lunes, 12 de marzo de 2018

7. TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA (15. El Hombre no es una excepción…; 16. ...sino una absoluta especificidad; 17. Morir, un privilegio selectivo)

 Bonifacio 1995

(15. El Hombre no es una excepción…; 16. ...sino una absoluta especificidad; 17. Morir, un privilegio selectivo)


Orson Welles


Jean Juan Palette-Cazajus

15. EL HOMBRE NO ES UNA EXCEPCIÓN

A escala internacional, es posible que la tauromaquia no aparezca siquiera como un objetivo prioritario para la militancia animalista. Pero es indudable que se la considera también como el caso más emblemático de maltrato animal ya que, desde su punto de vista, la visibilidad pública del «crimen» lo hace particularmente cínico y provocativo. «La mise à mort» dice el francés. ¡La escenificación del acto de matar! En una época en que los niños urbanos saben de los peces lo que les cuentan filetes y rodajas congeladas. En una época en que los telediarios se cuidan muy mucho de retransmitir los cotidianos vídeos de las atroces decapitaciones o crucifixiones generosamente practicadas y filmadas por ciertas sectas «humanistas» ni tampoco los espeluznantes escenarios de mutilaciones tras las bombas y atentados rutinarios. Las razones se sostienen. Pero tenemos que asumir que la cultura occidental se ha extraviado en un terrible impasse en sus relaciones con la muerte. Frente a ella nuestra actitud se parece cada vez más a un negacionismo tan absurdo como ingenuo. «No sólo se mide la fuerza de una ideología por las respuestas que da, sino también por las cuestiones que es capaz de silenciar» decía Gunther Anders. La corrida de toros se ha convertido así en el frente filosófico de una cuestión fundamental: la de saber si la naturaleza de las diferencias biológicas y cognitivas entre hombre y animal  permite considerar la muerte  de este último como algo tolerable o algo inaceptable.

Ava Gardner

Continuidad o discontinuidad. Toda la polémica cabe en esta disyuntiva. Si el señor Mosterín tiene razón, la corrida de toros es moralmente injustificable. Si puede demostrarse que existe una discontinuidad fundamental entre las especies animales y el género humano, la trinchera de la afición a los toros debe estar en condiciones de resistir el asedio. La tesis de la discontinuidad ontológica suele ser ajena a las llamadas sabidurías o espiritualismos orientales, cuya manifestación más llamativa es sin duda el Jainismo con su absoluta exigencia de Ahimsa , de respeto de toda vida. En cambio, tal discontinuidad la ha asumido el pensamiento occidental durante muchos siglos. Discontinuidad basada históricamente en la asunción de una dualidad ontológica entre hombre y animal, la que enuncia el Génesis, la que pertenece a la tradición religiosa occidental, pero que seguirá alimentando, pese a la ruptura epistemológica planteada por el “método”, el pensamiento de Descartes y toda la tradición filosófica basada en el carácter fundacional de la propia conciencia. Cabe rastrear así la persistencia de alguna forma de dualidad ontológica en la fenomenología y hasta en el propio Husserl. Al mismo tiempo, y contentémonos con evocar al Poverello de Asís o a Jeremy Bentham, la creencia en una dualidad ontológica ha coexistido a menudo con la asunción de una continuidad espiritual y compasional con el mundo animal. Quienes hoy siguen asumiendo, a veces de forma casi inconsciente, la tesis de la dualidad ontológica suelen ser aquellos a quienes atenaza el miedo oculto a asumir las conclusiones de las Ciencias Evolutivas. Aquellos a quienes les aterra El fin de la excepción humana. Con este título el filósofo francés Jean-Marie Schaeffer pretendió, en 2007, reintegrar definitivamente al ser humano en el seno del cosmos. Más que de una obra original, se trata de un balance de la filosofía occidental sobre la cuestión, con especial atención a los discursos de Descartes y Husserl; también de un nuevo examen de las raíces del concepto de cultura en la antropología del siglo XX y de un estado de la cuestión de la genética y de las teorías de la evolución en los primeros 2000. Diez  años después, siguen proliferando los avances en las ciencias de vanguardia que vienen completando y confirmando la demostración de Schaeffer.

Yul Brynner 

El libro postula un naturalismo evolutivo apoyado en un tipo de conciencia mesocósmica. Contra el dualismo ontológico, se recuerda que ninguna definición de esencia puede adscribirse al hombre, una criatura cuya única identidad es «la cristalización genealógica, provisional e inestable de una forma de vida en evolución». Convivimos ya con la evidencia definitiva de que el ser humano se inscribe en una absoluta continuidad, genómica, biológica, evolutiva y ambiental, con todas las especies vivas. En este sentido, el hombre es, pues, un animal como los demás. La primera consecuencia es la desaparición de la tradicional dicotomía hombre-animales que sólo cobraba significación en referencia a un ser humano ontológicamente entronizado. La postulación de un «colectivo animal», exterior a nosotros, era el producto lógico de aquel inicial etnocentrismo ontológicamente anclado.  “Animal” era cualquier ser vivo que no fuese humano. Hoy sólo tenemos derecho a seguir usando la palabra siempre y cuando nos incluyamos en tan vago concepto. Lo realmente importante es que el uso indiscriminado de la palabra genérica nos ocultó lo fundamental, a saber que cada especie es un mundo específico, autosuficiente y relacionado con otras especies sólo a través de las relaciones de predación o, en el mejor de los casos, de comensalismo. Fuera de aquello, lo normal es que reine el autismo, la incomunicación, la indiferencia y el silencio del mundo. Hablamos, por supuesto, de los animales llamados «salvajes». Los particulares comportamientos de las especies domésticas son ellos, peor todavía, el resultado de una total artificialización y antropización. 

Toros y Constitución

16. … SINO UNA  ABSOLUTA ESPECIFICIDAD

Durante muchos años a ningún etólogo se le ocurrió aplicar los protocolos de las ciencias humanas al estudio e interpretación de los comportamientos animales. Quienes rompieron el tabú fueron los etólogos japoneses. No nos extrañará si nos acordamos de la dimensión animista y continuista asumida tanto por el Budismo como por el Shintoísmo. En este contexto se hicieron importantes y son ya clásicos  descubrimientos como fueran el lavado y «salado» de patatas en el mar por parte de los macacos japoneses de la isla de Koshima (1953), así como su proceso de difusión, divulgados en un artículo de 1965. Se trataba del primer comportamiento animal repertoriado como cultural. No genéticamente heredado sino individualmente aprendido y transmitido. Hoy la expresión «culturas animales» forma parte de la rutina. Los más «cultos» son los chimpancés, particularmente en su variante bonobó. Se hablaba hace poco de unos sesenta, setenta «gestos» culturales entre nuestros «primos» evolutivos. Todos ellos relacionados con actividades muy elementales. Nadie ha observado nunca siquiera una mínima tentativa de modificar, para mejorarlos, los simples cantos recogidos para partir ciertos tipos de nueces. Lo que supondría el modestísimo inicio de una actividad técnica. Recordemos que  los paleontólogos consideran cada vez más la posibilidad de que el “invento” del elemental chopper, primer canto tosca y voluntariamente tallado, deba atribuirse a ciertos parántropos o australopitecos, hace más de tres millones de años, es decir antes de la aparición de las ramas consideradas ya humanas, cual el “Hombre Habilis”. Esto supone que dichos parántropos y australopitecos habían alcanzado un nivel cognitivo superior al de los actuales chimpancés. La generalización complacida de la expresión «culturas animales», durante los últimos años, resulta pues  particularmente perversa porque pretende asentar en nuestras cabezas una imposible y torticera analogía con las culturas humanas. Cabe preguntarse por la legitimidad de reunir bajo el vocablo común de “cultura” prácticas tan inconmensurables.

