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sábado, 12 de diciembre de 2015

Elois y Morlocks


Jean Palette-Cazajus

El diario Le Monde ha decidido conmemorar la matanza del 13 de Noviembre ofreciendo cada día el retrato de una víctima.

Como muchos, también practico a diario la oración matutina del ciudadano moderno que consiste, eso decía Hegel, en la lectura de las gacetas. A sabiendas -muy turbadora paradoja de la era de la comunicación- de que una vida no es suficiente para acceder siquiera a un triste jeme de la información disponible cada mañana.

O sea que, como todos, navego, vuelo y galopo en diagonal. Hay demasiado que leer, cuesta mucho escribir, algo de tiempo hace falta para pensar y algo para vivir, también, si se me apura. De modo que, cada mañana, echo una ojeada rápida al retrato de la víctima evocada. De paso, acallo cobardemente la voz que me dice que la vida, sórdidamente arrebatada, de aquella persona deprecia cualquier otra información que vaya a leer.

Hasta irme dando cuenta, día tras día, de que toda aquella gente era guapa, culta, inteligente, sociable, con personalidades fuertes y originales. Todos practicaban profesiones vocacionales, todos eran docentes, artistas, actores, periodistas, publicistas, comunicadores, expertos en nuevas tecnologías. Todos o casi todos residían en ese islote de gente «branchée», moderna, conectada, en aquellos confines de los arrondissements 10 y 11 donde ocurrieron todos los atentados.

«Lo que nos revelan estos retratos –dice Le Monde – es hasta qué punto los terroristas eligieron golpear aquella noche la juventud, la inteligencia, la cultura y la tolerancia. La historia de estas 130 vidas se lee como la de la flor y nata de una sociedad confiada en el éxito que trae el saber, la ciencia y una mente abierta. Eran franceses o extranjeros, llegados a París en nombre de esos mismos valores. Eran, aquel 13 de Noviembre, el símbolo del París de las Luces.»

Leí por primera vez La Máquina del Tiempo, a finales de los setenta. Recuerdo el impacto que me produjo aquella novela corta de H. G. Wells, escrita en 1895. A lomos de su improbable invento, el protagonista adviene en una sociedad futurista poblada por seres guapos y angelicales. Vegetarianos y pacíficos, cuenta el autor, viven rodeados por un idílico «marco de verdor», como dicen los promotores, y residen en albos edificios de corte neo helenístico.

Pero, al atardecer, se apodera de aquella tierna humanidad, conocida como los Elois, un auténtico terror crepuscular. Y es que en el inframundo subterráneo vive y labora, entre grasa quemada y estruendo de maquinas, una subhumanidad degradada, los Morlocks, dedicados a producir lo que necesita la viabilidad de la sociedad Eloi. Por la noche, los Morlocks salen a la superficie para merendarse a los Elois.

Me precio de haber renunciado muy pronto a una visión salvífica y redentora del “papel” del proletariado. Pero, en su momento, me turbó mucho aquella visión darwinista de una posible regresión fisiológica e intelectual. Wells era un socialista “fabiano”, como dicen en Inglaterra, pero le pudo toda su vida un saludable pesimismo.

La casi totalidad de nuestros Morlocks pertenecen a una comunidad muy concreta. No se trata de estigmatizarla, lo digo muy en serio. En ella hay una fuerte minoría que hace el tremendo esfuerzo de sacudirse la chapa oscurantista. Varios de ellos figuran entre las victimas.

Pero el liquido amniótico de donde han brotado los malos ha sido el desprecio atávico por la educación y la cultura, el odio a la escolaridad, que se ha convertido, muchas veces, en una pelea desigual entre docentes Elois y alumnos Morlocks. “Leer es de maricones” decía un ejemplar de la especie, interrogado en la tele. Machitos doceañeros se escandalizan porque “una” profesora pueda enseñarles a “ellos”. Cualquier clase sobre teoría de la evolución, o temas de menor calado, se ve perturbada: “Monsieur ¡Eso no está en el Corán!”

Hace años que uno venía presintiendo la aparición en la sociedad de una subcasta de parias imbéciles y grotescos, descerebrados violentos, tremendamente peligrosos, una subcasta en absoluto producto de la discriminación social, sino autoengendrada, y además, autosatisfecha.

Y ya están saliendo tantos Morlocks por el mundo que pronto no quedarán Elois para saciar el hambre.

H. G. Wells