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domingo, 16 de junio de 2019

Dogones y Peuls, las nuevas identidades asesinas


Protesta de mujeres peuls
 

Jean Juan Palette-Cazajus

En la noche del  9 al 10 de junio furon asesinadas 95 personas en el pequeño pueblo dogón  de Sobane-Kou  en el centro de Mali. Nadie duda de que la matanza se produjera en represalias por el exterminio de 135 habitantes del vecino pueblo peul de Ogossagou el pasado 23 de marzo, se sospecha que a manos de una milicia dogón. Trágica escalada de una violencia interétnica que ya se había cobrado 700 víctimas a lo largo de los dos últimos años. Quien tenga la voluntad de asomarse a la larga etiología de estos acontecimientos, entenderá pronto que debe zambullirse en una historia, la de Africa occidental, sumida desde tiempos anteriores a la colonización en una larguísima espiral de conflictos intestinos. Hoy, cualquier acercamiento a la compleja causalidad de las violencias actuales sólo puede convencernos de que el destino de África está abocado a pesar de modo inexorable sobre el de Europa.

Dogones y Peuls son sin lugar a duda dos de las “etnias” (N1) más radiografiadas por los etnólogos a lo largo del último siglo. La popularidad de los dogones le debe mucho a la labor antropológica de Marcel Griaule (1898-1956) que les dedicó más de 120 publicaciones. Las más conocidas fueron “Máscaras dogones” (1938), “El zorro pálido” (1965) y sobre todo, entre las dos, “Dioses de agua” (1948) sin duda uno de los mayores “best sellers” de la literatura antropológica. El momento y el contexto ideológico significaban los inicios de la descolonización y se trataba de “dignificar” las culturas indígenas. Griaule pretendía revelar al público la compleja y apasionante cosmogonía del mundo dogón. Una mitología, en palabras suyas, tan rica y profunda como la de los griegos. Se hizo particularmente famoso el viejo cazador ciego Ogotemmêli que durante largas conversaciones había venido iniciando el antropólogo francés en la complejidad y la riqueza del universo dogón. En aquellos años los Dogones, esencialmente agricultores, vivían todavía mayoritariamente en las inmediaciones de su antiguo lugar de asentamiento, una larga fractura geológica en el centro-este de Malí, cuyo tramo más pintoresco y espectacular es conocido como el acantilado de Bandiagara. Aquellas escarpaduras les ayudaron durante siglos a defenderse de las incursiones de sus vecinos Peuls siempre dispuestos a proveerse de esclavos.

Protesta de mujeres dogones

“Peul” es palabra procedente de la lengua senegalesa wolof. Fue la que adoptó para designarlos la administración colonial francesa y también la que viene usando últimamente la prensa española. Los anglosajones han preferido la frecuente denominación de “Fulás” o “Fulanís”, también tradicionalmente usada en España. Los propios interesados se llaman a sí mismos “Pullo” en singular y “Fulbé” en plural. Muy presentes en casi todos los países del área, fueron por excelencia el pueblo pastor y ganadero del África del oeste, cuya vida social, alimentación, y referencias simbólicas giraban obsesivamente alrededor de la posesión de los rebaños. La población total se calcula en unos 40 millones. El grupo más numeroso vive en el norte de Nigeria y se estima entre 16 y 19 millones.

En Mali viven alrededor de tres millones. Cifras, todas ellas, siempre abocadas a una pronta obsolescencia por el incontrolado crecimiento demográfico. El “prototipo” físico peul describe una persona alta y espigada, de tez relativamente clara, rostro ovalado, frente alta y abombada, nariz recta y fina. Ellos y ellas siempre presumieron de su prestancia física cuyo papel en la hostilidad que despiertan a menudo suele ser pudorosamente subestimado por la corrección política. “El Peul sólo se agacha para vomitar” dice el refrán. Es el momento de recordar hasta qué punto el aspecto físico de los Tutsis de Ruanda, análogo al de los Peuls, fue una de las razones que estimulaban el odio genocidario que les tenían los Hutus. Los Peuls llevan desde la edad Media convertidos a un Islam relativamente austero. Como es históricamente habitual en las etnias pastoriles del África musulmana, se trata de una sociedad altamente jerarquizada.  Desde una aristocracia tradicional, la de los propietarios de rebaños, hasta las clases serviles constituidas tradicionalmente por esclavos o descendientes de esclavos. En medio están las castas artesanales “de los objetos” y las castas artesanales de “la palabra”, los representantes religiosos y los famosos “griots”. Los Peuls se regían tradicionalmente según los valores recogidos en el llamado “Pulaaku”, una especie de código tácito y riguroso, todavía reivindicado y caracterizado, para ir deprisa,  por los tópicos universales del  comportamiento aristocrático: pudor, reserva, dignidad, autocontrol, generosidad.

