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domingo, 18 de abril de 2021

Fiestas de difuntos


 

Final de Copa 1984

 

Francisco Javier Gómez Izquierdo

 
          Cuando empezó la moda de quitar alcohol a las bebidas, principios de los 80, un servidor fue testigo en Benicásim de cómo un cursi al cubo pretendía un güisqui sin alcohol ante un camarero que no sabía si llamar a un loquero o echarle de la terraza por creer que el mentecato lo estaba insultando. Aquellos primeros apóstoles abolicionistas hicieron escuela y hoy te encuentras auténticos obispos que no sólo te intentan convencer de las múltiples bondades de su cerveza sin alcohol sino que te ofrecen una lista de los mejores vinos, "vermuses" y ginebras con los que te puedes "jartar" y "encima no te emborrachas". Admito la renuncia del conductor a la cerveza graduada por miedo a la autoridad, pero permitan que tenga por especie rara al que pide o toma en casa un gintonic sin la sabia graduación con la que fue creada tan divina combinación.
       

A los partidos de esta semana de Champions y a la final de Copa del Rey de ayer les ha faltado el elemento espiritual que ha hecho del fútbol el espectáculo más emocionante del mundo. Les falta el público, que es a una eliminatoria o a una final lo que el alcohol al güisqui. Una final o una eliminatoria no son 90, 120 minutos o 180 minutos. Los grandes partidos tienen su liturgia que va desde las charlas y discusiones "científicas" sobre alineación, táctica, árbitro... hasta el acompañamiento, ambiente (Sevilla a un paso para poder participar del "fiestón" en plena Feria de abril aunque hubiera tenido que ver las finales por televisión) y la apoteosis postpartido se gane o se pierda, ya que llegar a una final o a cuartos de Champions es motivo para que a uno se le hinche el pecho, menos ¡claro está! para el Madrid o el Barça, a los que se exige llegar a las finales y ganarlas.
     

El Madrid pasó sin mayores sobresaltos a semifinales de Champions y el Barça ganó la Copa del Rey al Athletic tras dos encuentros en los que en vez de tocando "a gloria" las campanas nos convocaron con un "toque de difuntos" y en la propia capilla para que viéramos en el televisor lo buen portero que es Courtois y el extraordinario futbolista que sigue siendo Messi como si nos enseñaran las cataratas del Iguazú o la caza de la leona en el Serengueti privándonos de toda esencia, sobre todo en una final, que es vivirla, alimentarte, felicitarte a tí mismo en el sitio o al menos ver a tus otros "Tús", disfrutar intensamente las horas que dure "la liturgia".  Han sido dos misas en día de fiesta mayor a las que no han podido ir ni los que viven en el pueblo por lo que han resultado ambas muy deslucidas y nos han privado de los necesarios brindis a medianoche  de ayer en Sevilla, por ej. mientras comentamos la temerosa táctica de Marcelino, la escasez de gasolina rojiblanca, la soledad de Williams, ¡qué pena el Athletic sin Copa desde la batalla contra el Barça de Maradona, Clos y Migueli!..; el acertado emperramiento de Koeman con los tres centrales, la pesadez de la posesión culé, lo bien que es capaz de hacerlo todo el cruyffista De Jong, si Dembelé o Griezmann, el despotismo de Piqué...
      

En estas lucubraciones mientras daba cuenta de un yogur de piña andaba un servidor como un preso en tercer grado con pulsera en el instante que Messi recibía del Rey la Copa del 21.

 ¡¡Un yogur y a la cama!!