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lunes, 24 de junio de 2019

Márquez & Moore. Toros de Dolores Aguirre no aptos para liberalios y flâneurs de melena distraída

Malos toros para la lírica


José Ramón Márquez

Aquí, al ponernos a escribir, caben dos posibilidades: una es comenzar hablando del Festival tomista de ayer en Granada y la otra es no echar cuentas del showcooking del Pasmo de Galapagar, y creo que por respeto a los toreros que hoy se han enfrentado a una seria y correosa corrida de Dolores Aguirre y por respeto a la ganadera, doña  Isabel Lipperheide, que ha mandado a Las Ventas una corrida de impecable presencia, una corrida de toros de lidia en el sentido más serio de la palabra, no es elegante mezclar las churras de la corrida apañada, vendimiada y preparada a mayor gloria de una otoñal deidad y de sus acríticos followers, con las merinas de la verdadera cara de la dureza de la Fiesta, representada hoy por Alberto Lamelas, Cristian Escribano y Gómez del Pilar.

Una de las cosas que diferencian al toro, el que es simplemente toro, del toro artista es el albedrío. Con el toro hay que trabajar, hay que esforzarse, hay que hacer las cosas bien porque el animal, en uso de su albedrío, a la primera de cambio le da por sacar los pies del tiesto y vuelve grupas dejándote con el capote mientras le haces un cite, o te suelta un derrote donde menos te lo esperabas, o se para y te mira que te deja petrificado, mientras que el artista está solícito a lo que se le diga y a no llamar la atención ni a robar protagonismo, que él está allí a echar una mano.

Sale el primero Pitillito II, número 22, y se emplaza por la parte de chiqueros a ver si se entera de qué es aquello de la Plaza de Toros, mirando a los que le llaman desde aquí o desde allá, sin demostrar grandes ganas de acudir a esas llamadas y luego Alberto Lamelas se va a él a darle una sensacional brega, haciéndole quebrarse y sacándole hacia afuera de una manera limpísima y poderosa hasta que el toro se desentiende y sale de naja sin que el buen oficio de Lamelas haya sido capaz de sujetarle, que el albedrío manda. Este primero dio ciertas notas de mansedumbre a lo largo del rato que nos tocó conocer su pasión y muerte, lo cual no representó un obstáculo para que se abalanzase hacia el caballo, en la primera vara, de manera vigorosa, elevando la cola como si estuviese electrificada, y empujando con violencia y lo mismo en la segunda, aunque de manera algo menos franca, lo cual es comprensible después del cenote que le había practicado Antonio Prieto en la espalda, que de allí manaba hemoglobina como si aquello fuese el manantial de Lanjarón. Y luego, el quinario para Lamelas, que ahí estaba lo primero la leña que portaba el doloresaguirre y después su desinterés por la cosa de la muleta, que el animal lo que buscaba era la zona de toriles donde se sienta la crítica seria, pero ésta había huido a Granada y no hubo forma de darse a conocer ante ella, así que Lamelas en el último tercio puso todo de su parte, pero el lucimiento no llegó. Lo tumbó de un espadazo atravesado.

Si en el primero preponderó la mansedumbre en el tercio de muerte, el segundo, Clavijero, número 44, presentó una nota más encastada, empleándose en el caballo, aunque perdiera las manos varias veces, acaso a costa del castigo en varas. El toro se había desplazado en banderillas mejor por el pitón derecho, pero Cristian Escribano decidió iniciar su trasteo con la izquierda. Antes se presentó al toro doblándose con él por bajo, para tratar de dejar claras las cosas desde el principio, en seguida entendió cuál era la distancia y le planteó el toreo al natural al cual el toro acudió con franqueza y prontitud, dejando los mejores momentos de la tarde, puntuados a menos por las caídas del toro en momentos cruciales. El toro por el derecho no era lo que había prometido y el trasteo baja de intensidad cuando se cambia la muleta a esa mano, luego vuelve al natural y remata una buena actuación con un pinchazo y media desprendida, que es suficiente.

Gómez del Pilar hizo, como suele, lo de irse a “tercio gayola”, porque está a tal distancia de la puerta que lo de “porta” aquí no sirve, y de la negrura de la fresca mazmorra asomó un castaño chorreado en morcillo con nombre de artista plástico, Botero, número 3, y acaso lo del nombre le influyó para lo de su actitud mansa y moderna, que Gómez del Pilar hasta acabó dándole manoletinas, con lo que nos fastidia que a estos toros se les den esos pases ridículos. Antes de ese demagógico final, el toro no dio facilidades a los peones, que era un lío saber cuál era cuál, dado que los tres venían vestidos de grana y azabache, como si no hubiese más colores, y en esa confusión se llevó capotazos por un tubo, pasadas en falso y sacó un par de veces de la Plaza a uno de aquellos de grana y negro. Luego Gómez del Pilar se puso a torear por lo moderno y hubo quienes le jalearon el despropósito. Allá ellos y sus conciencias. Terminó con las deprimentes manolas, aunque rectificando, que el doloresaguirre no se las tragaba a ciegas y después de un pinchazo con el toro sin igualar y un bajonazo dio por terminada su labor.

