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lunes, 9 de abril de 2018

La emoción del descenso

El míster que ascendió al Lorca


Francisco Javier Gómez Izquierdo

        Los encargados de la propaganda de la Liga andaban empeñados esta semana en meternos por los ojos un Madrid-Atlético en horas modorras que los mismos protagonistas encaraban como un compromiso del que salir cuanto antes. La emoción en Primera lleva varias jornadas desterrada y los pocos gramos que quedaban, el descenso de Levante o Las Palmas, se resolvió ayer por la mañana con una sutileza exquisita en el último minuto del sevillano Campaña, al que tanta consideración hemos tenido en Salmonetes... desde que en buena hora volvió al Alcorcón del extranjero. Campeón, Champions y descenso. Todo resuelto a falta de siete jornadas. Sólo queda por vender, creo yo, si el Madrid acabará segundo, tercero o cuarto para atacar la próxima Champions, su torneo.
       
En la Segunda, y como cada primavera, todo está por decidir. Al Spórting y al Rayo, más que el juego les acompañan los resultados, y se han uncido al frente de la clasificación en un arar nada vistoso, pero tampoco titubeante. Han asustado al Huesca, un equipo sin experiencia y lo que es peor, sin fe en Dios. El Cádiz sigue en la pomada a pesar de sus múltiples carencias. El Granada, ¡ay, el Granada! arrastra ese mezquino sistema de un tipo, ya  despedido, que se vende como pocos. El Zaragoza llega amenazando con la confianza puesta en un portero segurísimo, Cristián Álvarez, y el mejor delantero de Segunda, Borja Iglesias, un gigante que volverá al Celta. Del Oviedo dicen los ovetenses que no quieren subir los jugadores por esa teoría de todas las aficiones pesimistas que creen que en Primera toda la plantilla de Segunda iría al paro. Yo aún confío en el Oviedo, a pesar de la insospechada derrota ante el Alcorcón hace siete días.
     
Confío en el Oviedo por simpatía: ayer volví a ver a Taladrid ya recuperado y felizmente jubilado,  y estoy obligado a confiar en mi Córdoba a pesar del penoso partido de ayer ante el descendido Lorca. Los cordobesistas empezamos la Liga con una plantilla confeccionada por un “Tío Miserias” que llevaba barba para parecer docto. El equipo tenían muy mala pinta pero no creíamos, tras las primeras toses, que la enfermedad necesitara tratamiento tan prolongado. Pues sí. El tratamiento es prolongado y costoso y como aún después de intentar poner remedio no está claro que el paciente se salve, sólo nos queda hacer penitencia en las angustiosas ocho estaciones que nos quedan. La de ayer, la novena, se pasó con demasiados sobresaltos. Tantos, que llegué a sospechar que la criatura se nos quedaba ante los pies del canario Dani Ojeda y el exatlético Noguera . ¡Menos mal a Kieszeck! Perdonó el Lorca de Fabriciano, ese gallego que en vez de para entrenar parece que le llamen para llevar la extremaunción a los clubes con problemas y como es ley en el fútbol acabó pagándolo por culpa de un certero disparo de Nárvaez, un talento intermitente que nos ha dejado el Betis.
     
Insisto en que Reyes, en quien tenemos depositadas todas las esperanzas, no debe salir de principio. Reyes es capaz de ganar un partido el solo en media hora, pero si empieza de titular puede pasar lo que pasó ayer. Que a la segunda carrera con el rival fresco te rompe un tirón traidor. Señor Sandoval, proteja a nuestro salvador.
     
No quiero cerrar el comentario sin reprochar al amo del Lorca -un chino que fue futbolista- la injustificada falta de gratitud hacia David Vidal, el míster que ascendió al equipo y cree en los tratos cerrados con apretón de manos y al que  despidió sin ninguna explicación nada más acabar la temporada pasada. También se le abrió la puerta de salida al gran Abel Gómez, el autor del gol de ya su enésimo ascenso, en el mercado de invierno. El bueno de Abel, que jugó en aquel Ciudad de Murcia de Enrique Pina, se ha quedado en la zona y ayer mismo coló un gol con la UCAM Murcia de 2ªB, ese infierno que intentamos evitar encomendándonos a esos milagros que sólo alcanzan los espíritus con fe.