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martes, 20 de abril de 2021

La Copa de Europa

 


 Si tiene que morir el fútbol para que se salve el Madrid, que muera. Aunque el Madrid también se muera un poco en ella, la Copa de Europa, la Chámpion

 

Hughes

Abc


No estamos pensando en la Supercopa. La pobre Supercopa Europea. Si nace la Superliga, ¿qué será de ella? Si va bien el torneo, alguna televisión o a lo mejor Netflix ofrecerá dinero para que el primero de la Superliga y el primero de la Champions de pobres de la Uefa jueguen un partido que resuelva la cuestión. Y ese partido, ¿cómo se llamará? Será la Hipercopa, la Megacopa, la recontracopa. EL Copón HBO. En estas nuevas competiciones se va viendo la ley de concentración y acumulación del capitalismo.

La creación de la Superliga se está atacando como cosa de ricos contra pobres. Hay incluso quien ha reparado en que el fútbol es un negocio. Para otros, es el final de la Copa de Europa, de lo que luego nos costó llamar Champions League (la ‘Chámpion’ castiza). Era lo más solemne que conocíamos. Esa musiquilla era el Bach de los pobres. Vertebraba nuestras vidas como el auténtico ciclo de las estaciones, que nos sonaban a Vivaldi y eso, pero ¿quién hacía caso del otoño en ‘nuestrosbarrios’? El ciclo era la temporada de fútbol y si acaso el destape de las mujeres. Tres estaciones: frío y normalidad, Copauropa, destape femenino veraniego. El año llegaba a su apogeo pasada Semana Santa, en mayo, y la semana tenía su cumbre el miércoles, cuando el fútbol nos regalaba una noche de las más altas emociones. Mejor que un sábado. Mejor que nada. Un Madrid-PSV, un Madrid-Manchester. O incluso el bajo placer de ver perder al Otro. ¿Dónde encontrar esos nervios? ¿Esa pasión? ¿Esa mezcla de odio, amor, miedo, incertidumbre, deleite? La ‘Chámpion’ era nuestra forma de viajar, nuestra geografía, nuestra mística hecha de éxtasis reales bañados en cerveza, luego quizás en apuestas, y siempre en supersticiones cabalísticas.
 

La Copa de Europa ahora suena a canción de Los Planetas. Es decir, de grupo viejuno y acabado. Suena a cosa ya de los Noventa, algo agotado, o que quieren reformar como el bar de la esquina para reflotarlo hecho pastelería o gastroteca. La Copa de Europa fue una de las momentos de la década, la Séptima, nada menos. Nuestro éxtasis, nuestra levitación, las viejas copas y la nueva copa bailando sobre nosotros, enlazándose en los cielos mientras nos preguntábamos qué querría significar todo eso. Antes, la Copa de Europa era una ansiedad europea y traumatizada. El Milan, el Bayern, esas palizas de los alemanes. O las esperanzas milagreras de Remontada. Las noches europeas, esas dos horas frente a la tele, eran nuestro erasmus antes del erasmus. Nuestro contacto con Ellos, lo ultrapirenaico. Así las llamábamos: las noches europeas. Cualquier cosa.
 

Ahora vemos que esto ya tampoco gusta. O que lo que gusta es el reconcentrado de eso, batirla un poco más y sacar una nueva copa a la copa anterior. Luego se cerrará el círculo y será todo un eterno Bayern-Real Madrid o un eterno Madrid-Barça, que Florentino dijo ayer que habría que inventar si no existiera. Es curioso que lo que más atrae de nosotros sea ese ‘moros y cristianos’, guerrita civil incruenta donde ‘castilian winners’ enfrentan la geometría pacifista y woke del ‘mediterranean cruyffism’. Pero para el aficionado madridista, aunque siga en la Superliga, aunque entre en el arca de Noé del nuevo fútbol, se pierde algo definitivo.
 

La Copa de Europa era un sueño, una obsesión. Esto suena a lugar común del fútbol, pero es que es así. Es la gran verdad del locutor, del Celemín (RNE, homenaje eterno): “EL Madrid afronta el sueño de la Séptima”. En el reflejo metálico de la Copa nos veíamos engrandecidos: “El mundo se paraliza para…”. “Esta nuestra competición…”. La Copa era lo último sagrado, algo muy serio. Medíamos no sólo el año o la semana según la Copa de Europa, medíamos la valía de las cosas, de esta época. El mérito, el alcance generacional. Era nuestro PIB circense, nuestro embeleco y nuestro siglo, nuestra forma de medir la historia y hasta una forma de Transición: hasta que el Madrid no igualara las gestas pasadas no podríamos decir que estábamos conformes. ¿Suena bárbaro, verdad? Pues era así. Incluso peor.
 

Por eso, algo tenía que encerrar el hecho de que el Madrid ganara cuatro de cinco en los últimos años. Era el fin del fútbol, ¡lo escribimos! Se acaba el fútbol, y sí, se había acabado, se estaba acabando. Como se dice ahora: ‘lirelalí’, literalmente. Por eso la flor hexagonal zidanesca del Madrid las ganó, porque por supuesto tenían que tener un sentido, como las apariciones de los cuerpos celestes. El Madrid las ganó, con un equipo intermitente, sin escuela y sin sistema filosófico, y entre el Madrid de Di Stéfano y el Madrid actual ya no había nada, nada mejor. Ni Cruyff ni el Bayern ni el Milan de Berlusconi. Esos estaban ya por detrás. La rueda de la historia se había cerrado, ¡vengan Heráclitos, que “con el pito nos los follamos”! Ya puede cambiar todo, pues. Porque lo que venga no será ya la Copa de Europa, salvo un pacto muy fino con la Uefa. Algo se ha perdido. Para empezar, la magia, al saber que desde siempre la Copa de Europa fue un poco la preLiga de Campeones. Pero ¿y el nombre? ¿y la copa? ¿Y la sensación, ese frufrú, ese verlo venir ya por las rondas de abril?
 

