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jueves, 6 de junio de 2019

Tierras de Sangre (6 de Junio de 1944)

El escenario

Jean Juan Palette-Cazajus

«Nada me encanta más que la batalla de Normandía. Mi creencia en los americanos liberadores permanecerá siempre intacta. Aunque yo sepa que, lentamente, se viene imponiendo a mis contemporáneos la mayor importancia de Stalingrado en la basculación del conflicto. Aunque, acá y allá, veo que la operación Overlord reaparece bajo la designación ambigua pero exacta de proyecto anfibio de invasión de Europa». Esta cita, con  su sorna distanciada, es de Aurélien Bellanger, un joven novelista galo de afilada mirada que suele despertar en mí cierta química. La traigo aquí porque de alguna manera viene a resumir de antemano lo que pensaba contar con motivo de este setenta y cinco aniversario del desembarco de Normandía. También porque sugiere la fatídica alternativa que acecha a quienes se lanzan en el intento: empantanarse en tópicos polvorientos o torear de adorno a base de epatantes paradojas.

Anoche reponían en televisión «El día más largo» (1962). Por supuesto, no la vi. Mantengo de siempre lo que cabría llamar una cierta distancia profiláctica con las historias del cine en general. Distancia que se transforma en aversión tratándose del llamado cine de historia. Pero no hay más remedio que admitir que aquella película cambió el estatuto recordatorio del episodio. El desembarco pasó de ser recuerdo histórico a convertirse en memoria mítica. La memoria mítica transforma el pasado histórico en materialidad imaginaria siempre actualizada. La representación cinematográfica de esta materialidad imaginaria difícilmente puede coincidir con la realidad del acontecer histórico. Poco importa. Se convertirá en el alimento de la memoria mítica y permanecerá así presente e inalterable en nuestros cerebros. «El día más largo», pero también las pelis anteriores y sobre todo las posteriores, innumerables, fabricaron nuestro imaginario sobre la Batalla de Normandía, también sobre las que siguieron, la de Arnhem, la de las Ardenas, la de Anzio, etc. Hasta el punto de que, hasta hace cuatro días, el contenido de nuestras memorias se lo debía todo al sedimento de aquellas ficciones.

Caen 1944

La Segunda Guerra Mundial en su frente occidental y en el del Pacífico, sobre todo durante el tramo final, los años 1944/45, constituyó el primer teatro bélico definitivamente sometido a la mirada omnipresente de las cámaras, bajo todas sus costuras, las heroicas y las sórdidas, las trágicas y las cotidianas. Por supuesto, aquellas imágenes llegaron al público americano o británico filtradas por la censura pero la independencia y el número de quienes filmaban, el concepto de la información que subyacía a su labor, permitieron acumular un ingente y valiosísimo material gráfico. No había punto de comparación con nada de lo que procedía del bando alemán y menos todavía del soviético, donde el control sobre los informadores, férreo e implacable, esterilizaba cualquier quehacer. Resultó así crucial para nuestro cambio de percepción el papel de la increíble cantidad de documentos filmados puestos al alcance del público durante los últimos años. En cualquiera de estos documentos, muchos en color o coloreados, con un sobrecogedor efecto de proximidad, nos saltó a la cara el anverso y el reverso del decorado y nos asaltó la intuición, por más que fragmentada, de acercarnos a la sustancia del acontecer. «El día más largo» y todas las posteriores ficciones cinematográficas se desinflaban infantiles, como un teatro de marionetas fosilizado, como guiñoles de celuloide. La guerra surgía de pronto cual era, atroz, absurda, aburrida, prosaica, incierta y miope. El heroísmo es siempre una etiqueta a posteriori, añadida al producto para valorizar su precio en las estanterías de la memoria.

¿Qué recordar de aquel 6 de junio de 1944 sin ponerse casposo ni estupendo?

Le Havre, invierno 1944-1945

-Tal vez que si Von Rundstedt, en días inmediatamente anteriores a Overlord y como le venía insistiendo Rommel, hubiese accedido a desplegar en el littoral las divisiones blindadas estacionadas en el norte de Francia, el éxito de la cabeza de puente habría resultado altamente hipotecado.