Marlene Dietrich

Si entendemos perfectamente la coherencia epistemológica de quienes aplicaron a los grupos sociales de primates los criterios tradicionalmente propios al estudio de las sociedades humanas, tan necesario y coherente aparece el proceso inverso. A cada especie la caracteriza y la define el llamado etograma de sus comportamientos. Excepcionales fueron los factores, aleatorios, teleonómicos, emergentes u otros, que marcaron el ritmo de la evolución humana, llámense mutaciones favorables, papel de la mano, de la bipedia y de la técnica, consecuencias de la neotenia, del desarrollo cortical, del control del fuego, de la evolución cultural y finalmente del fatídico lenguaje.  De modo que el etograma humano se caracteriza por su capacidad de innovación, acumulación, significación, abstracción y simbolización. El etograma de nuestra especie lo mismo produce Kant que Hitler, lo mismo San Juan de la Cruz que «Hola!». Todo saber humano es producto de su etología. Esto nos aboca a dos fuertes paradojas. La primera nos dice que el hombre es así el único animal que sabe que lo es. La segunda dice que en un mundo sin presencia humana, en ausencia de quien los nombrase y categorizase, no habría, conceptualmente, «animales». El resultado paradójico es la evidencia de que el hombre, ese animal genéticamente «como los demás», ha venido a ocupar una nueva centralidad, referencial, naturalista y culturalmente autopoiética que se muestra más radicalmente particularizadora de lo que fuese jamás el «humanocentrismo» tradicional, basado en la dualidad ontológica. La tesis de la excepción ontológica queda sustituida por la de una absoluta especificidad evolutiva y cultural que no le debe nada a la metafísica. Algo que ya sabía Friedrich Schelling: «Con el Hombre, la naturaleza abre los ojos y se da cuenta de que existe». 

Apostar por el etograma humano nos permite por otra parte obviar el enojoso tema de la conciencia, con sus pueriles preguntas accesorias acerca de la existencia de  una parecida «conciencia» animal. Lo que solemos entender por conciencia, la capacidad de un yo autofundado, exterior al mundo y exterior a nosotros mismos, sólo puede ser un atributo de Dios. De lo anterior se inferirá que asumimos tranquilamente ser determinados por nuestra exterioridad, por el mundo que nos preexiste y nos sobrevivirá. Spinoza ya lo había entendido antes que nosotros. La mayor grandeza del Ego humano es la de un sujeto que emerge sabiéndose pura ilusión. Pero hablar de especificidad o de excepción evolutiva implica el riesgo de cierta deriva teleológica o finalista. Hablaremos más adecuadamente para el género humano de absoluta «anomalía» evolutiva. Y en este anómalo etograma humano la mayor anomalía la constituye la conciencia de la muerte.

Jacqueline Kennedy

17. MORIR, UN PRIVILEGIO SELECTIVO

Ningún animal tiene la más mínima conciencia de la muerte. Ni siquiera el chimpancé pese a los vanos y esforzados intentos de gente como el primatólogo Franz de Waal para interpretar de la forma más conveniente, pero jamás fehaciente, muy discutibles comportamientos. Conciencia de la muerte y conciencia correlativa del tiempo son dos categorías emergentes exclusivas de la condición humana. La  evolución cultural del Ser Humano fue un proceso autocatalítico precipitado por la conciencia de la muerte. Esta fue la matriz de la posibilidad humana, la madre del individuo y la madrina de las sociedades. La evolución de una especie no es teleológica, sino teleonómica. En ausencia de cualquier finalidad exterior, tiende a seleccionar, entre sus ejemplares, las mutaciones aleatorias que, a la larga, terminarán optimizando su perpetuación. Los especímenes son los simples vehículos de los genes de las especies. Antes de que la palabra humana las nombrase, «vida» y «muerte» eran indiferenciables y acompasaban la continuidad del singular proceso de «lo viviente». Es de tal calibre la emergencia de la anomalía humana que rompe con el concepto de teleonomía y se constituye como una  efracción en la continuidad orgánica. En nuestras especie, el portador de los genes se erige en protagonista de la función.

Liz Taylor

 Lo que era un proceso único -el binomio biológico vida-muerte-, la conciencia de la finitud lo transforma en antagónico.  El ser humano se caracteriza por disociar el binomio y llamar vida al breve intersticio durante el cual se sabe condenado a morir. Lo que era mera disipación de los especímenes en la indiferencia orgánica deviene en el horizonte trágico que define el ser y transforma el accidente biológico en tragedia existencial. Somos la rotura de la vida dentro de la propia vida. Al romper con la teleonomía bioevolutiva es probable que hayamos sacrificado nuestro porvenir en tanto que especie. La tentación humana de las teleologías es la respuesta «adaptativa» del vértigo existencial a la desaparición de las teleonomías naturales. Somos así el único Ser-hacia-la-muerte y a la vez seguimos siendo el animal humano. Y porque seguimos siendo el animal humano nuestra conciencia de la muerte está, afortunadamente, enturbiada, interferida por esta naturalidad fundacional. Afortunadamente, sigue siendo parcial, embrionaria. Si la conciencia de la muerte fuese una presencia realmente inmanente a la experiencia del ser, la existencia humana se haría intolerable, de todo punto imposible. Lo intuyó Albert Camus: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». La permanencia de una conciencia de la muerte incompleta entre nosotros es a la vez un vestigio evolutivo y el síntoma de su inexistencia en el resto del mundo animal, como la presencia del coxis atestigua la inexistencia de la cola entre nosotros y es, al mismo tiempo, el vestigio de su realidad ancestral.

Joselito Gallo

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Bonifacio y Chillida

La Anábasis del Córdoba

Firmeza en la retaguardia


Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Anoche, nada más acabar el partido y de camino a la mina, me acordé de la Anábasis, un libro de aventuras clásico que leí con ganas pasados los 30 años, por pensar creo acertadamente que hay asuntos que hay que dejar hechos antes de morir. Cuando tenía quince y dieciséis  nos los mandaba traducir don Francisco “el Güenos”, pero como  de aquel santo aprendimos muy poco confieso que la tarea nos la hacía Marco Antonio a todos bachilleres del Diego Porcelos para poder aprobar con un suficiente al menos.

     Digo que me acordé de la Anábasis porque hay que ver las angustias que nos van a malherir de aquí a junio si el Córdoba, mi equipo, consigue salir de los pantanos ponzoñosos en los que nos abandonó el mezquino mercader persa que secó las ubres de un club sentido por más de diez mil cordobeses. Para un servidor lo más emocionante de la Anábasis son las lágrimas de los mercenarios a la vista del mar. No recuerdo y no sé dónde anda -creo que por Burgos- el ejemplar de la editorial Akal, para poder mirar cuántos quedaron de los diez mil, pero nos han de dar igual los detalles cuando lo que se intenta destacar es la determinación en alcanzar imposibles.
      
Reconozco que sigo sin creer que nos alboroce y enloquezca de alegría la improbable llegada al mar, pero ayer vi la fe de Jenofonte en el general que manda al equipo porque ha sido capaz, por ejemplo, de que Loureiro, un lateral que antier temía recibir el balón, se atreva a lanzar proyectiles como cretense con honda, arropado por otros diez o doce hoplitas confabulados para la victoria.
       
Si la clave del éxito de aquella expedición estaba en la retaguardia, donde los mejores rechazaban el continuo acoso de los persas, en el Córdoba, y como ya tenemos puesto, Reyes sale al final de los partidos para matar y descabellar al enemigo con ese maravilloso pie izquierdo que la naturaleza le ha regalado. Ha ampliado minutos y ayer salió casi media hora. En el minuto 78, y como si su zurda fuese un taco de billar, tocó con la fuerza precisa y ese sublime efecto de los mejores extremo-izquierdas de la historia del fútbol para que Guardiola (hay que meterla) pusiera el pie en busca de la carambola perfecta, que no es otra, que el gol. 1-0. Tres puntos y a por el siguiente obstáculo que es Tarragona. 
       
Victoria merecida a la que no pongo peros, si no es el del excesivo ardor guerrero, lindante con la temeridad, de nuestros dos mejores capitanes: Aythami y el mismo Reyes. Como veteranos que son saben intimidar incluso al árbitro. A mí me parece que el defensa canario se excede con las manos y la lengua y nuestro nueve sevillano con la lengua y unos aires flamencos que no todos los colegiados están preparados para consentir. A Arcediano Monescillo del que ya hemos puesto que se le ha apagado el ardor tarjeteril estuvo condescendiente, pero sería menester poner mucho cuidado en las batallas por venir, pues sin cualquiera de los dos, del todo imprescindibles, la Anábasis cordobesa continuaría siendo utópica.

     ¿El Lugo? Creo que de bajada. Mis tres jugadores favoritos muy discretos. Pita, mayor; a Seoane y Campillo ¡qué susto nos dio en una falta!, los desquició Aythami. Como a Chuli que desapareció cuando entró al trapo que no debía. Los excordobosistas, discretos: el portero J. Carlos insultado por sus cuentitis durante el 0-0; Bernardo Cruz, formalote, y Fede Vico ingenuo y un poco asustado. Lo echó Arcediano por simple. Campadabal anda lesionado y Jaime es cedido por el anterior amo con cláusula miedo.

       Un dato creo importante. Ayer sufrí en el final del partido como cuando de cadete me encogía en El Plantío en los córners que sacaba Planelles.

