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lunes, 21 de diciembre de 2015

Goleada años 20 del Real Madrid

Mortadelo/Jémez


Hughes
Abc

Paco Jémez cada vez sale más goleado del Bernabéu, y de un modo más espectacular y vistoso. Está convirtiendo estas goleadas en una obra de arte, y en una costumbre. No le suponen un desdoro profesional. Al contrario, a mayor y más rocambolesca e injusta goleada, más prestigio y más brillo adquiere.

Antes del partido, en los alrededores del Bernabéu, encontré a un peñista perfecto. Alguien con la cara que tendría un hijo hipotético de Tomás Roncero y Manolo Sanchís. Era una mezcla de los dos. Una cara madridista que era una maravilla genética. No podía pedirle un selfi porque se lo hubiese tomado a mal, y no era el caso, pero sus facciones eran casi institucionales. Caminé tras él como si fuera Scarlett Johansson. En esa cara, como en un holograma mágico y castellano, estaban todas nuestras caras.

Mientras el Barcelona levanta su mundialito, el Madrid va quintasenciándose en formas puras de consanguinidad.

Antes de empezar, pitada a Benítez, que el sábado se señalaba el escudo como un lunar.

Y minuto de silencio por los agentes muertos en Kabul y por Samper. Bien guardado y no como en otros sitios.

El Madrid marcó en una llegada solitaria de Danilo en el minuto tres, y la reacción del Rayo puso el estadio patas arriba. Empató Amaya en un córner y luego Jozabed tras combinación. El Bernabéu, donde bullen caracoles bajo la apariencia de normalidad, estalló en una pitada que nos despertaba de la siesta -la siesta de la democracia-.

Se le vio al Rayo su poesía en esos instantes. La franja convertida en arco iris, parecía la banda de una miss. El estilo Jémez es una derivación esteticista de algo vigoroso, recio. Un amaneramiento macho que se le veía en los gestos, en las triangulaciones de Jozabed y Trashorras o en las patadas a Kroos. Hay una obcecación viril que en Jémez toma esa forma futbolística florida.

El Madrid era lo que viene siendo. Una cosa aburridísima y cambiante. Es como lo que decía Toshack cuando los pollos sin cabeza: “Estos chicos juegan cuatro partidos distintos en noventa minutos”.

Desde la grada, lo que se veía más que un 4-3-3 era un esquema con forma de somier.

Lo mejor era Danilo por su banda, la bajaba en parapente, sobrado. Le dio el gol del empate en un pase perfecto a Bale.

Pero además de este gol intervino el árbitro. No tanto porque pitara mal, como por pitarlo todo. Dos expulsiones -una merecidísima por falta a Kroos- y un pentalti que anotó Cristiano devolvieron el partido al Madrid.

El Rayo ya era Rayito otra vez, disminuido.

Pero ni contra nueve jugó bien el Madrid. En esos minutos, lo mejor quizás fue la zurda de James, lo que más sentido y promesa contiene. Tras un pase suyo llegó el cuarto, segundo de Bale, que se convierte en un placer cuando tiene espacios y el balón en su zurda.

Sí, placer estético. Sí, seamos horteras, elevemos nuestros meñiques, entrechoquemos las copas con estrépito en los brindis de empresa. Un poco de placer estético, dicho así, con toda la cursilería, le viene bien al Madrid.

El público, que no es tonto y es soberano -y más en semejante día-, pitó al equipo de camino al vestuario.

En la segunda parte, James continuó dando pases de gol. El del quinto, sexto y séptimo. En el primero, a Benzema, se quedó quieto por completo. Había mucho ritmo en esa estatua. Otro se lo dio a Cristiano y el sexto vino tras un toque suyo magistral en el que evitó la salida de la pelota y a la vez dejó encarado el contragolpe.

El Rayo era un equipo mutilado. Era como si jugase con una sola pierna, y pese a todo aún llegó a exigir alguna parada de Navas.

Cuando Bale marcó el 8-2, Jémez le dijo al chico Jonathan Montiel que a calentar y siguió aplaudiendo y el Rayo tocándola. Era como si ya no sintiesen los goles. La goleada no les hacía ningún efecto, ni lo sentían. No era una goleada humillante, sino masoquista. Jémez le ha quitado el elemento deshonroso a estas palizas. Ya no se ven porteros llorando con ganas de retirarse del deporte.

El Madrid quizás debió haber parado. Marcó el 9-2 con Benzema y Cristiano intentó el décimo con ahínco. Lo logró el francés. Eso parecía una snuff movie más que un partido de fútbol...