Alberto Lamelas en su segundo parecía otro torero distinto del que habíamos visto en el primer toro. El toro acudió como un rayo al picador que hacía puerta y empujó con ganas en aquella querencia y luego entró al de tanda también con alegría. Este segundo suyo se llamaba Langosto, número 37, y el sorteo le había deparado a Lamelas un top model, otro tío de los que quitan el hipo, ese tipo de toro con el que siempre nos gustaría ver el poderío de Julián de San Blas, porque lo que el tal Langosto demandaba era mucho, mucho poderío. Y como Alberto Lamelas no vio clara su opción dominadora, el toro tardó nada y menos en enterarse de que él era el que más mandaba en ese negociado. No rehuyó Lamelas la pelea, que es torero peleador y valiente, pero las armas del torero eran bastante menos persuasivas que las del toro y la victoria a los puntos fue de él.

En quinto lugar el buenazo del barquillero que se ocupa del portón de Las Ventas franqueó la salida a Clavetuerto, número 46, al que Adrián Navarrete horadó de manera trasera y artera, como un minero poseído por la fiebre del oro. A resultas del mal hacer del picador el animal soltó sangre con generosidad y de nuevo se puede apostar a que si el toro fue apagándose durante el último tercio fue a causa de la poco medida actuación del varilarguero. En este segundo de su lote, Cristian Escribano no quiso dar continuidad a los buenos modos que había presentado en su primero y optó por un trasteo soso de  baja intensidad, de esos que provocan el desinterés de la afición y permiten charlar de otras cosas. Tampoco el toro anduvo pletórico de fuerzas, como en su primero, pero la disposición del torero era diametralmente distinta. Lo mató a la última.

En sexto lugar ahí teníamos a otro Pitillito, Pitillito I, número 19, todo cuajo, presencia y señorío del toro de lidia cinqueño. De nuevo ahí tenemos a Gómez del Pilar camino de la “tercio gayola” en la que tras el ¡ay! se incorpora y lancea con gran emoción la fuerte embestida del toro. Quiso poner al toro de largo para lucirle y acaso como obsequio a la ganadera, a la que había brindado su primero, si bien el toro tardeó y acudió al cite sin gran viveza, aunque una vez en posición metiese los riñones y elevase al cielo su electrificada cola. De nuevo Gómez del Pilar volvió a plantear un  trasteo de baja intensidad, tal y como hizo en su primero, buscando las claves de su actuación en la deprimente senda del neo-toreo, muy despegado incluso en los adornos y con una faena que nunca llega a despegar y que además va a menos. Lo mató como pudo.

En su conjunto y como valoración general podemos decir que la corrida de Dolores Aguirre de hoy puntúa por debajo de la del año pasado, lidiada en plena Feria de San Isidro.


Andrew Moore

Los toros, doce tigres matadores

Gatillazo de Guernica

Guernica con gafes (amarillos)

Guernica con plumón

Seria y correosa corrida de Dolores Aguirre

Gómez del Pilar, de verde musgo y oro
Pinchazo y estocada baja (aviso, saludos)
Cuatro pinchazos y descabello (aviso, palmas de despedida)

brindis a la ganadera, doña  Isabel Lipperheide,
 que ha mandado a Las Ventas una corrida de impecable presencia,
 una corrida de toros de lidia en el sentido más serio de la palabra,
 no es elegante mezclar las churras de la corrida apañada,
 vendimiada y preparada a mayor gloria de una otoñal deidad
 y de sus acríticos followers, con las merinas
 de la verdadera cara de la dureza de la Fiesta

hizo, como suele, lo de irse a “tercio gayola”,
 porque está a tal distancia de la puerta que
 lo de “porta” aquí no sirve

luego Gómez del Pilar se puso a torear por lo moderno
 y hubo quienes le jalearon el despropósito

 terminó con las deprimentes manolas, aunque rectificando,
que el doloresaguirre no se las tragaba a ciegas

volvió a plantear un  trasteo de baja intensidad,
 tal y como hizo en su primero, buscando las claves de su
 actuación en la deprimente senda del neo-toreo

Alberto Lamelas, de purísima y oro
Estocada perpendicular (saludos)
Estocada perpendicular (palmas)

en su segundo parecía otro torero distinto
 del que habíamos visto en el primer toro

Cristian Escribano, de blanco y oro
Pinchazo y media (saludos)
Cinco pinchazos (aviso, silencio)