La alfalfa del fútbol

Alexandra Kollontai


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    La propaganda es la alfalfa del fútbol, una industria que vive de la masa, por la masa y para la masa, si le aplicamos la célebre tontería que Lincoln dijo de la democracia.
    
La Historia, que debe de ser tirando a tonta, recoge el caso del novio de Eva Braun, al que no dejaron ser pintor, y entonces él decidió hacerse experto en propaganda: su primera lección fue que “toda acción de propaganda tiene que ser necesariamente popular y adaptar su nivel intelectual a la capacidad receptiva del más limitado de aquellos a los cuales está destinada”:

    –La capacidad de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su facultad de comprensión; en cambio, es enorme su falta de memoria.
    
La memoria de pez de la masa es la clave del éxito de la propaganda.
    
Si alguna vez me fusilan, que dispare Benzema –tuiteó un espíritu airoso tras el partido de París.
    
La eliminatoria Real Madrid-PSG ha sido un modelo de propagandismo (¡toda la alfalfa del fútbol en el asador!) digno de estudio.
    
En agosto se empezó a ver que este año los jugadores del Madrid se reservaban para la Liga de Campeones (nombre evidentemente propagandístico, pues la juegan el campeón y tres más) y el Mundial de Rusia (¡mucho hacker en Rusia!). Benzemá es un jugador del Madrid (su delantero centro, nada menos), y juega como amuleto de Cristiano, que mete sus goles y los de Benzemá: por eso, si nos tienen que fusilar, que lo haga Benzemá. Cuando del bombo europeo salió la bola del PSG, todos pensamos en la flor de Zidane, que habla francés, y en los goles de Cristiano, que tendría a Benzemá de intérprete (¡los futbolistas hablan en el campo!) en París. Y estalló la propaganda: el PSG era Brasil’70, y Unai Émery, Mário Zagalo, con Mbappé de Jairzinho y Neymar de Pelé. Era como cuando Aznar vendía que Iraq ponía en el campo de batalla el tercer ejército del mundo. Pero, como luego se vio, el rey (el rey moro, en el caso del PSG) iba desnudo.
    
Vine a ver a un PSG con el cuchillo entre los dientes y al final vimos al Real Madrid con un puro en la boca –lo resumió Sacchi.
  
Brasil'70

Y quienes nos habían contado que el PSG de Émery era el Brasil de Zagalo y se encontraron con que, ausente Neymar, no pasaba de ser el Baracaldo de Eusebio Ríos, salieron del brete con el mantra de “la revelación de Zidane”, un mero “alineador” que en París “se reveló” como un genio táctico porque sacó a Lucas, la galerna de Curtis, y a Kovacic, el morrosko de Linz, en los puestos de los lesionados Kroos y Modric, el pequeño saltamontes que trajo Mourinho para fastidiar a dos nacionales como Cazorla y Michu.
    
Mientras llega la fase decisiva de las competiciones, la propaganda es lo más divertido del fútbol. El periódico que nos amenizó la adolescencia con las estampas de Hebrero San Martín, nos dijo el jueves que el 8 de marzo “es una fecha infamante para nosotros, los hombres”:
    
Conmemora una manifestación de mujeres neoyorquinas en tal fecha, en el lejano 1857, por las miserables condiciones en que trabajaban.
    
Da igual que el 8 de Marzo sea un invento comunista de Alexandra Kollontai y Clara Ztekin para movilizar a las mujeres con el recuerdo de las que en San Petesburgo pedían en 1917 la vuelta de los soldados rusos, porque de lo que se trata es de colocar el mensaje más pipero (“Ahí seguimos, no nos engañemos; a los machos nos educaron en un modelo que ya nos viene bien: que tu hermana haga las camas, no entres en la cocina que es de mariquitas”) para denunciar la Brecha Salarial entre machos alfa que supone que, durante el Mundial, Mourinho cobre al día en una TV rusa (¡la colusión rusa!) más que Messi en el Barcelona: dos millones de euros por cuatro días… ¡de comentarista!

    –Me gusta saber –editorializa el sucesor de don Hebrero– que en la lenta y firme marcha hacia la igualdad, que los machos de hoy contemplamos con displicencia desganada, el deporte es un gran elemento.
    
Anda, Benzemá, dispáranos, y que sea lo que Dios quiera.


EL MOMENTO RAMOS

    El momento Ramos es ése en que el central “cortihero” del Madrid, que viste, ay, de blanco, abandona, no sabemos si víctima de alguna gamberrada bilardista, el “coqueto campo” de Ipurúa, con sus “coquetas pancartas” de presos, para un recado de escribir (apretón, para el vulgo) que Zidane glosó luego como en un verso a lo Céline: “Se ha cagado un poco” (“Il a foiré un peu”, en francés de Google). Podía haber dicho “hacer de cuerpo”, pero eligió ir al grano. Ni Cela se atrevió a tanto, fuera de casa. (Cela presumía de ser, “como todos los españoles, pedorro domiciliario, pero no pedorro transeúnte”). En esta línea zidanesca de franqueza sólo recuerdo a un portero del Athletic, Biurrun, que para excusar su impuntualidad con el periodista que había citado para una entrevista dijo: “Perdona, estaba c…” ¿Por qué no ponen cabinas detrás de las porterías?

Lunes, 12 de Marzo


En el Invierno se encaman en las solanas y quebradas mas altas de ellas, huyen de los montes sombríos y espesos, y gustan de echarse en los respaldos, abrigadas de los riscales, para coger el Sol de Mediodía.
D.J.M.G.N.

domingo, 11 de marzo de 2018

6. TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA (13. La olvidada verdad de los geómetras; 14. En el fragor de la batalla)

Bonifacio 1995

 (13. La olvidada verdad de los geómetras; 14. En el fragor de la batalla)

 José Bergamín


Jean Juan Palette-Cazajus

13. LA OLVIDADA VERDAD DE LOS GEÓMETRAS

Los textos elegidos aquí lo fueron porque muestran la evolución convergente de dos estados de la opinión sobre la tauromaquia durante los últimos cuarenta años: la opinión intelectual y la opinión pública. La perspectiva del objeto taurino fue siempre azarosa, aventura extraña entre la grandeza y el naufragio. Se pudo hablar de una época áurea del toreo. No cabe hablar de plenitud para la atmósfera ideológica o intelectual que la envolviera históricamente. Nunca serena, siempre inestable y con aviso de tormentas. Quienes fueron los precursores y avisadores de la  complicada contemporaneidad fueron también los que más se acercaron a la plenitud por la originalidad de la reflexión.  Retrospectivamente, del período anterior al que abarca este trabajo, hay que destacar un pequeño diamante negro, un breve objeto literario deslumbrante, aforístico y arbitrario. Las 72 páginas de El arte de birlibirloque (1930) de José Bergamín revelan la Tauromaquia y vuelven casi redundante todo lo que pudo escribirse después. ¿Quién se atrevería hoy a escribir que «una corrida de toros es un espectáculo inmoral, y, por consiguiente, educador de la inteligencia»?  

Vimos cómo el interés  por los toros, profundo, esencial, ampliamente documentado, manifestado durante toda su vida por Ortega y Gasset contrastó con la promesa siempre dilatada y definitivamente abortada de redactar su Paquiro, o de las corridas de toros. Nada como este fracaso biográfico, esta fisura fatal, para simbolizar la difícil conexión entre la realidad «fenoménica» de los Toros  y todo intento de acercamiento «nouménico». Dificultad que sin duda atraviesa la totalidad del presente trabajo. Dicen que la frase presidía el frontispicio de la Academia platónica. Bergamín deseaba verla inscrita en la entrada de las plazas de toros: «El que no sepa geometría no puede entrar». Entendió Ortega y Gasset que iba a ser difícil mejorarla. En La caza y los toros, donde están sus reflexiones taurinas más agudas, sin duda elaboradas al alimón con Domingo Ortega, se contentó con explicitarla un poco más: 
«Toro y torero constituyen lo que los matemáticos llaman grupo de transformaciones geométricas […] En la terminología taurina en lugar de espacios y sistemas de puntos, se habla de terrenos y esta intuición de los terrenos - toro y torero- es el don congénito y básico que el gran torero trae al mundo […] Todo lo demás, aún siendo importante es secundario».

Me acosa una terrible tentación: la de pensar que Bergamín y Ortega iluminaban la comprensión de los Toros. La de pensar que los que vinieron después la oscurecieron.

