Martín-Miguel Rubio Esteban
Doctor en Filología Clásica
Hace unos doscientos cuarenta años, algunos americanos, recién salidos del Imperio Británico y, por ello, con toda la legitimidad para llamarse ellos mismos americanos, por ser la primera nación libre de América, que pensaban en términos nacionales, a pesar de no existir aún ninguna institución nacional, sostenían que los problemas que aquejaban a la jovencísima Confederación exigían una revolución en el gobierno. Reactivaron el proceso político que, entre 1765 y 1776, había dado origen al movimiento revolucionario. Ya en 1785, en la Conferencia de Mount Vernon, los delegados de Virginia y Maryland habían resuelto sus disputas fronterizas y sus derechos de navegación. Virginia propuso entonces la celebración de una convención en Annapolis, Maryland, en septiembre de 1786, con el fin de resolver los problemas comerciales de un país “indefinido”, que no pasaba de ser una amalgama de estados que se habían separado a través de una sangrienta guerra solidaria del Imperio Británico y cuyas reglas éticas y carácter nacional derivaban de distintas ramas del protestantismo que habían levantado las primeras comunidades coloniales, algunas, aunque casi independientes del Imperio, tenía un concepto teocrático de la vida en comunidad. Sólo hay que recordar a la colonia de Plymouth, y a los diferentes líderes político-religiosos que se diseminaron por todo el territorio colonial, como Mr. Maverick, John Winthrop, John Cotton, Roger Williams, John Daven Port, William Penn, y muchos más.
Aunque sólo acudieron a Annapolis delegados de Virginia, Nueva York, Delaware, Pensilvania y Nueva Jersey, estos aprovecharon la oportunidad para redefinir la agenda política americana. Propusieron la celebración de una nueva convención en Filadelfia en 1787, «para adaptar la constitución del gobierno a las exigencias de la Unión».
El 21 de febrero de 1787, el Congreso de la Confederación aprobó esta propuesta, pero su resolución, más limitada y centrada en la revisión de los Artículos, entraba en conflicto con el mandato de Annapolis. De los 74 delegados de 12 estados (Rhode Island se negó a participar), solo 55 asistieron a la Convención en algún momento. Algunos de los más grandes políticos americanos no estaban allí. El gruñón John Adams era ministro de América en Gran Bretaña y el muy revolucionario Thomas Jefferson, autor de la Declaración de Independencia, era, asimismo, el ministro americano en Francia. La Revolución había desterrado el término “embajador” del léxico político por tener un abyecto tufo monárquico. Luego, cuando los americanos han ido perdiendo el frenesí revolucionario, han vuelto a incorporar el odiado término monárquico. Lo mismo les ha pasado a los rusos años después de su Revolución.
El genial John Jay, coautor de The Federalist Papers y el negociador del tratado de París (1783), tampoco pudo participar en la confección de la Constitución porque era el secretario de Asuntos Exteriores de la Confederación en la ciudad de Nueva York. Patrick Henry, uno de los más influyentes y valientes defensores de la Revolución, se quedó en Virginia porque no le interesaba la política nacional, aunque más tarde afirmó: «Me olía a gato encerrado». Cuatro espíritus egregios que, sin duda, hubieran matizado mucho los propósitos de Alexander Hamilton, la principal cabeza en el establecimiento del texto constitucional. Siendo ya buena aquella proeza política, pudo haber sido incluso mejor. Aquel comité constitucional careció de cuatro grandes revolucionarios, y se nota. Es seguro que Jefferson hubiera introducido la Constitución con una Declaración de Derechos Humanos, pero la posibilidad de introducir Enmiendas en la misma es a la larga un sistema mucho mejor que permite la actualización continua de esta Carta Magna.
A la Convención asistieron cinco tipos de delegados. En primer lugar, los «héroes nacionales» George Washington, de Virginia, y Benjamin Franklin, de Pensilvania, aportaron prestigio, lo que garantizaba que los americanos escucharían con imparcialidad las propuestas de la Convención. Franklin ya pasaba de los ochenta años, era muy amigo del whisky, y el alcohol le hacía parlanchín. Pero Washington, presidente de la Convención, la quiso envolver en un aparato de silencio y misterio. Todas las sesiones tenían lugar a puerta cerrada, y los miembros de la Asamblea habían jurado por su honor que no revelarían lo más mínimo de los debates, y desconfiando Washington de la lengua del viejo Franklin, había encomendado a dos delegados que le acompañaran todas las noches a casa, los cuales de paso empujaban su silla de ruedas, que ya en aquella época precisaba para desplazarse.
