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jueves, 31 de diciembre de 2015

Los toros de Burdeos. Breve paseo por lo tremendo, lo decadente y lo político


Diversión de España

Plaza partida

 Julien Freund

 René Girard

Jean Palette-Cazajus

Ante Felipe II, quejoso de no haber sido honrado con las salvas preceptivas, cierto corregidor alegó que le asistían 14 razones para ello. «La primera -dijo- es que no tenemos cañón en el pueblo». El Rey excusó las otras trece.

Al amigo Pepe Campos Cañizares, que detecta en mí cierto desapego a la causa taurina por publicar fotos de Burdeos que no incluyen su plaza de toros, contestaré que la primera razón es que no hay plaza de toros en Burdeos. Sólo que en este caso añadiré algunas más, sin llegar a trece. Donde menos se piensa, salta la razón taurina.

Podría haber toros en Burdeos, ya que la ciudad se encuentra en el área autorizada. Hubo hasta 2006, en un pueblo limítrofe, una plaza de toros tubular, llamada Plaza de Goya, con capacidad para 7100 espectadores, y pocos espectáculos. La va a sustituir, en 2017, una «Arena» moderna, un gran complejo futurista y multifuncional, con capacidad para 10.000 espectadores, pero que no contempla espectáculos taurinos. 

Porque el horno no está para bollos. No hay demanda social y en cambio gran presión y vigilancia de los antitaurinos. Infinitamente más numerosos en Francia que los aficionados. Pues no estará de más recordar que las corridas de toros están prohibidas en más de las tres cuartas partes del territorio. O autorizadas en menos de una cuarta parte, según gustos.

De modo que los únicos «Toros de Burdeos» siguen siendo las cuatro tremendas litografías de 1825, realizadas en la ciudad girondina por el viejo genio de Fuendetodos.

Seamos claros, el brutalismo coral de aquellas obras maestras no exuda precisamente amor por lo que allí se muestra. Quien dijo de la tercera «Dibersión de España» (sic) que «los que acuden al quite ...sonríen estúpida y grotescamente, como una carnavalada trágica, borrachos de vino o de barbarie» no fue el señor Mosterín, sino un tal José María de Cossío.

En estas litografías, toreros, espontáneos y borrachos vierten su sangre de forma brutalmente «performativa», que dicen los lingüistas pedantes. La plenitud ontológica de esta tauromaquia la constituye su hemorrágico exceso.

A ninguno de nosotros nos motiva ya sacar barrera de sombra en esta «Plaza partida». Es que la «Fiesta» que defendemos no es ésta, objetan los cursis. El problema es que hoy no sé bien qué realidad concreta podemos defender. Quienes defendemos los toros, sólo luchamos por conceptos. Y para mí abarcan desde lo decadente a lo político.

Lo decadente no alude a ninguna posible blandura moral, como la rutina mental tiende a creerlo, sino todo lo contrario. Ser decadente lo entiendo como la conciencia aguda de que la vida es absurda, que siempre es un milagro perseverar en ella y muy delicada cirugía cualquier intento de mejorarla. La desdichada palabra paga el precio de haberse convertido injustamente en el contraste oscuro sobre el cual piensa lucirse el progresismo teleológico. 

No pienso «en» los Toros todos los días. Pero todos los días pienso los Toros cuando la brutal contingencia me obliga a pensar lo político. Últimamente al menos, lo esencial de lo político consiste en desvelar dos tremendas cegueras. La primera se caracteriza por el uso oscurantista de los conceptos de la Ilustración. Reduce la grandeza de la Razón a una fe ingenua en su capacidad instrumental y en la posibilidad de una irresponsable ingeniería social. Como si el inmenso acervo del conocimiento moderno fuese todavía el de Voltaire

Las enseñanzas de las ciencias evolutivas, de la paleoantropología, de la genética, están rotundamente ausentes de las prácticas del progresismo político. Contemplan el mundo como si sólo tuviera los seis mil años que le racanea la Biblia. ¡En el fondo son creacionistas !!! Porque intuyen que, quienquiera se asoma a la artesa evolutiva en que nos viene amasando el abismo del tiempo, se vuelve adulto y deja de soñar con los Reyes Magos y la estrella del futuro radiante.

La segunda ceguera es consecuencia de la primera y afecta la esencia de lo político.Nuestros doctrinarios no quieren saber nada de Carl Schmitt y Julien Freund e ignoran que sólo hay política donde hay un enemigo. Encarnan el error pacifista y se creen seriamente que basta con negarse a tener enemigo para no tenerlo. Son incapaces de entender que en esto la decisión la toma quien decide ser nuestro enemigo y nos designa como tal. Por eso han renunciado a ser dueños de su destino. 

Ellos han elegido la sumisión. Nosotros también creíamos pensar desde una madurez benevolente y el ronroneo de los instintos definitivamente sosegados, pero ya sabemos retornada la olvidada necesidad de luchar. Y entonces no podemos dejar de acordamos de todo lo que nos explicó René Girard sobre el peligroso ciclo de la violencia mimética, a que nos quieren abocar nuestros cerriles enemigos.

Por eso quienes, además, somos aficionados a los toros, volvemos a valorar hasta qué punto la desviación hacia el animal de la violencia sacrificial, su ritualización y la complicada regulación formal que interponemos ante su muerte, desactivan cualquier viralidad social de la violencia mimética. 

Podríamos pensar que quienes no lo entienden nos han designado como el enemigo. No lo creo. Nos ven como defensores residuales de una práctica residual y se preparan para el encarne. Necesitaremos mostrar que podemos estar en el núcleo atómico del pensamiento de la supervivencia. Entretanto, eso sí, Burdeos seguirá sin plaza de toros.