 Rafael el Gallo y José Ortega y Gasset en la Cervecería Alemana

14. EN EL FRAGOR DE LA BATALLA

Francis Wolff es un reputado filósofo y universitario francés. Es el director del departamento de filosofía de la prestigiosa ENS (Escuela Normal Superior) de París, donde anima los inestimables «lunes de la filosofía», excepcional espacio de debate y confrontación. Reconocido especialista en filosofía antigua, particularmente en Aristóteles, es también aficionado a los toros e incansable defensor de la tauromaquia. Publicó en 2007 Filosofía de las corridas de toros. Título ambicioso. El propio autor se encarga de relativizar: «Tranquilícense los no filósofos o aquellos a quienes la palabra filosofía asusta o aburre...no hay que tomarla aquí al pie de la letra». El libro es un tratado ameno que se propone abarcar la globalidad de la corrida de toros, empezando con la definición de sus protagonistas, toro y torero, pasando por los problemas suscitados, la legitimidad de la muerte del toro, la especificidad ética del improbable individuo al que llamamos torero y la determinación de la propia naturaleza del espectáculo, ritual, sacrificial, ética, estética o... sublime en sentido kantiano como sugiere el filósofo. La obra se despliega como una glosa prolija, que no siempre consigue evitar el pecado de toda literatura taurina, el énfasis un punto redundante. Va dirigida lo mismo al aficionado avezado como al profano ilustrado. Aquí el filósofo pone sobre todo la destreza y la agudeza de su «gesto técnico», profesional y la calidad de la expresión textual. El segundo y tercer capítulo, «Sobre nuestros deberes hacia los animales en general» y «Por qué muere el toro», tejen una apretada red argumental que se desarrolla, intuimos, mirando de reojo hacia la presencia del enemigo. No estoy seguro de que la definición antropomórfica del toro como un  «ser activo, resistente, combatiente» dueño aparentemente de su destino, que «realiza su esencia cuando combate» o el concepto, muy aristotélico, de «toreidad», constituyan el mejor acceso posible a la ética y la realidad del toro de lidia. En este tema, toda argumentación eficiente debe externalizarse y oponer la rotunda definición de los propios conceptos a su relativización o matización, determinadas desde la presión externa. 

 Francis Wolff

Los capítulos sobre la ética y el ser del torero le deben mucho a la inspiración estoica y se nutren de referencias a Marco Aurelio, Séneca o Epícteto.  «¡Locura es que haya todavía quien quiera ser torero!» se admira Wolff. Acoplada con el aforismo geométrico de Bergamín, la exclamación del filósofo ayuda a redondear una definición muy plausible de la corrida de toros y de su enigma. Por supuesto Wolff echa su cuarto a espadas y también nos ofrece su personal disertación sobre el estatuto artístico de la corrida. Al menos destaca su carácter también impuro, su frecuente «fealdad», sus roces con lo terrible y lo sublime. Como nada hay comparable con los toros para estimular el verbo y la tentación lírica, como el libro está sembrado de referencias a toros, toreros y faenas concretas, el resultado coquetea con la idealización. Ciertamente Wolff es lúcido,  nos ha avisado de que la corrida de toros puede ser muy desabrida. Suele ser lo más frecuente. Pero nada en su libro permite hacerse una idea de los funestos síntomas actuales de degradación interna: obvia la polémica esencial sobre la definición de la bravura del toro y su necesario grado de peligrosidad, silencia la indigencia ganadera predominante. Finge ignorar la victoria definitiva del público de espectadores sobre el público de aficionados. Es decir la del papanatismo sobre la exigencia crítica. Nada tampoco sobre el alarmante proceso de retraimiento de los públicos taurinos. Ni las constantes corruptelas y trampas del “mundillo” de la profesión. Wolff sabe, pero no lo dice, que el enemigo interior se llama tentación del simulacro. Por esto, no lo dudemos, el único filósofo taurino válido es el aficionado asiduo y exigente. Sus conocimientos fundamentales no han de ser enciclopédicos. Requieren saber algo de la etología elemental del toro en el ruedo así como las mínimas reglas de geometría de los terrenos invocadas por Bergamín y Ortega y Gasset. El resultado no será tanto el acceso al disfrute estético como a cierta forma de coherencia entre pensamiento y realidad de los fenómenos. Es decir el acceso a una infrecuente forma de madurez y acierto filosófico.  

Fernando Savater

La intensificación del fragor de la batalla llevó el filósofo francés a publicar posteriormente un libro más modesto, nutrido del anterior,  50 razones para defender las corridas de toros. En 2010, al calor de la polémica suscitada en Cataluña y que terminaría con la prohibición de las corridas de toros, Fernando Savater publicaba un librito de 96 páginas, Tauroética. La contraportada es un excelente resumen: «El libro de Fernando Savater no es un alegato a favor de las corridas de toros, sino contra las argumentaciones moralistas de quienes quieren suprimirlas. Sobre todo, es una reflexión sobre nuestras relaciones con los animales y la diferencia esencial entre los miramientos que debemos tener con ellos y las obligaciones éticas que tenemos con los humanos”. Poco podremos añadir en materia de ambigüedades. No me consta que Fernando  Savater sea un aficionado a los toros particularmente apasionado y asiduo. Creo que en aquel momento tan desagradable, que vio la fiesta de los toros atenazada por la improbable pinza bífida del animalismo y del catalanismo político, incomodado por unos y otros, el filósofo quiso reaccionar contra la confluencia de la mala fe. La argumentación se quiere didáctica, minuciosa, caso por caso, pero a la postre termina siendo relativista y errática. Es el posicionamiento preferido por el animalismo radical que lo considera, con toda razón, como éticamente inseguro y propio de quien se bate en retirada. En su momento, las incontables páginas animalistas y antiespecistas de Internet se recomendaban unas a otras el comentario crítico de un universitario americano que, según ellos, desbarataba la argumentación de Savater. Sólo era una crítica lógicamente argumentada desde la vulgata animalista pero tan escolar como alicorta. Coincido con ella en una cosa: Savater parece desconocer los grandes autores de la literatura animalista. Nadie debe sentirse obligado a leer las 750 páginas de la biblia de Tom Regan sobre derechos animales pero es un deber conocer básicamente los fundamentos de un ideario activo y en constante evolución, sólidamente afianzado en las más prestigiosas universidades. Desespera toda comparación con el aldeanismo y la producción casposa y autosatisfecha tan habituales en el bando adverso.

***

Bonifacio en su estudio madrileño de la calle de la Cabeza

Domingo, 11 de Marzo


Con este hecho me ratifiqué en que los Tábanos y Mosquitos manifiestan con firmeza el sitio donde en Primavera y Verano está encamada cualquiera res de pelo.
D.J.M.G.N.

"La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz"

DOMINGO, 11 DE MARZO

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

-Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Juan 3,14-21

sábado, 10 de marzo de 2018

T38

Abdelkebir Khatibi


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La aceptación sumisa por el rebaño de la vaina de la igualdad supone el triunfo de la sovietización de la granja occidental de Jean Clair: comer y dormir, sexo, un día más, otro, otro, la jubilación...

En la cosa feminista, la sovietización comienza con la fecha, 8 de marzo (orden del Soviet Supremo por las mujeres de Petrogrado que en el 17 pedían pan y el regreso de los soldados), y termina con el cotillón mediático de nuestro Estado de Partidos, en cuyo tablado de marionetas tiene lugar, en nombre de la igualdad, que nada significa, la emancipación del obrero, de la mujer, de la región, del toro de lidia…

La igualdad es otra ideología, pero las ideologías, al tomar la parte por el todo, son falsas por definición, y sólo pueden imponerse (universalizar la mentira) mediante dictadura, razón por la cual toda igualdad es promovida por los Estados de Partidos.
En 2018, lo subversivo de verdad sigue siendo la libertad política descubierta por la Revolución americana, después de la cual, por cierto, todas las revoluciones (francesa, soviética) se han hecho para volver al Antiguo Régimen. En las performances de la igualdad colabora todo el mundo, también Rajoy con un lazo y su aparato de propaganda. Prueben, en cambio, a pedir representación electoral y separación de poderes.

La talla 38 nos aprieta el chocho –cantaban las feministas en Zara.

Albornoz habla de “lo rahez hispánico”, presente en las epístolas de Séneca, en los epigramas de Marcial y en los comentarios del Beato de Liébana.
Ante la T38, retrocedamos de la mano de Ullán al marroquí Abdelkebir Khatibi, para quien la diferencia de todas las diferencias no es su suma, sino el movimiento de un pensamiento intratable:
Fui hombre a pesar de todo, girando alrededor de mi verga desarraigada. Y cuanto más se hunde mi verga en la Noche del Tiempo, más la figura del Andrógino asedia mi cuerpo separado. Así, pues, aduéñate de mí como tú quieras, pero aduéñate. ¿No me ves al alcance de la mano?

