Follow by Email

miércoles, 29 de enero de 2020

De Misa a Miss

Maputo



Mia Couto 

[Traducción de M. Cardona]

 De Eulalia pasó a ser Laliña, por lo pequeña que era. La niña porfiaba en su mínimo tamaño: parecía que la edad la evitaba. Si no fuera por la escuela obligatoria, nadie hubiera reparado en ella de lo modesta que era.

Sus padres apostaron en ella toda su vanidad. "Ni el vestido ensucia, parece que siempre juega lejos del suelo". Era la madre, a la salida de misa, propagando el almita sin dobleces de su hijita. Que los padres recuerden, sólo una vez le anotaron un deseo desordenado:

 -De mayor quiero ser cooperante.

La corrigieron sugiriéndole otras vocaciones: cursada, diplomada, matrimoniada. Reza el proverbio: el cielo no muere si la lluvia no se pudre allá arriba.

Mientras tanto, el cuerpo de la niña actualizaba formato. Las piernas arriesgaban nuevas y peligrosas curvaturas. Los senos, bien templados, parecían estar en permanente conversación con la blusa. Al final, si la niña se demoró en desabrocharse fue porque estaba ocupada en apurar la mujer que germinaba en ella.

La madre no tenía otro tema en sus rezos que el de que Dios protegiese la pureza de su hija. Fuera por anuencia divina o por falta de ocasión, la verdad es que Laliña no se salía del guion, únicamente concentrada en sus estudios.

-No tengas prisa en enamorarte, hija mía. Cuando termine el curso tendrás todo el tiempo del mundo

El padre asentía con la cabeza, bien informado de lo resbaladizo que es el piso de la vida:

 -Cuidado, hija. El sida es la ruleta de los enamoramientos sexuales: una tirada y ya toca

Pero la inflación de consejos era injustificada: Laliña no ofrecía materia de preocupación disciplinaria. De la casa a la escuela y viceversamente: la niña no tenía otro camino, a no ser los domingos, en las idas y venidas de misa. Hasta que un día su padre llamó diciendo que iba a llegar tarde porque tenía que cuadrar el balance de la empresa. Del otro lado del hilo, la madre proclamó un gran sobresalto:

 -Mira qué horas son y Laliña no ha vuelto…

Al marido le extrañó, pero no quiso declarar preocupación. "Ya verás cómo se habrá retrasado estudiando en casa de una de sus amigas". Y colgó.
 
El padre se había inventado la historia del inventario de la empresa; lo que quería era ir a ver el concurso de misses, el acontecimiento que todos comentaban en la oficina. No fue solo: le acompañó el director. "No es que me parezca bien", decía el director sorteando los baches del paseo, "esas mujeres que muestran los talentos de su cuerpo son como feria de ganado", filosofaba el jefe.

 -No sé cómo nuestra mujer aún no ha reaccionado.

 -¿Nuestra mujer?

-La mujer mozambiqueña, la mujer emancipada. ¿Comprende?

Él comprendía mientras apretaba el paso para no llegar tarde. Entraron, se sentaron y afinaron la vista, pero el director no daba pausa: "Todo esto es una vergüenza, un atentado contra la dignidad femenina, pero hay que presenciarlo para poder criticarlo, ¿me entiende?"

-Esa del culo no es una concursante, es una conculosante.

 Empezó a pensar que su lugar no era aquél y que ese tipo de bromas pertenecía a gentes de otro mundo. Se avergonzó de la mentira que había remitido a casa. Decidió entonces regresar y retirarse del lugar y de la culpa. Inventaría una excusa para el director, que iba a quedarse solo, pero cuando sus ojos se despedían del escenario, una visión le astilló el corazón.

 -¡Dios mío, pero si es ella!

Era Laliña. Por mucho que se frotase los párpados, la imagen de su hija se confirmaba moviendo sus curvas al sabor de los aplausos. El pobre padre, en estado de calamidad, se empeñó en disfrazarla: el director no tenía que notar su sobresalto. Observó con el rabillo del ojo y le sorprendió una aflicción tan grande como la suya.

-¿Qué sucede, señor director?

 -Que ¿qué sucede? Es la chica que está desfilando, aquélla

Inclinando la cabeza sobre el otro, el director se explicaba a medias, balbuceando semifrases mientras el barullo circundante contribuía a la sordera del diálogo.

-No me diga que conoce a esa chica, señor director.

-¿Que si la conozco? Ése es el problema, que la conozco hasta demasiado.

-¿A Laliña?

 -¿Cómo? No me diga que usted también

Ambos quedaron mudos, presas de idéntico espanto. A su alrededor, el público deliraba, aplaudiendo los ornamentos congénitos de las candidatas.

-Voy a tener una larga conversación con esa muchacha.

 -Disculpe, señor director, quien va a tenerla soy yo.

 -Está bien, hombre. Igual usted la conoce hace más tiempo que yo.

 -Con certeza absolutísima.

 Ya de regreso a casa, el director esbozó una sonrisa maliciosa y con un codazo cómplice, le dijo: 

"Menudo picarón me ha resultado ser: francamente, no esperaba esto de usted. Yo todavía, pero, a su edad, usted casi podría ser su padre".

Parece que fue entonces cuando el padre de Laliña desapareció en uno de esos socavones de las calles en los que la capital va extinguiéndose en memorias de poco cemento. En ambas desapariciones, un mismo cansancio: Maputo cansada de ser ciudad y el padre cansado de ser gente.

Mia Couto
(Foto: Bob Wolfenson/Divulgação)