incorruptiblees la separación de poderes. Es imposible que aprobéis esa disposición sin trastocar las bases de la libertad y de la Constitución.
    
En cuestión de impuestos, las republiquetas socialdemócratas que nos hemos dado han ido hasta donde jamás se atrevieron las monarquías absolutas, y todo mediante el señuelo de la tautología “Estado de Derecho”: el Estado bajo el Derecho que elabora… el Estado, un Juan Palomo kelseniano.
    
Donde todo está en una mano –situó Hamilton la tiranía.
    
Y qué mano.