El acantilado de Bandiagara

En el apogeo de la atención antropológica prestada a aquellas culturas, a mediados del siglo XX, todas ellas ya se encontraban en avanzado estado de descomposición. Desde entonces el proceso histórico ha seguido arruinando y barriendo definitivamente contenidos cuya complejidad ya sólo puede ser intuida a través de los relatos y monografías de los estudiosos. La sociedad, la cultura, los símbolos, la geografía política, todo quedó fracturado por el impacto de la colonización. Desaparecida definitivamente la carne de las culturas quedaba el esqueleto, es decir los valores estructurales, los criterios clasificatorios que secularmente sustentaron el cuerpo de aquellas sociedades: Jerarquía, Dominación, Prohibición. Jerarquía y dominación de unas etnias sobre otras, de los mayores sobre los jóvenes, de los amos sobre los esclavos, de unas castas profesionales sobre otras, de los hombres sobre las mujeres. Prohibiciones -sociales, mágicas o religiosas- encargadas de  garantizar y perpetuar aquella segmentación jerárquica. Lógicamente, los más entusiastas en el anhelo de perpetuar las viejas estructuras siguen siendo los descendientes de los antiguos grupos dominantes. Y para ello, como en todos los casos similares, se trata de manipular y reinventar la tradición según conviene.

El arrepentimiento medular de las sociedades europeas como su capacidad histórica de reflexionar e investigar lúcidamente sobre el propio pasado las ha conducido a asumir sin indulgencia el peso de su poco glorioso pasado esclavista. Pero las expediciones negreras europeas nunca pasaron de las costas africanas ni se internaron tierras adentro, disuadidas tanto por la limitación de sus recursos humanos como por el temor a los estragos de la malaria y de la mosca tse tse. Los únicos que se atrevieron en contadas ocasiones fueron los portugueses. De modo que en el 98% de los casos, fueron los reyezuelos interiores quienes abastecieron generosamente los traficantes europeos de “madera de ébano” . Desde el peso de la culpabilidad occidental, se ha vuelto políticamente correcto no insistir demasiado sobre este aspecto esencial de la cuestión, mientras, entre los africanos, la actitud varía desde la descarada negación hasta los argumentos que achacan aquella realidad a una perversión de la natural bondad africana por la natural malignidad europea.  El caso es que si aquello pudo ocurrir fue precisamente porque las constantes guerras intestinas africanas no solían tener otra meta que no fuese la captura de esclavos. En África del oeste, históricamente, la esclavitud aparece como el eje estructural del funcionamiento de las sociedades. No podemos extendernos aquí sobre la complejidad y la profundidad de las normas sociales, simbólicas y rituales cuya finalidad era la de favorecer la extrema imbricación de los esclavos en el tejido de las comunidades. La literatura etnológica acumuló y sigue acumulando un amplio corpus sobre la cuestión. El concepto de “hombre libre” en África del oeste era fundamentalmente ajeno a la noción abstracta de autonomía del individuo tal como la entendemos. Muy al contrario, el estatuto de hombre libre venía definido y determinado por la posesión de esclavos. No tenerlos presuponía, al revés, un estatuto social subordinado.

Máscaras dogones

A su llegada, los colonizadores solían abolir las manifestaciones de la esclavitud inmediatamente perceptibles. Pero tan órganicamente alojado estaba el fenómeno en el metabolismo de unas sociedades cuyos complejos engranajes los recién llegados tardaron en descifrar, que pasaron años antes de que constataran la persistencia de la realidad servil. Cuando lo hacían, pronto se resignaban a hacerse la vista gorda al entender que las medidas drásticas solo podían fragilizar aún más aquellas comunidades y acrecentar su hostilidad. Las administraciones coloniales terminaron aceptando lo que calificaban de tradiciones atávicas en cuya supresión ni los propios esclavos parecían interesados. Aquella situación no solamente se prolongó hasta las independencias sino que sigue vivita y coleando en una serie de países. Los esclavos se cuentan todavía por cientos de miles en áreas de Mauritania y de Níger  y subsisten bolsas de menor entidad en otros países como el norte de Senegal o del  Malí. Menos visible, pero en el fondo mucho más determinante para entender los mecanismos tácitos de las relaciones interpersonales, es la numerosa presencia de los descendientes de esclavos. La lengua peul designa los esclavos como “maccubé”, (“maccudo” en singular), mientras los descendientes de esclavos son conocidos como los “rimaibé”.  Son sociedades en las que, por los motivos más diversos, étnicos, patronímicos o a través de la tradición oral, todo el mundo sabe quien es quien y quien desciende de quien. Los matrimonios mixtos siguen siendo escasos entre descendientes de hombres libres y descendientes de esclavos y sigue excluido el acceso de estos al menor puesto de responsabilidad.

