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domingo, 20 de julio de 2014

Mi peregrinación a La Kedá, el tablao de Amador Mohedano



Hughes

Su mundo sigue siendo su hermana. La Kedá está en la misma calle de la casa familiar, reconocible porque tiene la pared llena de firmas de fans (hay firmas hasta en el stop). Y su piso está justo al lado del monumento a la cantante. Junto al mar, marinero. Allí fui, mitad fan, mitad paparazi. Antes de nada yo quería echar una foto al balcón fetiche. Justo cuando iba a hacerla, de otro balcón asomó la cabeza de un vecino. Un señor con los pelos de Rosendo que me miró fijamente. Con el móvil ya apuntando tuve que disimular y empecé a sacarle la tarjeta SIM. Pero él seguía mirándome como el de Gowex. Nunca habían hablado de ese vecino heavy.

Su calle sí ha salido mil veces en la tele. El portal, el lugar donde tira la bolsita de basura con su nudo hecho, el parque y el bar de la esquina. La recorrí como si fuera el decorado de «Cantando bajo la lluvia», me senté en el bar y pedí una cruzcampo. El bar se llama El Petisú («especialista en minipastelillos»). Un grupo de señoras charlaba tan ricamente en su terraza hasta que apareció un hombre con un enorme calabacín del tamaño de la Copa del Mundo. Lo agarró como Schweinsteiger y se lo puso entre las piernas. Las señoras se reían que parecía que las descuartizaban. Yo estaba a punto de juntar las manos y reírme con ellas cuando al caer el sol, cuando moría la tarde, observé que un sombrero se acercaba con mucho sigilo a un coche en doble fila. ¡Era Amador! Dentro le esperaba una mujer morena. Tras mirar a los lados, como si acechara el pelocho de Sálvame, Amador se metió dentro y tomó el volante. El coche podía haber esperado en la puerta de casa, pero lo prepararon para hacerlo una manzana más lejos, seguro que alertados por el vecino heavy. Cuando pasó a mi altura noté el reojo de su mirada.

¡Seguro que va a La Kedá! Así que fui directo. En la puerta del local hay una parada de coches de caballo. Uno puede llegar allí muy señorito. Otra cosa es cómo sale. A la entrada, un fotocol igual que el de La Posada. Después una estancia dedicada a Rocío Jurado. Fotos, un vestido y un busto en madera oscura con manto y claveles que parece la Virgen de Regla. Allí entra la gente a hacerse selfies. No está mal, pero el gran bar homenaje a Rocío en Chipiona no es ése, sino El Tani, que tiene centenares de retratos e incluso un enorme cuadro de La Ola. Así, como suena. La ola de «Como una ola». En cada bar hay un retrato de Rocío Jurado. Es otra virgen popular. La Kedá se completa con un modesto tablao y un patio al fondo. El público empezó a llegar sobre las diez. «Este bar lleva abierto tres años, ahora es cuando viene Amador. Aparece a la una, se hace unas fotos y se va». Así que me quedé a ver la actuación. Sevillanas y rumba. Alegría. «Estáis que parecéis un bingo». El rumbero, solo con su guitarra, se quejaba. Es verdad que al principio la cosa estaba un poco fría. Incluso había una señora con carrito. Pero se fue animando cuando una octogenaria bailó un chuminero. Cada vez que pegaba un caderazo dábamos un respingo. Lo mejor fue cuando apareció Sonia, un transexual que parecía Jamie Lee Curtis. Yo no podía evitar fijarme en el cuerpazo que tenía el transexual, por muy transexual que fuese. «No, pero es que es alemán». Sonia empezó a cantar y La Kedá se vino arriba: «Si amanece y ves que estoy desnuda, cúbreme, cúbreme, cúbreme». Allí no se parpadeaba. Ella movía las manos igual que Rocío. Además de la voz, la Jurado fue el primer travesti de España. Ya sólo un hombre puede ser tan mujer. Sonia lo dio todo y acabó cantando el Señora como Paco Ibáñez. Luego se arrancó a bailar por sevillanas y se la disputaron un señor calvo y otro con los bigotes de Pedro Subijana y el aspecto de los miarma de Antonio Burgos. Y cuando el estrellato era suyo, un revuelo. ¡Amador! ¡Es Amador! Y Amador, que no se quita el sombrero así lo maten, apareció con séquito detrás. Yenifers de minishort, mariquitas de blog y señoras de las que llevan empanadillas a Jorge Javier. Vestía una camiseta negra de Donna Karan y estaba chupao, como si desde Supervivientes solo se alimentara de melón. «A mí me tienen despellejao porque me gusta la noche», cantaba el rumbero. A esas horas La Kedá ya era más Bambino que Jurado.

Cuando el público dejó de pedirle fotos, movido por un instinto periodístico que me estaba torturando («piensa en Kapuscinski... »), me acerqué. Estaba sentado en el patio. Me presenté ¿Una fotito? Ea. Se la enseñé y me dijo: «Pero Paco, qué guapo sales». Amador es verdaderamente simpático. Deseé intensamente ser su amigo y tuve celos de Yong Li. Cuando le dije que era periodista cambió el gesto. Ni que fuera a preguntarle por La Nave. Le pedí el teléfono y respondió: «Dame el tuyo». Lo apuntó en una servilleta artísticamente. Casi me dibuja una paloma. «En cuanto pueda te hago una perdida». Desde entonces me han llamado varias veces de Movistar y lo cojo diciendo: «¡Amador!». A la mañana siguiente dejé Chipiona. La resaca me pone sentimental y quise despedirme haciendo la rotonda de Rocío, cuya estatua dirige al mar el mismo gesto que ella hacía al público. Di varias vueltas, no quería irme. Una última mirada al balcón, venga. Tomé la calle y en el parque lo volví a ver. Con su kit de la felicidad mínima (perro, gorrita, bermudas y la bolsita verde del fiambre), viudo de hermana, lejos de Rosa y de todo, iniciaba otra vez su rutina chipionera.