Sábado, 10 de Marzo


Y el día catorce de Agosto, á las cuatro de la tarde, retirándome para casa cazando un valle, volví a ver los Mosquitos y Tábanos volando siempre encima de una mata espesa de Madroña.
D.J.M.G.N.

viernes, 9 de marzo de 2018

Santos

Bergoglio y la humildad


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Pablo VI, que escogió la tumba más “humilde” del Vaticano, será santo por obra y gracia de Bergoglio, el jesuita que en pos de la humildad se apropió del santo nombre de Francisco.
A humilde a mí no me gana nadie –dijo santamente Zetapé, agitador del buenismo rampante, en la tribuna del Congreso.
En los 80 había en la redacción de “Blanco y Negro” una persona tan progre que, de tener que rezar, decía hacerlo únicamente a “San Pablo VI”, y un día la cogió por banda un gran humorista de la Casa y le dijo que eso era como escribir en el agua, pues “Pablo VI no creía en Dios… ¡y a saber dónde estará!”
A Pablo VI, el intelectual enigmático que trataba de seducir a los obreros ideologizados, le decían “il Papa Rosso”, pues, en lucha con el marxismo por la cuota de mercado, cambió el anticomunismo de Pío XII por la “política de coexistencia” con Moscú, y una “Populorum Progressio” que ponía en solfa el derecho de propiedad.
Me siento muy satisfecho de la visita a la Unión Soviética –fue el latigazo más crítico del general de los jesuitas en agosto del 71.

En el 74, Añoveros, obispo de Bilbao, respondía al “espíritu del 12 de febrero” con una pastoral según la cual “todo cuanto se haga para reprimir la vitalidad de las minorías étnicas (los vascos y las vascas)…”

El centro de la “política de coexistencia” se ha trasladado de Moscú a La Habana, con su medio millón de vagos del partido comunista cubano al frente, el redil que, sonriente, más cuida Bergoglio vestido de Francisco, aquel santo verdadero, que fue, dice Chesterton, “lo que los norteamericanos y los gangsters llaman un cable vivo (‘a live wire’)”, cargado de electricidad… y de poesía, hoy generalmente aceptado como un humanitario que deploró las trampas para cazar ratones.
Pero en Bergoglio, tan cantado por los beatos Carmena y Pablemos del Rubus Ardens’36, uno ve, más que poesía, la tos del cura que oía Blas de Otero.
Nada de cajitas, pastillas de plástico, la cama, la pared, la tos del cura.

Viernes, 9 de Marzo


El Perdiguero que llevaba (que era muy bueno) estaba inquieto; pero nunca pensé, ni me paré en lo que podía ser.
D.J.M.G.N.

jueves, 8 de marzo de 2018

La Juve

Altiva seriedad


Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Existe una aristocracia en el fútbol que nadie debe despreciar. En lo más alto de esa nobleza hay mayoría absoluta de clubes masculinos como R. Madrid, Barça, Bayern y quizás el United, pero hay una “vieja señora” a la que se debe el máximo respeto, sin necesidad de recursos feministas. La Juventus arrastra una leyenda de gran dama rica y elegante y en su presencia sólo cabe el respeto y mucha concentración para doblegarla. El Tottenham, tirando de soberbia propia y jaleado por el periodismo europeo que ya lo veía, como ve al PSG y al otro Manchester, alternativa a “la casta”, descuidó  un detalle decisivo en el fútbol actual: el valor del lateral.
       
Quizás sea un poco fetichista, pero me fijo mucho en los laterales y ayer la Juve empezó haciendo aguas por los costados con Son, ¡un coreano!, imponiendo un ritmo y una superioridad que acabó por desquiciar a toda la retaguardia italiana. Menos mal que estaba Matuidi, mi Matuidi, ocupado ya exclusivamente en labores defensivas, arreglando los desbarajustes de Sandro y Barzagli sobre todo.

La Juventus pareció desarbolada y sólo Douglas Costa, un futbolista que a mí me parece extraordinario y al que le falta poeta que le cante como cantan a Dybala, por ejemplo, amenazaba una defensa inglesa que llamaba la atención por la disciplinada línea adelantada de la que empecé a sospechar descuidos en sus laterales. Sobre todo el izquierdo, Ben Davis, que lleva dos treses en el dorsal, como para reafirmar un puesto vital que suele escasear excepto en los seteros valencianos, cuna de los mejores.

     Allegri, descabalgado de la competición de competiciones con el 1-0 de Son, reparó las enormes deficiencias en el lateral derecho y sacó a Lichsteiner, que aunque suizo es junto a Buffon y Chiellini (sigue sin convencerme), el mejor ejemplo de los valores “bianconeros”(qué bonito adjetivo): firmeza, compromiso, máxima exigencia, carácter no exento de elegancia y sobre todo “autoridad” hasta en la mirada. Lichsteiner que suele gastar genio intimidatorio, se comió a Davis en el gol del empate y en el 1-2 de Dybala el lateral inglés andaba en cavilaciones sobre cómo tirar la línea del fuera de juego sin cartabón. Se delató como se delatan todos los defensas que se equivocan: levantando la mano para que la viera el linier.

      Pasan la Juve y el Madrid, últimos finalistas. Dos de los de siempre. Pasa también el Liverpool al que los aficionados ponemos entre los elegidos, en un nivel digamos inferior. Eso sí, este Liverpool de Klopp es capaz de cualquier cosa porque veo que es muy difícil ganarlo. Y por último el City de Guardiola, del que tanto se espera y que a mí me parece muy mejorable en defensa. ¡Ah, los laterales!

La huelga


Roland Barthes


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

De creer a Osoro, el obispo de Madrid, hasta la Virgen hace hoy huelga feminista, y la cabeza se le va a uno a Berceo y los cuidados de María con el monje beodo (“De la carga del vino non era bien folgado”) o sus enojos con el obispo (“Contra mi ¿por qué fuste tan fuert e tan villano?”)
En su “Virgin Spain” (1926) sostiene Waldo Frank que “las mujeres reclaman sus derechos con más ahínco en los países donde culturalmente significan menos”, como Inglaterra o Estados Unidos, donde “la mujer es estéril espiritualmente”, frente al caso matriarcal de España, “donde no hay sufragistas y donde no servirían de nada si las hubiese” (en el invierno del 24 Primo de Rivera, por iniciativa propia, confiere el sufragio municipal a las mujeres, que no lo habían pedido).

¿Y la huelga general feminista?

La huelga general (como medio de provocar la “tremenda catástrofe”) es el gran mito socialista de Sorel para saber si a un grupo social le ha llegado su momento histórico. Pero si una huelga general consiste, como decía Sainz Rodríguez, el del Bachiller, en que se cierran las panaderías, la huelga general feminista ha sido un fracaso que sólo servirá para que Osoro haga suyo a Dumas, el hombre que presumía de tener dos opiniones de la Virgen:

Una para los periódicos y otra para los amigos.
Osoro no es diferente de los demás Gerundios que componen nuestra “intelectualidá” socialdemócrata (la España setentayochista del “como si”), cuyas pesquisas ante la huelga general se han centrado curiosamente en el texto del manifiesto feminista, lo cual me lleva a una entrevista de José-Miguel Ullán con Roland Barthes, para quien “texto” procede de “textus”, participio pasivo de “texo”, que quiere decir “tejer”, el texto como tejido de sentidos enmarañados y donde “hay, tal vez, también una alusión a la hipótesis freudiana de que las mujeres aprendieron a tejer al cruzar los pelos del pubis para hacer con ellos un pene fetiche”, que igual, ay, es en lo que estamos.

