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jueves, 9 de enero de 2020

Cien Días


Y el Legislativo eligió el Ejecutivo


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Con un gobierno de todo a cien por delante, recordamos que las tiranías, en palabras de mi ensayista, no nacen: se hacen; y las hacen (y, desde luego, las preparan y ceban) los que después van a ser sus primeras víctimas.

    –Ésta es una de las más crueles paradojas de la convivencia política: la víctima es casi siempre la inductora de su propia pasión futura.
    
Nos esperan el discurso de inauguración, a cargo de Pablemos (que hará suyo el de Vargas en “Bananas”: a partir de ahora el idioma oficial es el sueco y la ropa interior se llevará por fuera, etcétera), y la kermese heroica de los Cien Días de Pedro y Pablo (29 de Junio, nueva Fiesta Nacional), remedo ivanrredondesco de los Cien Días de Napoleón, al cabo de los cuales Chateaubriand, quien no tendría sillón en nuestra Academia, describió una escena sublime de la literatura política: “De pronto se abrió una puerta y apareció el vicio apoyado en el brazo del crimen: el señor de Talleyrand sostenido por el señor Fouché. La visión infernal pasó lenta y silenciosamente, penetró en el gabinete del rey y desapareció. Fouché iba a jurar fidelidad y rendir homenaje a su señor: arrodillado el regicida, colocó las manos que hicieron caer la cabeza de Luis XVI entre las del hermano del rey mártir, y el obispo apóstata salió fiador del juramento”.

    Las tiranías contemporáneas, nos dejó escrito “el gran ágrafo” Nicolás Ramiro, son el efecto de una fuga: del intento humano de evadirse de sí mismo.
    
Al revés del personaje de Chamisso, el hombre vende su sustancia para quedarse con su sombra.
    
Un gobierno, en fin, a flote de los pecios del comunismo, la ideología de los cien millones de cadáveres, que el centrismo de Casado rebajó a ochenta, y si le aprietan lo deja en el famoso millón de Dámaso Alonso. De aquí la obscena llantina vicepresidencial de Pablemos, el mismo que, con la beca de Blesa, iba por Cambridge de experto en “Antígona”, donde Eurídice, domando sus lágrimas, se retira para llorar al hijo muerto.