-El desastre inicial en Omaha Beach, con 27 tanques anfibios sobre 32, hundidos en el agua y con ellos la posibilidad de aportar su potencia de fuego y su protección a los infantes. O el horrible destino de esta primera ola que ve abatirse el portón delantero de las barcazas de desembarco para encontrarse desnudos en la arena desnuda, al pie del acantilado, bajo el fuego infernal de unas defensas alemanas intactas. Ello por culpa de la  imprecisión –consuetudinaria aquellos días– de los bombardeos aéreos.

-El hecho de que muchos de aquellos sacrificados eran reclutas sin ninguna experiencia previa del fuego. Y que en semanas anteriores un oficial americano veterano confiara a un amigo suyo que todas aquellas tropas llegadas a Inglaterra desde Estados-Unidos le parecían compuestas por soldados y oficiales absolutamente bisoños exceptuando los coroneles, gordos, grises y mustios.

-El calamitoso estado de la Luftwaffe, afortunadamente para los aliados, como resultado de las pérdidas en el Frente del Este y de la destrucción por los bombardeos angloamericanos de la mayoría de las fábricas aeronáuticas alemanas. En aquellas fechas sólo podía oponer 100 aparatos a los 5000 aliados.

-O aquellos soldados alemanes (y checos y rumanos y húngaros), estacionados en Normandía, excesivamente viejos o excesivamente jóvenes, como lo muestran las filmaciones de los incontables prisioneros, como lo pude comprobar personalmente leyendo las placas del cementerio alemán de La Cambe, cerca de Omaha Beach. Aquello daba fe del estado heteróclito y casi terminal en que se encontraba la Wehrmacht tras las sangrías en el frente ruso.

En color queda más bonito

«Tierras de sangre» es el título de un conocido libro de Timothy Snyder publicado en 2010. El historiador americano se refería a un perímetro centroeuropeo integrado por Polonia, Bielorrusia, Ucrania y Rusia y a su larga tradición de matanzas y pogromos varios culminada en el baño de sangre de la segunda Guerra Mundial. El libro suscitó polémicas que no vienen al caso pero referido al tema que nos ocupa nadie podrá discutirle la conveniencia del título. Las bajas germanosoviéticas representaron el 84 % de todas las bajas militares en Europa. Las soviéticas se calculan entre 8 800 000 y 10 700 000 muertos. Las del Reich alemán se cifran en 5 318 000 muertos. Las bajas soviéticas supusieron el 88% de las bajas aliadas. Las del Reino Unido el 3%, las francesas el 2,3% y las americanas el 2,2%. Son cifras de todos conocidas y siguen siendo inconmensurables. Porque además de explicar su desprecio habitual por las conmemoraciones occidentales, siguen siendo una de las claves del actual autismo ruso, ideológico y cultural. Y porque explican la increíble eficacia del modelo cinematográfico que ha construido nuestro mito colectivo.

Rouen, 1944

También porque son cifras que revelan la fragilidad intrínseca de los sistemas democráticos cuando les toca enfrentarse a la extrema letalidad bélica. La sociedades basadas en la autonomía individual son incapaces de enfrentar la muerte como simple variante estadística. Porque muestran a las claras que mucha suerte tuvimos de que los dos totalitarismos se enzarzaran en una guerra a muerte que al final nos permitió construir la ilusión de que habíamos salido vivos. Stefan Zweig consideraba que Europa ya se había suicidado en 1914. Él se suicidó en 1942 por no verla apuntillada. Suerte de que los totalitarismos pusieran la inmensa mayoría de los cadáveres para que nosotros pudiéramos poner los comentarios y la lírica del recuerdo. Y así no cabe descartar que toda la historia de la Europa actual sólo sea un comentario post mortem sobre sí misma.

