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domingo, 29 de abril de 2018

Las Córdobas de un burgalés. Cruces

 Las Tendillas 





Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Esta mañana, a las ocho, al volver de la mina, regresaba mucha juventud a mi barrio después de una de esas noches de mayo de Córdoba tan propicias para los que están en edad de disfrutar sin descanso. Noches y tardes de cruces. Mi chico, que debió llegar después de las cuatro de la mañana, se está levantando porque ha quedado en la Cruz del Bailío para este mediodía. Uno no tiene nada que decir porque el mozo no ha salido del todo malo, pero sepan ustedes que en los días, sobre todo en las noches, de Cruces, cabe todo tipo de excesos y como con los años la repercusión de la fiesta ha llegado a todas las Españas, el centro de la ciudad se hace intransitable por las aglomeraciones de gentes venidas de todas las geografías.

     Como me cuesta dormir con sol y el pasear ya es vicio, me he acercado a las Cruces de mayor aceptación para sacarlas en Salmonetes... y contarles, por si les da a ustedes por venir, que alrededor del Cristo de los faroles se ubica el cogollo crucero. Allí mismo, en la cuesta del Bailío, la concentración de personal al mediodía y a partir de las 9 de la noche llega a asustar y a mí se me hacen inexplicables las fatigas a soportar para llegar a la barra y pedir una botellita de Montilla y cinco vasitos de plástico. La otra gran concentración efébico-juvenil está a menos de 200 metros: en Santa Marina; en el monumento a Manolete. Allí ha visto un servidor, si puede decirse sin que venga un guardia a multarme, las chicas más guapas del país, vestidas y arregladas para presumir ante los que las miran. Ellas dicen que también los chicos lucen despampanantes, pero ya saben que soy un antiguo. En el mismo Santa Marina, acérquense a la plaza de la Lagunilla, por donde salía el Torero de casa,  donde hay plantada una cruz con menos ajetreo y de mayor disfrute para el visitante de cierta edad  que se conforma con tomar una copa de vino o una cerveza con menos agobio pero sin que falte ese ambiente festivo-reventón que solo da la primavera de Córdoba.

     La Cruz de mayo cordobesa es efímero monumento que planta una Hermandad, normalmente junto a la iglesia de la imagen de la Cofradía  para sufragar gastos vendiendo algo “p’a picar” y sobre todo alcohol. Alguna tiene el éxito asegurado, no sólo por su ubicación, sino también por “lo que le de a la gente que es mu de voluntos”, dice Rafael, un hermano que tira cañas en la Cruz del Alpargate pero es cierto que ninguna pierde, porque el gasto no suele ser excesivo en la preparación.
     
Con mi doña me acercaré a la noche a alguna Cruz de barrio, en las que ponen mesas y se puede pizcar alguna tapa decente mientras sobre el tablao al efecto media docena de cordobesas se marca unas sevillanas como Dios manda.