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domingo, 12 de enero de 2020

Psicología del pánico




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Los violines del otoño hieren nuestro corazón con monótona languidez, lo que, según la experiencia histórica, significa que se prepara otro desembarco de Normandía, sólo que esta vez en forma de vacas flacas. Como el Juicio Final, de dar crédito a las previsiones del Apocalipsis, estas vacas aparecen precedidas de señales, y de ellas se aprovecha la psicología del pánico, una psicología vulgar y ruin según la cual todo se viene abajo porque se cae. A todo esto, ¿qué dice el Gobierno? Pues, por el momento, el Gobierno no ha dicho nada, aunque todos sabemos que una vacuidad tan perfecta no puede ser espontánea.

Para empezar, los ministros parecen lapas, que, siendo como son los ministros, no es mala señal. De hecho, es la mejor señal de que la situación está controlada. «Sí, pero el euro nos come como sabañones las hipotecas», protestan los psicólogos del pánico. Naturalmente. Pero, mientras el sabañón de nuestras hipotecas no sea la peseta, ¿qué puede hacer el Gobierno, salvo reunirse? Galbraith tiene escrito que en una democracia auténtica y eficiente es indispensable algún que otro artilugio para simular que se hace algo cuando la acción es imposible, que así fue como los americanos inventaron las reuniones: «Las reuniones improductivas de la Casa Blanca se han convertido en una institución más del gobierno.»

Si la pelea es con el dólar, el euro, lógicamente, cae, porque ésa es una pelea tan tonta como la de Poli Díaz, no ya con Mike Tyson, sino con Pernell Whitaker. Los pobres no escogen, y al lado de una moneda como el dólar, que pasea por el mundo la leyenda «In God We Trust», el euro no tiene más importancia que las perras gordas que usaban nuestros señoritos para hacer aquel gesto tan castizo de echarlo a rodar despectivamente sobre la mesa del café para que el camarero lo recogiera y saludara hasta los pies. Un americano con un dólar confía en Dios, y nosotros, con una perra gorda en el bolsillo, en vez de mirar al cielo, miramos al Gobierno, como han hecho los franceses en la guerra de la gasolina, que menos mal que ya no lleva plomo.

Es posible que en España ya no se viva como en una flor, pero esta circunstancia tampoco debe empujarnos a abrazar la psicología del pánico. Tenemos un paquete penal para el norte, por la cosa de la insurrección vasca, y un plan antinuclear para el sur, por la cosa del submarino inglés, sin olvidar que ya han comenzado las obras del cubo de Moneo, que a lo mejor forma parte del mismo plan, pero en la capital, donde la clase política ya cuenta con un viejo búnker en La Moncloa. Prevenir es mejor que curar, y si la reparación del béndix del submarino inglés no discurriera con la normalidad prometida en julio por el portavoz gubernamental, el nuevo búnker del Prado, que no por nada está al mando de un ex ministro de Defensa, sería el refugio más seguro para la clase cultural —humanistas de la poesía clara, poetas del humanismo ministerial, etcétera—, pues, en caso de emergencia, todos convendremos en que un país siempre puede prescindir de su sociedad, pero nunca de su clase política, que es la que dirige, ni de su clase cultural, que es la que vive.

Pero la psicología del pánico es perseverante, y, sacada de una posición, en seguida ocupa otra. «¿Y las placas de las matrículas?» «¿Y el peligro de los retrovisores?» No es mandar a callar a nadie recordar que un Ministerio del Interior no es la Mitsubishi, cuyo presidente ha dejado el puesto porque ocultó las averías de los coches. La Mitsubishi es Japón, el país donde Borges aprendió que se debe procurar que el interlocutor sea quien tenga razón y no uno. El Ministerio del Interior es España, el país donde no se sabe de averías ocultas, como lo demuestra el hecho de que cualquier seguidor de TVE tiene bien claro que ninguno de los forenses que salen en los telediarios ha encontrado en el estómago del guineano muerto en Lanzarote las diez toneladas de perico que la Policía buscaba en el «Privilege» atracado en Las Palmas. ¿Dónde está el pánico?

J. L. Borges

Japón, el país donde Borges aprendió que se debe procurar que el interlocutor sea quien tenga razón y no uno