martes, 11 de agosto de 2026

Los indignados


Antonio García-Trevijano


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Los indignados, hoy, son los españolejos, que dicen sentirse indignados, y hasta el Monarca ha tenido que expresar con una nota en pleno veraneo su real “indignación” por los no menos reales desastres de Ceuta. En el insomnio de estas noches de Walpurgis de la indignación, uno comparte el sueño estético de Dostoyevski en Dresde: sustituir en el Congreso el cuadro de “El abrazo” de Genovés (después de todo, ya sabemos qué pensaba Quevedo de los genoveses), que funge trapiellamente de “icono emblemático” de la Santa Transición, por otro cuadro más verdadero, el verdadero cuadro del 78, que, a falta de un Goya, pintaría Ferrer-Dalmau, del cóctel del Día del Trono en la embajada de Marruecos con los mejores hombres de Estado que ha dado el Régimen nacido en el auge de la posmodernidad (Gonzalón, nuestro Bismarck; Zapatero, nuestro Zelenski; Pedraz, nuestro Coke, etcétera) brindando, suponemos que indignados, por la Santa Indignación de España, en lo que Ceuta conmemoraba la efeméride con una jornada de puertas abiertas. Bien lo vio venir el gran escéptico Odo Marquard: quien vive con indignación de esta sociedad, vive también de ella; precisamente su indignación es su aceptación (enriquecida con un gesto).


Cuando la zanganada de “los indignados” en la Puerta del Sol, lo avisó Trevijano: el 15M es reaccionario, decía, pues la indignación nunca creó nada. El indignado se indigna con los efectos, no con las causas: todo indignado es un impotente. Se remontaba a Catón, para quien sólo valían la milicia y la agricultura: grande fue su indignación cuando la mujer de Escipión el Africano introdujo en Roma la cultura griega, que a Catón le parecía industria de afeminados.


Bajo el “fascismo de la vulgaridad” (Steiner), y envenenado por el fentanilo de los medios, ¿cómo se indigna el españolejo? Pues como Manolo, el famoso chófer gallego de Ava Gardner (para él, “Miss Eiva”). Manolo (“Manoulu”, para Ava) sufrió un infarto y se indignó a la manera española:


Primero recé a Santiago, luego a la Virgen del Carmen, pero cuando la cosa se puso fea… ¡me c… en Dios!


En Londres, España se le aparecía a Camba como un hombrecillo débil y violento, uno de esos cascarrabias chiquirritines con los ojos saltones y los bigotes revueltos que atestan puñetazos a las mesas de los cafés y luego gritan porque se han hecho daño.


En resumidas cuentas, la indignación española.


La indignación, dice Juvenal, hace versos, pero aquí sólo da para hacer discursos. Es el Estado de partidos, donde la propensión de todos ellos al centro (entre los extremos de la indignación de la derecha por la falta de orden, y de la izquierda por falta de justicia) esteriliza la indignación por la falta de libertad política, acudiendo todos a votar cuando tocan el pito.


[Martes, 4 de Agosto]