5. TOROS Y FILOSOFÍA HOY: DOS FORMAS DE JUGARSE LA CABEZA (11. La tentación de rendirse; 12. Un paso al frente)

 Bonifacio 1995

(11. La tentación de rendirse; 12. Un paso al frente)

 Course landaise

Jean Juan Palette-Cazajus


11. LA TENTACIÓN DE RENDIRSE

Posteriormente, la grata tentación de los juegos formales, a veces irrisorios, a que da lugar la simbología taurina tenderá a retraerse. Porque la sombra de los batallones filoanimalistas en orden de batalla empieza a planear definitivamente sobre el paisaje intelectual. Por esto, a partir de los años 90, no hay reflexión medianamente seria sobre la tauromaquia que no aparezca condicionada por el problema, en adelante crucial, de su legitimidad ética. En 1998, el etnólogo francés Frédéric Saumade publica Las tauromaquias europeas: la forma y la historia, un enfoque antropológico. Con el prólogo, llega la transgresión: «De modo que tenemos que admitir que la teoría sacrificial no es más que la proyección intelectual de un arquetipo etnológico sobre una realidad que aparece así más sugestiva, cuando lo que requería era una explicación realmente convincente». El libro practica una minuciosa descripción sociológica de lo que Frédéric Saumade considera las distintas tauromaquias europeas, desde el soporte material que permite la realización del espectáculo, siguiendo con el entorno humano, social y económico que le da vida, terminando con las consideraciones etnográficas que diferencian, contrastan u oponen cada una de las tauromaquias descritas. Éstas son, además de la llamada por Saumade «corrida andaluza», o sea la que nosotros llamamos lisa y llanamente «corrida de toros», la corrida portuguesa, las corridas navarra y aragonesa, desde el encierro pamplonica hasta las muy variadas modalidades de saltadores y  «recortadores», la corrida landesa y la corrida camarguesa, estas dos últimas en suelo francés. Desde un principio, el etnólogo galo tiene una idea detrás de la cabeza. La comentaremos en su momento. Para sostenerla tiene que poder demostrar la perfecta autonomía y originalidad contrastada de cada una de las tauromaquias propuestas. En apoyo de su demostración, recurre, siempre que la realidad le parezca brindar la ocasión, al método estructuralista de oposiciones e inversiones binarias. 

 Corrida camarguesa

Nos encanta que Saumade explique que la nefanda práctica del «afeitado» se convierte en una forma de castración metafórica que hace del noble toro de lidia un buey metafórico. Nos encanta que Saumade llame nuestra atención sobre la inversión de valores que caracteriza la comparación entre el torero español y la cuadrilla de «forcados» portugueses encargados de inmovilizar al toro. El primero, generalmente de extracción popular pero «aristocratizado» por su prestigio individual, los segundos más bien de elevada procedencia social pero cuya actuación en el ruedo se rige por una solidaridad igualitaria. En la corrida camarguesa los «toros» de raza autóctona son llamados en provenzal, «biòus», o sea bueyes, ya que son castrados, sin que quede por ello afectada su capacidad de embestir incansablemente durante muchos años. Estos bueyes son, pues, toros metafóricos. Los «raseteurs» provistos en la muñeca de un gancho especial, tratan de arrancar de la testuz del toro una «cocarde», escarapela o lazo, premiada con más o menos dinero según la dificultad y el prestigio del toro perseguidor cuya «carrera profesional» puede llegar a los 14 años. La permanencia del individuo estrella la ostenta, pues, el toro, frente a la diversidad efímera de los «raseteurs». Nos encanta que Saumade concluya así que en la corrida camarguesa el toro es un torero metafórico. 

No oculto mi admiración por la riqueza descriptiva y etnológica del libro de Frédéric Saumade. La dimensión que abordaremos ahora me merece en cambio muchas más reservas, puesto que la verdadera finalidad de la obra, la idea detrás de la cabeza, acorde con el nueva clima ético y zoófilo, parece ser la de cuestionar la muerte del toro. La recensión efectuada por el autor habla de cinco, seis tauromaquias «europeas». Son en realidad ibéricas, a lo que hay que añadir una estrecha franja meridional francesa. Sólo la modalidad que el autor designa como «corrida andaluza» acaba con la vida del toro. Dicha excepción se convierte, pues, en sospechosa y cuestionable. Para Saumade, la corrida andaluza lleva la marca indeleble de su origen en el seno de lo que califica de «imperialismo cultural andaluz». Debe entenderse como la perpetuación, en el tiempo y en los valores de las prácticas aristocráticas. El auge del toreo a pie, dice Saumade, fue encuadrado desde mediados del siglo XVIII por las Reales Maestranzas de Caballería de Sevilla y Ronda, cuyos valores nobiliarios interiorizaron hasta hoy los arrogantes e individualistas toreros. La cría del toro de lidia se rigió por parecidos valores y criterios. El «imperialismo» cultural andaluz impuso a España su tauromaquia como le impuso su folklore.  Los primeros rudimentos del toreo a pie no tienen más utilidad que facilitar la estocada. Al revés, hoy el público sólo le dedica importancia a la faena de muleta y ha dejado de valorar la estocada. La conclusión de Saumade es que la muerte del toro sólo constituye ya una rutina. Arrastrado por la inercia dualista, Saumade aprovecha la existencia del llamado «indulto», excepcional,  concedido a los toros particularmente bravos, para inferir la arbitrariedad de su muerte habitual. El etnólogo francés es demasiado diestro en las prácticas binarias para no comprender que la excepcionalidad del indulto es, al revés, la inversión de una regla necesaria: la muerte del toro, exigida por el desarrollo coherente de la lidia y de sus valores. 

 Forcados portugueses

Lo más grave del asunto es la evidente precariedad de la tesis de la existencia autónoma de variadas tauromaquias europeas. El propio Saumade en su muy interesante descripción de los orígenes y desarrollo de cada una de ellas no tiene más remedio que poner en evidencia su absoluta dependencia histórica de la llamada «corrida andaluza». No nos engañemos, si lo que Saumade discrimina como «corrida andaluza» se enfrenta a una evidente crisis de supervivencia, aquellas llamadas «otras tauromaquias» no son más que sus satélites semiapagados. Presencio personalmente el ocaso de la modesta «course landaise». La «course» camarguesa sigue teniendo cierto arraigo popular pero no sostiene la comparación con las corridas de muerte clásicas que ya dejaremos de llamar «andaluzas». A la corrida camarguesa, Frédéric Saumade la considera históricamente «republicana». Ésta, el encierro pamplonica y las tradiciones tumultuarias parecidas -dice- están marcadas por un prurito antiautoritario. Mientras la corrida portuguesa es ella «igualitaria». Todos, pues, quedamos debidamente aleccionados para inferir el carácter básicamente «reaccionario» de la corrida ex andaluza, desde sus orígenes y hasta la muerte del toro. La crisis es general, pero frente a la irreductibilidad de la corrida de muerte las otras tauromaquias, que vegetan a su sombra, aparecen como simples apéndices lúdicos.

 Encierro

12. UN PASO AL FRENTE

En 2002, cuatro años después de Las tauromaquias europeas  aparece en las librerías La escuela más sobria de vida, del filósofo Víctor Gómez Pin. El título pertenece a una frase de Marcel Proust  en El tiempo recobrado: «Por lo que el arte es lo más real que existe, es la escuela más sobria («austera» dice el texto francés) de vida y el verdadero Juicio final». Tauromaquia como exigencia ética reza el subtítulo. Ya llegamos al corazón de la batalla. Conocido el enemigo definitivo, Víctor Gómez Pin da el paso al frente. A partir de ahora, los estudios sacrificiales o simbológicos sobre tauromaquia deberán considerarse como material bélico propio de la Guerra de los Cien Años o como confesión impúdica de que su autor ha decidido permanecer al amparo de un cómodo burladero.  Desde el principio, en cuanto se empezaron a correr toros en España, sin duda mucho antes del siglo XIII, surgieron enemigos acérrimos de tales prácticas. La Iglesia condenó esta muestra impía de juego gratuito con la propia vida como un desprecio a su Creador. Acordémonos del Padre Mariana. Los economistas y los ilustrados deploraron los quebrantos infligidos a la agricultura y a su modernización. Los regeneracionistas renegaban de costumbres que parecían apartar a España del «Proceso de la Civilización». Hoy todo discurso histórico, etnológico, simbólico, estético sobre las fiestas de toros es literalmente inaudible para la sensibilidad animalista. Gómez Pin es el primero que empieza a entender la nueva regla del juego.

