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viernes, 14 de junio de 2019

Chomsky y Pep



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Noam Chomsky y Pep Guardiola han tirado una botella al mar con un mensaje para que cese “la represión ideológica” (?) de las instituciones españolas (?) contra Cataluña.
El viejo Chomsky, descendiente de los judíos askenazíes huidos de Rusia tras el asesinato del zar en 1881, es un profesional de la revolución pendiente. Tom Wolfe nos recuerda que el primer trabajo de Chomsky fue un artículo contra Franco, al que calificaba de “fascista”, en el periódico estudiantil del “colegio progresista de estilo deweyiano al que asistía”, en respuesta a la cuestión anarquista del momento: “¿Dónde estabas ‘tú’ cuando cayó Barcelona?” A sus diez años, Chomsky estaba en Filadelfia cuando cayó Barcelona, donde ahora cierra el círculo (el rondo, diría Pep) de su vida de Lola Flores (aquel Cristo de Velázquez cabreado) de la protesta.
Guardiola es un recogepelotas de Sampedor que fungió como filósofo de Messi y del Bayern de Munich, donde aprendió esa distinción freudiana entre “repudio” (Verwerfungl) y “represión” (Verdrängung) que ahora le permite afinar (“¡represión ideológica!”, dice) su brindis separatista al sol. ¡Y pensar que aquí los columnistas de meñique levantado lo ponían de modelo de elegancia española para meterle su dedito en salva sea la parte portuguesa a Mourinho!
Al hilo del estilo deweyiano (Dewey se convirtió en Nueva York en líder de movimientos humanitarios y políticos en la Rusia de Trotski), Santayana, que lo estudió con agudeza, nos allana el alma del Pep:

La necedad del simple es deliciosa. Sólo la necedad del sabio es irritante.
Esta parte deliciosa de Guardiola surgiría de una de esas excursiones londinenses con dos o tres vejetes por “la ruta de Marx”, y al Pep se le quedó lo de “ideología alemana”, dos tochos ante los cuales retrocedieron editores… y ratas.
Abandonamos, pues, el manuscrito a la crítica perforadora de las ratas –escribe Marx–, y esto tanto más fácilmente, ya que habíamos alcanzado nuestro objetivo: comprendernos nosotros mismos.
¡Represión ideológica! ¡En España! ¡Qué valor!