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domingo, 11 de abril de 2021

Ménage à trois

 

Abc, 9 de Enero de 2002

 

Ignacio Ruiz Quintano

 

La promesa evangélica de que la verdad nos haría libres fue un artículo esencial del liberalismo político, y ahora que todos dan por hecho el triunfo del liberalismo político resulta que no aparece la verdad. La verdad: no es que a uno, a estas alturas, le importe mucho la verdad, pero los sabios han descubierto una cosa que no sabía Pilatos, y es que la búsqueda de la verdad está fatalmente impresa en nuestros cerebros, con lo cual, o encontramos la verdad— “la verdad, siempre la verdad, sufra quien sufra y caiga el que caiga”—, o habremos perdido la cabeza.

Sobre el paradero actual de la verdad, las pistas más fiables con que contamos provienen del antropólogo Ernest Gellner, uno de los grandes sabuesos salidos de la inteligencia seca y el “humour” ambiental de Cambridge. La persecución de la verdad siempre se ha regido por la leyes de la caza, y hoy, según Gellner, son tres los cazadores: el relativista, el fundamentalista y el puritano ilustrado. Si malo parece que ninguno de los tres sea capaz de establecer una superioridad realmente convincente sobre los otros dos, peor es que ninguno de los tres pueda librarse de las burlas de por lo menos uno de los otros dos miembros del grupo.

Siguiendo al pie de la letra la exposición de Gellner, el relativista frecuenta los ambientes académicos y es, más que influyente, ruidoso. Por el mero hecho de rechazar una verdad única pretende estar en posesión, no sólo de la verdad, sino de la virtud. Se considera el heredero de una especie de revelación inversa: la que proclamó la igual validez de todas las verdades. Y completa su imagen  presentando su posición como una señal de excelencia moral. Lo cierto, sin embargo, es que peca de afectación, de insinceridad, de oculta condescendencia y de múltiples contradicciones, entre las cuales la menor es aquella que consiste en combinar la práctica del relativismo formal con la adhesión a una tradición histórica profundamente absolutista. Ante la verdad, pues, el relativista obra como esos galgos locos que al saltar la liebre se paran a mear.

Al fundamentalista no se lo estima apropiado para una sociedad cortés, pero es importante por su fuerza. En parte, representa una reacción contra el fácil ecumenismo relativista que asegura la tolerancia vaciando de contenido la fe. El fundamentalista sostiene que la fe significa lo que afirma, y acusa al relativismo occidental de falta de seriedad y de consecuencia, dado que un sistema de creencias tan ambiguo no puede procurar a nadie verdadera convicción moral.

De tener que  simpatizar con alguno, Gellner lo haría con el puritano ilustrado, que no cae en la tentación de abrazar la fácil posición relativista y que, en cambio, comparte con el fundamentalista el supuesto de que la verdad es única, sólo que no cree poseerla. Pero el puritano ilustrado se aleja tanto de lo concreto que no puede ni atraer a las masas ni ayudar a alguien que se encuentre en una auténtica crisis. El fundamentalista, encerrado en una fe más reconfortante, lo menosprecia, mientras que el relativista se conforma con considerarlo indigno de su atención.

Y en esto consiste el “ménage àtrois” —la expresión es de Gellner—que los cazadores de la verdad se traen entre manos en el invernadero del bosque sagrado. El relativista y el fundamentalista comparten un mundo habitable que no es ese mundo árido y vacuo del puritanismo ilustrado. El fundamentalista y el puritano ilustrado comparten el respeto por la unicidad de la verdad. El puritano ilustrado y el relativista comparten cierta inclinación por la tolerancia. La conclusión de Gellner es que Orwell se equivocó al atribuir el “doble pensar” al totalitarismo, dado que esa modalidad de pensamiento se ha convertido en la esencia de nuestra sociedad liberal, un cóctel a base de relativismo, que asegura la tolerancia y hace innecesarias las disputas, más unas gotas de fundamentalismo para no perder toda sugestión moral y un golpe de ilustración para impedir la rigidez del dogmatismo. Agitado al gusto de cada uno, el cóctel ha sido un éxito en política. Otras cosas son la ética y el saber serio, pero esas cosas ¿a quién interesan?

 


Ernest Gellner

La persecución de la verdad siempre se ha regido por la leyes de la caza, y hoy, según Gellner, son tres los cazadores: el relativista, el fundamentalista y el puritano ilustrado. Si malo parece que ninguno de los tres sea capaz de establecer una superioridad realmente convincente sobre los otros dos, peor es que ninguno de los tres pueda librarse de las burlas de por lo menos uno de los otros dos miembros del grupo