 Entre la publicación de El sacrificio del Toro, de Pitt-Rivers, en 1983 y la de La escuela más sobria de vida transcurrieron 19 años. Desde 2002 hasta hoy, ya han transcurrido 15. Hoy la ofensiva animalista es general, poderosa, implacable, apoyada en una opinión pública mayoritaria, particularmente la juvenil. La zoofilia constituye uno de los elementos estructurales de la posmoderna ideología dominante. La producción de literatura animalista es masiva en todos los países occidentales, particularmente los anglosajones.  Cuando salió el libro, la batalla ya había empezado pero era menos feroz y las posiciones de los defensores de la tauromaquia menos precarias. Aquello puede contribuir a explicar la excesiva dispersión del fuego de salvas de Víctor Gómez Pin y su falta de intensidad. Desde un principio el autor entiende bellamente, con ecos fenomenológicos, que si el hombre «es cuerpo atravesado por el lenguaje y lenguaje llamado a asumir la finitud que marca el cuerpo» las diferencias con el animal no humano aparecen desde un principio difícilmente salvables. Habría necesitado más desarrollo e intensidad la posterior disertación sobre la polaridad animal-lenguaje-muerte potencialmente sugeridora de muy sólidas inferencias. La polémica sube de intensidad cuando  Gómez Pin elige enfrentarse a la ortodoxia animalista del filósofo Jesús Mosterín, recogida en un libro que hemos leído superficialmente, sin que supiera retenernos y programáticamente titulado Vivan los animales. La argumentación pretende apoyarse en lo último de las neurociencias no siempre, ni mucho menos, con criterio y propiedad. No creo pecar de simplismo afirmando que Mosterín pretende, lisa y llanamente, borrar toda frontera entre humanos y animales. Gómez Pin elige, de alguna manera, la vía de la autojustificación aceptando que el adversario elija el terreno y dicte los términos de la contienda. Algo parecido a lo que ocurre en la plaza cuando decimos que «es el toro el que hace  la faena». Gómez Pin acierta en demostrar en más de una ocasión la angelical ingenuidad de Mosterín que, en buena lógica continuista, opta por atribuir una posible dimensión simbólica a los más rudimentarios «lenguajes» animales, concretamente a la llamada «danza» laboral de las abejas. Nada demuestra efectivamente, en este caso como en cualquier otro parecido, la existencia de otra cosa que no sea determinismo genético, evolutivo y código funcional.

 Corrida andaluza

Por esto, cuando Gómez Pin pretende oponer a Mosterín la inconmensurabilidad entre el potencial simbólico del lenguaje humano y cualquier sistema de señales animal, él, como todos los que lo precedieron, como todos los que vendrán después, no tiene más remedio que caer en la trampa comparativa. La vida humana ha quedado sumergida por la riada de las significaciones acumuladas en la relación hombre-mundo y sedimentadas en el lenguaje. Éste es tan proliferante que está condenado a engendrar metalenguajes siempre insuficientes para poder hablar de sí mismo. Aceptar el principio de una comparación supone atarse dialécticamente de pies y manos. No hay posibilidad de confrontación entre quien se hace el intérprete de un supuesto «lenguaje» totalmente limitado, abarcado y controlado y quien, al revés abarcado y desbordado por el exceso del nuestro, trata de dar cuenta de él. Las larvas de algunos parásitos colonizan el cerebro del animal huésped, cambiando sus comportamientos naturales por aquellos que favorecen las necesidades vitales del desarrollo de dicha larva. Esto es lo que ocurre cuando la larva animalista coloniza nuestro cerebro y nos sugiere como legítimo el debate sobre la porosidad de las fronteras entre hombre y animal. Para desacreditar la «obsesión sacrificial» en los toros, Saumade, dijimos, la calificaba de arquetipo etnológico. La negación, o cuando menos relativización, de las fronteras entre hombre y animal procede ella, como veremos, de la omnipresencia atávica del «arquetipo animista» o antropomórfico.

 Seguidamente, Gómez Pin renuncia a la batalla principal para dedicarse, durante un largo capítulo, a establecer «la auténtica jerarquía entre arte y tauromaquia». Capítulo muy subjetivo donde el autor recurre a lecturas históricas -la de la ópera por ejemplo- o actuales, la lectura de las creaciones asépticas e insípidas de ciertas modalidades del arte contemporáneo, para convencernos de que la tauromaquia no puede entrar en las categorías, por muy flexibles que sean, que definen las artes convencionales. El último capítulo, «La animalidad perdida y asumida», vuelve  a la trinchera y adopta cierta coloración fenomenológica pero predominan las referencias a la paleontología y la etnología. Extrañamente los autores elegidos son obsoletos. Desconcierta la referencia a las tesis desarrolladas por Sigmund  Freud en Tótem y Tabú. El cuento freudiano originario del animal sacrificado y símbolo del padre resulta un poco polvoriento tras los trabajos de Lévi Strauss y de los que vinieron después. Recordemos que para el inmenso etnólogo francés, el totemismo sólo era una ilusión de los antropólogos del siglo XIX. Él lo consideraba esencialmente como una lógica de clasificación que sirve para articular una relación entre series naturales y series culturales. Es más interesante Gómez Pin cuando incide en la fundamental dialéctica entre individuo y especie que en el caso humano se traduce en colisión. La individuación del ejemplar humano de la especie aporta con ella la conciencia de la muerte. «Hablar es dejar de ignorar la dialéctica muerte-vida». Comprenderemos entonces que «la muerte es un concepto del cual los animales carecen. De ahí que […] los animales sencillamente no maten». Irrumpe entonces una aprehensión de la tauromaquia luminosa y productiva que la  proyecta como «un reflejo de esa codificación entre registro de la animalidad y registro de la racionalidad» que se convierte en «memoria profunda»  alimentada  a través de la «fertilización del lenguaje». La lección de la corrida es evidente,  «así respecto a la muerte, lo adecuado… [es]…  contemplarla  no como lo que amenaza la realidad presente, sino como lo que posibilita la presencia de tal realidad».

Víctor Gómez Pin

***

Bonifacio

Jueves, 8 de Marzo


Á poco rato de estar en aquel sitio noté que un poco más abajo de donde yo estaba, en unas matas espesas, habia un enjambre de Mosquitos y Tábanos volando siempre encima de ellas, que me servia de diversión mirarlos.
D.J.M.G.N.

miércoles, 7 de marzo de 2018

La berrea de la Champions

Imágenes de JARA

El contundente Alfa
Apostura de escaparate


Francisco Javier Gómez Izquierdo

    La rutinaria eliminación del PSG alrededor de Semana Santa, octavos-cuartos, en la Copa de Europa desmonta cada año las obsesivas falsas apreciaciones del periodismo deportivo sobre una plantilla que a un servidor siempre le ha parecido poco equilibrada. En fútbol todo es opinable, y un servidor no pasa de aficionado que habla de lo que ve. Y veo que se es muy injusto con Émery, al que como saben le tengo la fe del carbonero. Antes de Émery por el PSG pasaron Blanc, Ancelotti, el caledonio Kombouaré despedido con el equipo primero, aquel Le Guen salvador... y ninguno mejoró, creo, a Unai. A Émery le va a perseguir en su carrera el expediente X del Camp Nou, del que es cierto tuvo algo de culpa, pero no toda.

     Perdonen mis alegres opiniones pero cuando Matuidi se fue a la Juventus, intuí que Unai Émery no mandaba porque ni Verrati, ni Rabiot, ni Cavani, ¡ni leches!, el corazón y el sentido en la presión lo abanderaba ese negrito incansable, un Casemiro con mucho más recorrido. El sitio de Matuidi era el PSG y no esa Juventus donde no se atreve a avanzar. En consecuencia los parisinos se debilitaron porque arrasar ante el Troyes o el Amiens, ganando con sombreros y taconazos no significa más que no tienes rival en tu liga. “Pero tiene a Neymar, Cavani y  Mbappé” dicen los que ven el fútbol en As, Marca y la cadena Gol.

     Neymar es técnicamente excepcional, un virguero en el regate y con un aire pinturero acorde con las modas del siglo, pero no acaba de estar nunca ya sea por lesión o por papel secundario con Messi. No lo veo líder, ni referente, ni heredero de Messi y Cristiano. A mí no me parece ni buen compañero, con lo que su equipo perderá muchos partidos por su culpa. Cavani es un rematador. Un tipo corajudo, de esos que corren a por balones a los que no va a llegar y que tanto gusta a las aficiones. Buen delantero centro para un equipo ofensivo. Pero no es el Ibrahimovic, un poner, que tuvo Ancelotti. Cavani es ese futbolista que nos da el nivel del PSG. Un notable raspado al que los tutores trastocan el expediente y le plantan un sobresaliente de campeonato acorde con los millones que se pretenden.

     Mbappé. Fuerte, potente, técnico... el futuro dicen. De Francia, Europa y el Mundo... dicen. Veremos. A mí me parece espectacular. En el Mónaco me dejó impactado. Jugaba con total libertad y no parecía estar sujeto a obligaciones tácticas, pero tanto ayer como en Madrid y a pesar de su evidente talento, me pareció aturullado y poco inteligente. Repasen dos de los fuera de juego en los que cayó y que desbarataron dos peligrosos ataques y díganme si no es para darle un cachete en el colodrillo.

