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miércoles, 15 de octubre de 2014

El paseo



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Una sociedad farisea, insolidaria, ignorante y miedosa.

Éste es el fogonazo de magnesio (la claridad que tanta falta hace) de Lucas Domínguez, jefe de la operación “Excalibur”, el perro del ébola, cuyo cadáver fue rechazado por el rector magnífico de ese parque temático de la izquierda fúnebre que es la Complutense, Pepe Carrillo, apellido asociado a nuestra tradición filantrópica.
Cuenta Azorín que, vagando una noche por Toledo, se sentó en una plazuela solitaria. Había luna, y un mozo cargado con un ataúd blanco, “chiquito”, llamó a un portal:

¿Es aquí donde han encargado una cajita para un niño?
No era allí. En la cajería (funeraria, en Castilla) habían tomado mal las señas. Y la escena, dice, no acabó en el segundo tras-tras a una puerta.

Azorinianamente (detalle por detalle) contado por Laura L. Caro (Toledo, por cierto, es su cuna), así fue el último paseo de “Excalibur”, cuya muerte iba a ser una pedrada a la memoria, aunque al final las únicas pedradas fueron para la furgoneta en que vagaban por Madrid (catorce horas sin comer ni beber, entre insultos y agresiones, sin saber a dónde dirigirse) los veterinarios con el cuerpo inerte de “Excalibur”.

El miedo a la muerte no es de caballeros, y ante el cadáver de “Excalibur” Carrillo y todos los mandos de la Comunidad corrieron a agarrarse al perro sin rabo de San Roque: “Bienaventurado San Roque, líbranos de esta peste.”

¡Todos somos “Excalibur!” –insiste Rosa Montero, ahora que “Excalibur” es ceniza (y no tiene sentido).

Dice Domínguez que en el centro veterinario de la Complutense a uno le han sacado la taquilla con la ropa a la calle y que a otro le han dicho que, si entra en un despacho, se van todos.
Total, que una cosa es el “agit prop”, y otra, la peste. Carrillo no tiene talento ni valor para sacarle sustancia al espectro de la peste encerrándose en el bar de Políticas, que es nuestra Florencia, a escribir un Decamerón con los cuentos de Monedero.