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jueves, 23 de octubre de 2014

Bandoleros (de ayer y de hoy)

 José Sala Serrallonga,
 el primer bandolero

Juan Mingolla GallardoPasos Largos,
 el último bandolero, preso en Figueras


Francisco Javier Gómez Izquierdo

El primer bandolero que Florentino Hernández  Girbal, bejarano e historiador del oficio, señala como iniciador de la serie que hiciera furor entre románticos, nació en Viladrau, villa próxima al Montseny en abril de 1594. Fue bautizado como José Sala. Creció analfabeto y embrutecido hasta que a los 24 años casó con moza de 17 de la que tomó el apellido Serrallonga por el que se instalaría a perpetuidad en el santuario de personajes ilustres de Cataluña. Imagino que conocerán ustedes el buen corazón del bandido por los muchos poetas que lo cantaron y los entusiasmados intelectuales que lo adoptaron.

        El segundo también era catalán y cuenta la leyenda que apareció abandonado a la puerta de un molino junto al río Francolí a una hora de la ciudad de Valls. Conocido como Claudio el Molinero dice la voz popular que se echó al monte tras ciertas injusticias de una familia que no podía ser la suya, pues el muchacho era de muy nobles sentimientos, lo que no impidió que las autoridades catalanas crearan los mozos de Escuadra para agilizar su captura.

        A mediados del siglo XVIII llega el primer andaluz. Diego Corrientes, de Utrera. Bandolero de los majos, por atrevido y burlón, crea escuela en el país por robar a los ricos para limosnear con los pobres. Luego ya saben: El Barbudo, El Tempranillo, Pernales.... todos queridos por el pueblo y casi tenidos por libertadores a los que envidiar el arrojo y su justicia matarilera. Se hizo preciso patrullar los montes y nació la Guardia Civil.

       A Pasos Largos, el último bandolero catalogado por el olvidado Hernández Girbal, lo mató la Guardia Civil en la Sierra de Ronda en 1934 porque el fugitivo quiso. “

O se rinde o lo matamos”.

 “Pos  mátenme”.

       El catálogo de bandoleros comparte delaciones, amoríos, brutalidad, psicopatías y sobre todo chulería. Todos roban para vivir sin trabajar, en un culto a la vagancia que los hace admirables, pero sobre todo roban para presumir. Para sentirse admirados cuando costean las medicinas de una prima del pastor que les da leche o cuando una noche pagan al ventero el vino de Montilla que beba toda la clientela.

       Las impresionantes hazañas que salen en la prensa de estos días de los políticos del país, más los grandilocuentes y justicieros discursos de los que están por venir, me han vuelto a llevar a las páginas del olvidado don Hernández Gribal y a lo que ya en 1837 decía Jorge Borrow, don Jorgito el inglés, de los bandidos de España; “...no hay en el mundo gente más vanidosa que los ladrones, ni más amiga de figurar ni que más llame la atención por su apariencia fastuosa...”.  Aquellos temían a la Justicia. Estos, la regatean.