La mayoría de los europeos sencillamente desconoce tal realidad y quienes la conocen apartan la vista pudorosamente. El estatuto de excolonizado se ha convertido en un salvoconducto que libra ad aeternam su propietario contra cualquier consideración crítica. En 2015 ocurrió en Senegal un incidente cuya repercusión mediática hizo volar la chapa plomiza del silencio y reveló hasta qué punto aquella realidad seguía emponzoñando la conciencia colectiva. Macky Sall -típico apellido peul-, actual presidente senegalés desde 2012, procesó por enriquecimiento ilícito a Karim Wade, hijo de Abdoulaye Wade, su predecesor en el cargo entre 2000 y 2012. Indignado, el ex mandatario perdió los papeles ante los periodistas: Macky Sall, dijo, «es un descendiente de esclavos (…). Los que son propietarios de la familia de Macky siguen allí, están vivos. Él sabe que es su esclavo (…) En otras situaciones, yo mismo lo hubiese vendido como esclavo». Pocos se indignaron en Senegal. Todo lo más algunos se sintieron molestos al ver expuesta a la luz pública una realidad tácita acatada por la mayoría. Los que sí se indignaron fueron los parientes del Presidente Sall en el pueblo solariego donde fue a entrevistarlos un enviado de Le Monde: «Aquí en el Fouta Toro (en el norte de Senegal) todos se conocen (…). Nosotros somos grandes terratenientes y tenemos esclavos por todo el Fouta (…). Jamás un “maccudo”, un esclavo, habría podido presentarse para dirigir lo que sea. No es su papel». Y quedaba por oírse lo más inesperado. Tomó entonces la palabra -contaba el periodista- «...un hombre tímido, fortachón, ya mayor y con barba entrecana (…) indignado por “la falta de respeto” hacia su “amo”: “No lo oculto ni tampoco lo haría ningún miembro de mi familia. Mi padre fue el esclavo del padre de Macky Sall (…) Yo daría la vida por mi amo”».  Era la culminación de un inesperado y alucinante compendio de historia africana, de su consustancial trabazón con la esclavitud, la demostración de la lozanía y profundidad de aquellas raíces.

Pastores peuls. Mali

En este contexto de omnipresente perennidad histórica del imaginario de la esclavitud y de las relaciones de dominación deben enmarcarse los sangrientos enfrentamientos entre Dogones y Peuls. Ni una ni otra cultura es hoy sombra de lo que fue. El estado funcional de la cultura dogón tradicional es, se podía esperar, terminal. Hace ya varios decenios que las excursiones turísticas empezaron a descargar visitantes en el acantilado de Bandiagara. Llegaron primero los lectores germanopratenses de Griaule. Pronto se impuso la lógica deletérea del turismo que siempre termina matando aquello mismo que pretende admirar y preservar. Las fechas sagradas en que se cumplían los ritos y salían las legendarias máscaras se convirtieron en regulares funciones de pago, multiplicadas y teatralizadas a placer al ritmo de las hornadas de visitantes. Brotaron los hoteles y las tiendas de recuerdos. Pero la violencia de los últimos años acabó con el maná turístico. Por supuesto, ni Dogones ni Peuls quedaron ajenos al vertiginoso crecimiento demográfico de África del oeste. La población dogón, que hoy debe situarse entre los 700/800 000 individuos no llegaría a 100 000 personas en la época de Griaule. Al margen de los cultivos alimentarios tipo mijo, sorgo o arroz, su principal fuente de ingreso sigue siendo tradicionalmente el cultivo de un popular tipo de cebolla de sabor picante. Suelen tener algunas cabezas de ganado bovino u ovino cuyo cuidado, en tiempos más tranquilos, solían confiar a los pastores peuls. Con el fuerte crecimiento demográfico, pueblos y cultivos se fueron extendiendo por la llanura, ya lejos del acantilado originario, tratando de aprovechar al máximo los espacios cultivables, cada vez más insuficientes como los escasos recursos acuáticos. Así empezó un proceso de interpenetración conflictiva con los pueblos y territorios peuls inmediatos que enconó una desconfianza secular.

