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lunes, 27 de octubre de 2014

De judíos y bandoleros en Lucena

Reclamo turístico

Cementerio judío adecentado por las comunidades hebreas
 Cada tumba contiene varios huesos. Todas las piedrecitas son traídas de Israel


Francisco Javier Gómez Izquierdo

San Rafael es el custodio de Córdoba y los cordobeses, para señalarse, lo celebran el 24 de octubre y no el 29 de septiembre como manda la Iglesia. Las razones por las que cedió el Papa de Roma ante el pueblo y el clero de la ciudad se me escapan por farragosas, pero el caso es que este año San Rafael ha caído en viernes y nos ha regalado un puente muy gracioso. Aprovechando la ocasión, mi doña me convenció para que visitáramos distintos rincones de la ciudad de Lucena y un cementerio judío al que vinieron a ordenar varios rabinos prestigiosos, por ser ella inclinada a la nación hebrea.
     
Lucena fue la primera villa enteramente judía  (“...no hay gentiles entre vosotros”), incluso antes de la llegada de los abderramanes,  y dice la historia de la ciudad que el esplendor de Toledo debe agradecerse al éxodo de los lucentinos buscando seguridad hacia el Norte. Lucena, la perla de Sefarad, es la población mas próspera de Andalucía y a pesar de la crisis tiene atmósfera seria y laboriosa, formal y diligente, señorial y discreta... Da gusto acercarse a Lucena y escuchar a la guía Araceli extenderse con entusiasmo en las explicaciones del rastro hebreo a un grupo de seis personas que pagamos seis euros por dos horas que llegaron a tres.

       Al mediodía, ya en la mesa, me interesé en las hazañas del Tempranillo, por ser el más famoso de los bandoleros, natural de aquella tierra, en la pedanía de Jauja, a cuatro kilómetros de Lucena, y entre las muchas leyendas conocí un curioso papel firmado por el Capitán General de de las Fuerzas del Gobierno en Sevilla, don Vicente Quesada, y documentado en Fernán Núñez, pueblo en el camino entre Córdoba y Lucena, en el que se reprocha a los jueces y alcaldes de la Campiña  su poca disposición para dar caza o muerte a José María Hinojosa, el Tempranillo, y su pasividad ante el canon exigido por el bandolero a los viajeros, arrieros, empresas de  carreteros y diligencias, que los coaccionados abonaban a los agentes que José María tenía distribuidos en todos los pueblos de Andalucía.  El General Quesada llegó hasta la desesperación cuando supo que  Don Atanasio de Mergal, a cargo de la Dirección de los Correos, aflojaba en persona al recaudador una onza de oro por cada vehículo con correspondencia de Sevilla a la Corte y viceversa.