El final o la transformación de la Copa de Europa es el fin de la juventud (¡Ya era hora, majo! gritará mi madre). Ahora ya sí que sí. El mundo es hostil, frío, tenebroso. Estamos en manos de fuerzas económicas, tecnológicas y políticas titánicas. Ni siquiera la Champions es respetada. Era para nosotros lo sublime, la Champions era lo Sublime y… Somos el Getafe de la Vida. Somos trocitos de madera en la marea. ¿Dónde nos llevan? La Copa de Europa era, si no sagrada, lo más sagrado en este mundo profanado y secular. Esas asas, las ‘orejas’, ese cuerpo redondo de panza de embarazada, diosa grávida, esa forma de trofeo como de Homero. Recuerdo, no sé por qué, a Deschamps cogiéndola, con los dos brazos, elevada al cielo, casi tan alta como él… Era nuestro Halcón Maltés, el material del que estaban hechos nuestros sueños de pobres ignorantes en los noventa del postfranquismo, entre crisis y crisis, soñando Escoriales de grandeza con camisetas blancas relucientes, poniéndole velas a Karembeus. A los fichajes se les miraba el fondo del ojo, pues allí venía lo que harían en noches de Champions.
 

El Madrid es soberano, la UEFA no, y Florentino calca a Bernabéu destrozando a la vez a Bernabéu. Su homenaje es a la vez fidelidad y destrucción, imitación y sustitución. Amar al Padre, matar al Padre. Los más afectados por la noticia, por tanto, deberían ser los madridistas, que lo han medido todo en Copas de Europa. No con cucharillas de café, que sería lo fino, con llaveros de esos de souvenir con forma de Copa de Europa y hojitas de laurel. Por mucho que luego se sumen unas a otras, que se homologuen las Superligas y se diga que son lo mismo, no serán lo mismo, porque no era solo un trofeo.

Cuando el Madrid ganó una de sus últimas Copas de Europa, el club sacó un vídeo alucinante. Al acabar las celebraciones, Florentino llegaba a la sala de trofeos. Agarraba la Copa (como la canasta donde duerme el bebé que salvará el mundo, como el ramo de flores que se lleva a la Virgen, como el volante del vehículo místico que nos asciende…), cogía la Copa y la llevaba a un sitio exacto en el que esperaba una peana vacía. Entre sus hermanas, un chorro de Copas a izquierda y derecha, en una simetría maniática. Con parsimonia, unción y toda la ceremonia de gran sacerdotiso (¡Papa nuestro! ¡Más Papa que Francisco!), posaba la Copa en su lugar y, mágicamente, se encendía la peana, parpadeaba, salían confetis y una música grandiosa pero remansada sonaba. ¿Qué era eso? Era el Palmarés. El Palmarés manifestándose como un ser vivo, como un ente, como una cosa con opiniones y vida propia. Era como un gran monstruo o un Dios que agradeciese la ofrenda. El Palmarés se comunicaba, como Dios con Moisés, con Florentino, único Ser capaz, Ser Superior, y algo le decía que sólo él pudo entender, como un delfín divino. La música se callaba, y una paz nueva se hacía. Una serenidad. La Copa de Europa estaba en casa. El orden cósmico restituido. La acción de posarla era, pensé, como lo de Excalibur pero al revés: no sacar algo mágico, sino meterlo. Meter algo muy luchado en un arca, devolverlo a su lugar. La música tenía ecos wagnerianos y pensé en Parsifal, en Florentino como Parsifal, y en el Madrid como el protagonista ungido, señalado, nada casual, de un ciclo artúrico (algo desde luego muy por encima de la UEFA). Era como si el Madrid se metiese en una saga germánica para quitarle a los alemanes el Santo Grial. Por eso la gran inquina europea es la del Bayern. Al hacerlo, además, el Madrid cerraba un peregrinaje por las rutas acristianadas del continente. Florentino le daba a todo una solemnidad que el no madridista, el no creyente, encontraría hilarante pero que, en realidad, era comprensible para el merengue. No solo comprensible: adecuada, justa, oportuna. Menos sería herejía. Más sería revelar nuestra auténtica naturaleza imperial (circunscrita a los estrictos límites del 4-2-3-1).


No sé ya por dónde voy. Si pienso en Copas de Europa pienso en mi vida. Pienso en tantas noches que corro el riesgo de ponerme sentimental como un periodista progresista. No. No lo haré. Los ojos férvidos (y realmente bonitos) de un niño que sueña con Copas de Europa merecen discreción. No queremos que le vean llorar, como aquella vez en que un gol abrió la puerta del tiempo y la infinita alegría bañó su corazón. ¿Con qué hermanos del pasado se sentía en paz? ¿A qué multitudes quería abrazar?

Si tiene que morir el fútbol para que se salve el Madrid, que muera. Aunque el Madrid también se muera un poco en ella, la Copa de Europa, la Chámpion.