Milicia de cazadores "dozos"

La relación del Peul con su rebaño era simbiótica. El ganado y sus productos dictaron secularmente los contenidos ontológicos de aquella cultura. Tradicionalmente las civilizaciones nómadas y pastoriles se han caracterizado por su desprecio aristocrático  hacia las poblaciones sedentarias de cultivadores y por la consiguiente propensión al uso de la violencia para resolver los seculares conflictos con ellas por el uso de las tierras. Los Peuls consideran los Dogones “bárbaros” y “poco civilizados”. La sequía, la desertificación y la explosión demográfica han extremado las rivalidades y la competencia tradicional. Conviene recordar que si el horror se ha apoderado de las relaciones entre Dogones y Peuls, la conflictividad también viene caracterizando hace tiempo las relaciones de los segundos con las grandes etnias labradoras, Bambara y Mossi, mayoritarias en la zona saheliana. Hoy el modo de vida peul se encuentra en vías de total extenuación. Se ha dicho que la sociedad tuareg se había convertido en una sociedad clochardizada.  Parece evidente que las poblaciones peuls llevan el mismo camino.

Los jóvenes dogones y peuls circulan en motos, tienen smartphone, ven “Games of Thrones” en la tele, lucen gafas Ray Ban en copia china y llevan camisetas del Barça, preferentemente a las del Madrid (N2). Por supuesto, unos y otros, contribuyen a alimentar masivamente las redes migratorias, hacia las grandes ciudades africanas, hacia Francia, España e incluso Estados Unidos. Los Dogones dicen luchar  contra la invasión de sus tierras por los rebaños de los Peuls y contra su secular arrogancia. La referencia a las tradiciones ancestrales también aparece en el nombre de la inquietante milicia antipeuls surgida entre los Dogones y que se hace llamar “Dan Na Ambassagou", literalmente, «los cazadores se encomiendan a Dios». Porque, históricamente, los guerreros se reclutaban entre los cazadores tradicionales o "dozos", cuyo estatuto los hacía temidos, respetados y considerados dueños de poderes mágicos. Hoy parece que la tradición sirve sobre todo para justificar los instintos de los elementos más desclasados de la sociedad dogón.

Yihadistas peuls

La desastrosa realidad económica pero también la historia explican el inquietante éxito del fudamentalismo islámico y de la tentación del Yihad entre los Peuls, particularmente los jóvenes. Desde 2015 viene actuando un grupo armado autodenominado "katiba Macina", en claro homenaje al llamado "Imperio de  Macina", un reino peul teocrático que llegó a dominar buena parte del Sahel entre 1818 y 1862. El líder y fundador de la katiba es un tal Amadou Koufa que, sobre la base del clásico discurso islámico rigorista, denuncia la "hipocresía" de la aristocracia peul y el enriquecimiento parasitario de la minoría marabútica. Su discurso social igualitarista encuentra un eco favorable entre los peuls más pauperizados, los pastores y las antiguas castas serviles. Pero en la zona de contacto entre Peuls y Dogones se ha ido creando una particular y explosiva situación, "a la yugoslava". Cada etnia viene proclamando su autoctonía mítica y exclusiva sobre las tierras que hasta ahora compartían y considera la otra como alógena. "Dan na Ambassagou", extrañamente bien equipada (con armas modernas y chalecos antibalas) parece haberse lanzado a una verdadera limpieza étnica tal vez con cierta complicidad estatal. Posiblemente una muestra más de la sorda aversión de las poblaciones sedentarias, incluso del estado central, contra el histórico, pero muy desmoronado, elitismo peul. En este caso se trata de identificar, parece que muy abusivamente, a los peuls con el yihadismo.

En 2013 la intervención francesa desbarató la ofensiva lanzada por una coalición de grupos étnicos y yihadistas sobre Bamako. El éxito solo podía ser mediático y provisional. La retroalimentación explosiva inducida por el crecimiento paralelo de la miseria y de la población alimenta el caldo de cultivo donde  el virus yihadista se desarrolla inexorablemente. Las viejas enemistades étnicas son el catalizador. Mientras tanto la MINUSMA, la fuerza enviada por la ONU, sestea en sus bases climatizadas. El ejército de Malí es poco eficiente e inseguro.  Los 4 000 soldados franceses  de la llamada "Fuerza Barkhane" se agotan patrullando inmensidades ingratas – cuatro veces España – lo que no los libra de ser acusados de parcialidad por unos y otros. Para algunos ingenuos, el exotismo residual de aquellas miserias lejanas es garantía de su distancia infranqueable. Miseria del exotismo y exotismo de la miseria. No lo dudemos, el incendio que acaba de empezar arderá entre nosotros. Nadie piense que nos libraremos de la hoguera.

Pueblo quemado

N1: "Etnia" es palabra polémica, por esto las comillas. No era oportuno lanzarse a la palestra.

N2: Personalmente, creo que aquella preferencia nos dice que el catalanismo mediático, a través de los emigrantes, ha logrado insuflarles la borrosa noción de que Barcelona es compañera de "sufrimiento colonial".

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