En segundo lugar, «los teóricos del gobierno», como James Madison de Virginia, James Wilson de Pensilvania y Alexander Hamilton de Nueva York, aportaron ideas que la Convención utilizaría para elaborar sus propuestas. En tercer lugar, los «estadistas veteranos», como John Dickinson, de Delaware, y Roger Sherman, de Connecticut, aportaron su experiencia (uno de los dos toques de realidad de la Convención). En cuarto lugar, los «defensores de los intereses locales», como William Paterson, de Nueva Jersey, y Luther Martin, de Maryland, expresaron las preocupaciones de los estados (el otro toque de realidad que necesitaba el idealismo revolucionario). Finalmente, la mayoría de los delegados —hombres discretos como John Blair, de Virginia, y Jakob Broome, de Delaware— se convirtieron en la base para alcanzar el consenso y el compromiso.
Entre el 25 y el 28 de mayo, los delegados eligieron a su presidente, George Washington, y a su secretario, William Jackson, de Georgia, y aprobaron el reglamento. Desde el 29 de mayo, cuando Edmund Randolph, de Virginia, presentó las resoluciones conocidas como el «Plan de Virginia», hasta el 14 de junio, los delegados de los estados grandes se impusieron en casi todas las cuestiones. El Plan de Virginia esbozaba un gobierno nacional con poderes legislativo, ejecutivo y judicial supremos, separados, tal como lo requería el pensamiento de Montesquieu: la América revolucionaria estuvo más influenciada por Montesquieu que por Locke, que sí había tenido éste mucha importancia en la época colonial, siendo el filósofo de moda. El 15 de junio, los delegados de los estados pequeños contraatacaron, respaldando el Plan de Nueva Jersey de William Peterson, que no era más que una reformulación de los Artículos de la Confederación que otorgaba más poder al Congreso. El 19 de junio, la Convención reafirmó el Plan de Virginia, pero los delegados de los estados grandes y los de los estados pequeños se enfrentaron durante semanas por la representación en el Congreso. Los delegados de los estados pequeños luchaban por la igualdad de los estados en el Congreso; los delegados de los estados grandes exigían una representación basada en la población. Este conflicto se prolongó hasta el 16 de julio, cuando la Convención adoptó el Gran Compromiso o Compromiso de Connecticut. Este Compromiso combinaba el Plan de Virginia (criterio de población) y el Plan de Nueva Jersey (criterio de igualdad), creándose así un Congreso bicameral: una Cámara de Representantes por población y un Senado con igualdad por estado. Si una nación se constituye por ciudadanos y territorios se impone que en sus máximas instituciones de poder estén representados tanto los ciudadanos como los territorios.
Del 19 al 26 de julio, los delegados examinaron minuciosamente el plan, retocándolo y ajustándolo, y luego suspendieron la sesión durante una semana. Durante el receso, Randolph preparó el primer borrador de la Constitución, basándose en los consejos de Wilson. Los delegados se reunieron de nuevo el 6 de agosto. Durante las siguientes cinco semanas, abordaron los problemas que habían pospuesto, como la elaboración de un método para elegir al presidente y al vicepresidente. También adoptaron compromisos para apaciguar a los estados esclavistas. Del 10 al 12 de septiembre, el Comité de Estilo y Estructura redactó el borrador final de la Constitución (asignando esta tarea a Gouverneur Morris, de Pensilvania, el gran amigo de Alexander Hamilton, a quien éste escribió una carta en la que por vez primera aparece la expresión “representative Democracy”, diferenciando la Democracia Americana de la Democracia Clásica). Entre el 12 y el 17 de septiembre, los delegados llevaron a cabo la última fase de revisión. El 17 de septiembre de 1787, 37 de los 40 delegados presentes votaron a favor de aprobar y firmar la Constitución, y de remitirla al Congreso de la Confederación. Aquellos americanos habían llevado a cabo la mayor hazaña política desde la Democracia Ateniense.

