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domingo, 19 de enero de 2020

Lo real y lo racional

  


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Para Renán, la esencia de una nacionalidad «comme il faut» consistía en el olvido. El francés medio sabe que bebe vino, que tiene una condecoración y que ignora la geografía, y esta bendita amnesia es lo que hace que Francia sea lo que es. Visto así, la esencia del nacionalismo francés no debe de ser muy diferente de la del «nacionalismo madrileño», donde el pasado tampoco tiene más importancia que la que representa ese oso que en los distintivos municipales aparece agarrado a un madroño como si lo quisiese tirar. Naturalmente, nunca lo tira, pero en esta idea de la estabilidad parecía asentarse la ilusión de la prosperidad. ¿Qué signiñca la locución «España va bien», mas que la fe del carbonero en el aguante del madroño, por mucho que el oso se agarre? Por eso en algunos círculos ha producido cierto estupor el inesperado despertar catalanista del Partido Popular, después de ponemos al borde de las lágrimas con la Declaración de San Millán de la Cogolla sobre el dominio oral y escrito de la lengua castellana. «Despertar» es, en efecto, la palabra totémica de las teorías nacionalistas. La noción de «quien despierta» es, según Emest Gellner, la más utilizada por el nacionalismo centroeuropeo, y, miren por dónde, el centro y lo europeo han sido los gallos despertadores del catalanismo popular. «Entonces, ¿qué pasa? —se rebela ese español enfadado y bajito que todos llevamos dentro—. ¿Que el arzobispo de Constantinopla se quiere desconstantinopolizar?»

No llevemos las cosas tan lejos. Después de todo, puede que España no sea, realmente, un país unitario, y que la unidad nacional carezca de tradición entre nosotros, como declaró Azaña en un discurso memorable que en su día ya fue contestado por Julio Camba en los siguientes términos: «Desde luego, nuestra unidad nacional no es, ni en un minuto, anterior a nuestra unidad nacional, y si vamos a buscar su tradición a una época en la que todavía no se había logrado, es evidente que no la encontraremos, lo que no quita, sin embargo, para que no haya en toda Europa una unidad nacional más antigua.» Extraños tiempos aquéllos en que, de pronto, había que despertar, de madrugada, a don José Ortega y Gasset, filósofo máximo de la nación, y llevarlo al Congreso para explicar que los conceptos de autonomía y federalismo no son conceptos análogos, sino conceptos opuestos, pues no es igual «ensamblar las piezas de un puzzle, al objeto de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de crear un puzzle».

Los ánimos están hoy más sosegados. Ya no contamos con un filósofo máximo al que sacar de la cama para zanjar una discusión política, y la ciencia, que es lenguaje bien hecho, nos ha enseñado con sus hallazgos a reducir a cifras cualquier concepto elevado. ¿En cuántos años cifraría usted, por ejemplo, la antigüedad de la unidad nacional? ¿Quinientos? ¿Y qué son quinientos años en el ludir de los siglos? En un flamante estudio sobre la depresión Guádix-Baza se ha llegado a la conclusión de que el sureste de España ya estaba habitada desde hace por lo menos un millón de años. Ahora, unos pensarán que esta conclusión supone un apoyo a la teoría azañista de la falta de tradición de la unidad nacional, pero otros también podrán pensar que lo que supone es un contratiempo para la teoría nacionalista de las «nacionalidades históricas», expandidas geográficamente por el norte o septentrión.

Está visto que toda la política contemporánea gira en tomo de aquella sandez hegeliana según la cual lo real es lo racional. El centro la emplea para demostrar que cualquier cosa que existe es lo mejor, desde los socialistas con la bajada de impuestos hasta los populares con el romanticismo catalán, lo cual, por cierto, convierte Cataluña en el único rincón del mundo sin partidos de derechas. Sus ricos serán muy ricos, pero, si no gastan, para el caso es como si fueran pobres. Y lo real será lo racional, aunque también puede resultar que Cataluña, puesto que un pueblo tan rico sin partidos de derechas es bastante irracional, no sea del todo real, y a lo mejor esta bendita irrealidad es lo que hace que Cataluña sea lo que es.


Ernest Renan
 
Toda la política contemporánea gira en tomo de aquella sandez hegeliana según la cual lo real es lo racional. El centro la emplea para demostrar que cualquier cosa que existe es lo mejor, desde los socialistas con la bajada de impuestos hasta los populares con el romanticismo catalán, lo cual, por cierto, convierte Cataluña en el único rincón del mundo sin partidos de derechas