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martes, 26 de julio de 2011

Al cuerno con el triunfo de Arturo Saldívar

Arturo Saldívar en San Isidro


José Ramón Márquez

Lo peor de lo de Valencia es que es todo un aburridísimo déjà vu. Nadie que haya seguido con un mínimo de atención la carrera de este hombre deificado por algunos que atiende por José Tomás hubiese apostado por mucho más de lo que pasó el otro día: una nueva demostración de la carencia de oficio de la que adolece el Pasmo de Galapagar, anunciado con toros de recuelo y con toreros poco molestos para él, junto a una increíble histeria colectiva que le suele acompañar, azuzada desde interesados púlpitos, ellos sabrán por qué.

En el mejor de los casos el Serio de Galapagar podía haberse llevado las famosas orejas ésas del diablo a su casa; en el peor de los casos podía haber pasado lo que al fin pasó, pero el resultado a los efectos de lo que nos interesa hubiese sido el mismo: una corrida amañada a mayor gloria de un torero que se niega a anunciarse con sus iguales; un torero que apenas se ha enfrentado a toros de casta, seriedad, pitones y romana; un torero al que se ha investido de un incomprensible aura de tragedia; un enorme y calculado despliegue de mercadotecnia alrededor de un torero muy bien vendido por lo que dicen que vale más que por lo que vale.

Ésas serían, en mi opinión, las líneas principales que marcan la carrera de José Tomás desde que dejó de ser sólo un hombre, un torero, para ser una eucaristía, un kalón y un agazón, un ciprés berroqueño y no sé cuantas bobadas más. Y junto a ese producto tan calculado, la respetabilísima buena voluntad de una porción de aficionados que no se resignan a aceptar el cambio profundísimo que sufrió este torero tras su primera y sorpresiva retirada y que siguen aferrados a una ilusión, que existe más en lo publicado que en lo visto en las plazas. Soñar es gratis.

Como no estuve en Valencia, ni maldito interés que tenía yo en semejante Festival, me ahorro los dimes y diretes que me llegan de los que estuvieron y me niego a hacer un comentario basado en las imágenes. Tan sólo sé que en esa corrida hubo una gran sorpresa, algo fuera totalmente de lo previsto, que vino de la mano del neto triunfador de la tarde, que se llama Arturo Saldívar. Para su oprobio, los que iban a la Plaza a otra cosa, no le han dedicado ni tres malditas líneas a este pinche mexicano apóstata, que tuvo la osadía de salirse del guión y sacar su torería, sus ganas, su desparpajo y su verdad frente al dios. Que se despida de volver a anunciarse junto al eucarístico.
Tan sólo sé que después de tanta inmolación, de tanto rollo trágico, de tanta introspección, de tanta mística, el único recurso al pataleo que les ha quedado a los evangelistas del mesías de Galapagar ha sido el de llevar al ciprés berroqueño al mismo sitio que a July y, lo mismo que hacen con el Niño Eterno, tratar de enaltecer al torero insultando al Presidente porque, en uso de su prerrogativa legal, se negó a regalarle la oreja. O sea, que todo el rollo ése del torero trágico, el berroqueño, el pétreo, el agazón, la vida y la muerte, desemboca en el mismo sitio del pobre Importancias de Velilla de todas las tardes: en la parida ésa de las orejas. Acabáramos. Para ese viaje no hacían falta tantísimas albardas.