Brest, 1944

Al final los Rangers terminaron silenciando las defensas alemanas en Omaha Beach. Al este, en Sword, en el extremo opuesto del dispositivo, los británicos desembarcaron sin excesivos problemas. El día tenía que haber finalizado con la toma de Caen. Tardaron seis semanas los ingleses en entrar en lo que para entonces sólo era ya un solar de ruinas donde habían quedado sepultados entre 2000 y 3000 civiles. Caen y Saint-Lô, a 55 km de la primera, compartieron el título de “capital de las ruinas” que les asignó la pluma del futuro Nobel franco-irlandés, Samuel Beckett.  En realidad sólo eran dos ejemplos significativos de una larguísima lista. Ya en semanas anteriores al desembarco, una serie de bombardeos masivos, llamados “estratégicos” pero caracterizados por su letal carácter errático que pronto se iba a convertir en rutinario, destrozaron los centros históricos de Nantes, de Rouen, de Orléans, de Saint-Etienne y afectaron parcialmente otras numerosas ciudades. En los días y semanas que siguieron el desembarco quedaron totalmente destruidas las ciudades de Cherburgo, Le Havre, Saint-Malo, Brest, Lorient, Saint-Nazaire. Asimismo, totalmente o en su mayor parte devastada quedó la mayoría de las pequeñas ciudades normandas, casi todas ellas pintorescas y cargadas de un pasado balzaciano. Citemos a voleo Vire, Carentan, Argentan, Flers, Mortain, Avranches, Falaise, Coutances, Sées, Evreux, etc. etc. Muchas de ellas carentes de toda presencia militar alemana en su perímetro. Tantos casos absurdos, clamorosos, que  se parecían demasiado a una forma de asesinato premeditado. Si Notre Dame de París hubiese ardido en aquellos días el incidente habría pasado casi inadvertido, tal era la escala de lo irreparable. Las especies necesitan millones de años para evolucionar, nuestro sentido del tiempo, de la muerte y de la memoria puede mutar en una o dos generaciones.

Las imágenes canónicas nos han acostumbrado a los grupitos de paisanos agitando banderas al paso de los libertadores e invitándoles a sidra y calvados. Los hubo y eran sinceros. Pero en Normandía murieron aquellos días más de 20 000 civiles y buena parte de los supervivientes vio su entorno y su marco de vida desaparecer en cuestión de horas. El agradecimiento no era el sentimiento dominante en la mayoría de las cabezas. Los años de la reconstrucción fueron difíciles. Los campesinos normandos fueron de los primeros motorizados en Francia ya que heredaron buena parte del ingente material de posible uso civil abandonado por los aliados. La contrapartida fueron todos aquellos que durante años se dejaron la vida arando o desbrozando setos al provocar la explosión de tanta munición sin explotar. Normandía es tradicionalmente turística, verde, pintoresca y adornada con una sana cocina tradicional. A estos atractivos hay que sumar desde hace años la obligada visita de los sitios conmemorativos, omnipresentes a primera vista en los letreros de tráfico. A lo largo del año es prácticamente ininterrumpido el flujo de los turistas, de los veteranos y sus familias, las excursiones de estudiantes y colegiales británicos, americanos o canadienses, también, y cada vez más numerosos, alemanes. 
Vire, 1944

60 000 fueron al final los civiles franceses muertos en los combates de la Liberación y 75 000 los heridos y mutilados.  Los más lúcidos entre quienes padecieron los bombardeos aliados y vieron cómo Francia era el objeto pasivo de su propia liberación así como había sido el  objeto pasivo de la ocupación alemana, entendieron sin duda que el único porvenir que podía esperar el país se situaba entre la postal turística y la clasificación como bien de interés cultural. Paradójicamente y como tantas veces le ocurrió en su historia, Francia pudo presumir así de anticipar el común destino europeo. El disfrute turístico  de la dulce y húmeda Normandía queda reforzado por los recuerdos punzantes de aquellos días sangrientos. Lo que conmemoramos, lo que sepultaremos pronto con los últimos veteranos, como ya lo hicimos hace pocos años con los últimos de 14-18,  será el recuerdo de la voluntad de luchar. Será la renuncia definitiva a ser actores y dueños de nuestro destino. Cualquiera que sea el porvenir que otros ya nos están fabricando, hemos decidido acatarlo y darlo por bueno.

Un día cualquiera en Normandía

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