     Los otros. Los otros son Rabbiot, del que tengo muy buena opinión, pero ayer pareció músico fatigado en un alboroto errático al que es probable contribuyera la poco conveniente ansiedad de Di María y Verratti, ese extraño objeto de deseo. Los de atrás no hacen defensa para ganar una Copa de Europa. Y no veo necesidad de explicarlo, porque es apreciación muy particular. Ahora bien, párense a considerar la pérdida de Alves ante Asensio en el primer gol o las salidas del área de los centrales Thiago Silva y el voluntarioso Marquinhos. Quizás Émery debió contribuir con soluciones a la imponente presencia de Casemiro, pero faltaba uno o dos Matuidis. Lo que Zidane, esta vez si, hizo con Kovacic.
      
Si algún analista futbolero llegara a leer mis disparates, le comunico que para un servidor el PSG es como los venados que en la última berrea admirara mi amigo de toda la vida, Toño, un burgalés que todo lo hace bien. Lo llevé a los Montes de Toledo para que hiciera fotos, su última afición, y el amigo, ignorante de los asuntos cinegéticos, se quedaba maravillado con la estampa de baretos y similares y sus tonos entre las jaras sin llegar a apreciar la contundencia de los machos alfa.
      ..y éste es tiempo de berrea en la Champions...

Cervera



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En represalia por la defensa de Felipe VI del orden constitucional español, el Ayuntamiento de Cervera, en la provincia de Lérida, coloca boca abajo el cuadro de Felipe V.
Tant que ça ira, ça ira, ça ira / les aristos / a la lanterne… Tant que ça ira, ça ira, ça ira / les aristos / on les pendra
Cervera es la cuna del filósofo de la vida Pepe Ramoneda, que localizó el nido del fascismo ibérico en el plató de TV donde vivía Belén Esteban, aunque Cervera ya era famosa por su Universidad, levantada por Felipe V como premio a su fidelidad a la causa borbónica en la guerra de Sucesión.
En aquel jardín cervariense, precisamente, soltó el jesuita barcelonés Ramón Lázaro de Dou y de Bassols la serpiente retórica de su reproche al “ardiente deseo de discurrir con novedad, que es la manía de nuestros tiempos” (cosa que hoy valdría para el manifiesto “punk” de la huelga feminista), pero los hackers rusos (antes, duendes de la imprenta) tradujeron la expresión por “lejos de nosotros la funesta manía de pensar” a fin de hacer del jesuita Dou, diputado en Cádiz, un tiralevitas de Fernando VII, “el menos bueno de los reyes borbónicos”, al decir del poeta verdadero Ansón, excitando el celo del gallo arevalense Romero, a quien Fernando VII pareció siempre el más astuto y hasta el más genial:
Engañó a Napoleón, se hizo llamar “el Deseado”, aparcó a los liberales y murió en la cama cuando le llegó su hora, dejando a su hija Isabel el sillón que pretendía su hermano Carlos.
La funesta “traducción” la hizo suya el rector magnífico de la Carlos III, el funesto Peces, para, sin caer en la cuenta de que Dou era barcelonés y Cervera catalana, justificar el separatismo de una cultura tan fina, la catalana, que se sentía rechazada por una idea española tan indigna (“lejos de nosotros la funesta manía de pensar”).

Otro Papa concedió perdones a quien se cortase las uñas en lunes –leemos en un “Floreto” sevillano del XVI–. La causa desto no la he sabido.

Laus Deo.

La mirada del gran macho



Hughes
Abc

El gesto de inhibición de Berlusconi ha dicho mucho. Por primera vez he sentido que las Femen lograban algo real. Que su desnudez tenía un sentido. A la hora de votar, en ese acto a la vez íntimo y público de ir a meter el voto, Berlusconi fue interrumpido. Las Femen, por cierto, tontas no son, y posan como es norma en los posados-robados de las revistas, con los brazos en alto para que todo suba.

Pero el gesto de Berlusconi fue de retraerse. Declinó con la mano, bajó la mirada. El gesto era de aparta de mí ese cáliz, pero lo importante estaba en los ojos. Berlusconi evitó todo contacto con la belleza de la Femen. Inhibió su masculinidad de raíz, de cuajo, evitó que surgiera ni siquiera en sus formas incipientes, visuales, instintivas. Berlusconi, el gran alfa, reprimió la mirada bunga bunga. El acogotamiento del viejo macho que empezó con Weinstein tras el triunfo imparable del genio Trump, da un paso más (hacia atrás) con esta nueva mirada de Berlusconi. ¿Qué hubiese pasado si la mirada sabia y lúbrica de Berlusconi hubiese buscado a la Femen? Esa mirada es experta en desnudar, ¡pero ella ya estaba desnuda de cintura para arriba! Hubiera sido un triunfo para la protesta. Habría desvelado la viscosa cualidad de esa mirada. Así que evitó mirar. Su respeto a la desnudez de la chica hacía surgir una nueva pudibundez erotico-política. La femen-virginizada recibía el mayor respeto y ni siquiera podía ser mirada. ¡Surgía una virginización, una importancia nueva de la muchacha! Al no poder mirarla, Berlusconi (el gran Macho) la resacralizaba, la hacia objeto de un nuevo respeto trascendental, como si fuera cubierta por velo musulmán (¡autovelada!).

Creo que en ese pudor de Berlusconi había algo reconocible por el resto de hombres. Un temor a equivocarse mezclado con la antigua e inevitable fascinación. De esas dos cosas surge una nueva fragilidad femenina, paradójicamente fortalecida. Berlusconi dio marcha atrás con la mirada en el suelo, temiendo quedarse como la esposa de Lot. Pero qué extraordinario era verle salir de la situación de espaldas y sin saber cómo reaccionar, con la cabeza gacha como ante un eclipse: un eclipse, efectivamente, de su vieja mirada depredadora y la nueva corrección. El gesto de “no miraré” de Berlusconi creo que es la reacción más puramente masculina de todos estos meses y de alguna manera evidencia un nuevo desconcierto.

La chica, ciertamente mona, ya no podía ser mirada berlusconianamente. La desnudez de las Femen volvió a tener un verdadero sentido. La vibración política de sus dos tetas era activada ¡porque delante estaba el gran macho!

Miércoles, 7 de Marzo


En cierta ocasión, cansado yo de andar toda una mañana del mes de Junio de mil setecientos setenta y dos, cazando reses de pelo al salto, llegué a un valle sospechoso, en el que había una fuentecilla, que me senté junto á ella á descansar para después cazar dicho valle...
D.J.M.G.N.

martes, 6 de marzo de 2018

El Exprogre

Pelillos

Ohsawa


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Lo ha dicho Maroto, el “hipster” del partido de Miguel Ángel Blanco:

El país vasco tuvo una falta de libertad que ya hemos superado. ¡Pelillos a la mar!
Así se resume la socialdemocracia, hija adulterina del fascismo y el comunismo, la gran “Marianne” de la Unión Europea y de nuestra Santa Transición, que, de tanto pelillo a la mar, tiene las playas como una peluquería en sábado de boda.

El pánico de los que estaban a la venganza de los que venían y la codicia de los que venían para ocupar los puestos de los que estaban obraron el milagro de los pelillos a la mar como mal menor, que políticamente consiste en hacer el mal con la tranquilidad de pensar que siempre los habrá mayores.

Si un japonés descubre vello en las piernas de una mujer, siente hormigueos en su carne –escribió Ohsawa, patriarca de la macrobiótica, y de ahí vendrá la huelga feminista promovida por el obispo de Madrid, que, pelillos a la mar, pone a la Virgen en la cabeza de la manifestación.
Nuestra socialdemocracia va del feminismo episcopal de Osoro al antifranquismo franquista de Cebrián, director de los informativos del Caudillo a propuesta de Rosón, cargo que aceptó haciéndose “La tonta del bote” (Lina Morgan) al firmar, es decir, “mirando interiormente para otro lado”, detalle (esa mirada interior –pensar en un inspector de Hacienda, por ejemplo– que prescriben los sexólogos contra la eyaculación precoz) que, en este diluvio orleanista de lugares comunes enhebrados con gestos falsos y exagerados, le sirve de fundamento moral para elevar al Nobel Vargas a “Juan Jacobo retocado por una cocinera del siglo XIX (un pedante)”, como Tocqueville retrató a Luis Felipe:
Para las gentes de mi generación, que padecimos los rigores de la dictadura franquista
¡Pelillos a la mar!
La pega, con esto, es que hasta la caspa es falsa, como la de un taurino pucelano que por dar el pego con el peluquín, y a modo de “pityriasis simplex capillitii”, se espolvoreaba ceniza en las hombreras.