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viernes, 1 de septiembre de 2017

Flabelíferos



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Que el periodista no debe ser un flabelífero, dice maravillosamente  Martín-Miguel Rubio Esteban, catedrático de latín, a propósito de la condena zamorana a Hermann Tertsch que antepone la imagen comunista de los Iglesias al principio constitucional de la libertad de expresión.

    ¡Flabelíferos!

    Los flabelíferos disertan de la “posverdá” como Leibniz de la mónada, atusándose el pelucón, y sostienen que, fuera de la “flabelifería”, todo es fachismo, libertinaje y treintañidad.
    
¿Eres de la “alt right”? –me preguntó un día cenando un flabelífero del consenso porque dije que la Constitución americana me parecía la obra política más elevada, y esto me ocurría treinta años después de que un profesor de “Estructura de la Información” (?), que era militar, quisiera expedientarme (“¡Es que es un anarquista!”) por hacer en un examen (¡aquellos exámenes de la Complu, donde tenía otro profesor que se declaraba “comunista pro-afgano” y que acabó de baranda en los establos cervantinos del Estado!) el elogio de Alexander Hamilton.
    
En Madrid, los flabelíferos denuncian mucho que en Cataluña los separatistas son malos porque arriman el ascua a su sardina mientras se mean en la del vecino “españolista” para apagarla (¡exclusión!), que es, curiosamente, lo que los flabelíferos llevan haciendo toda la vida en Madrid con quien no acepta las leyes de la “flabelifería” andante (¡ostracón!). La mentalidad universitaria (no te metas en política, que puede caer una conferencia) tomó la periodística (no te metas en política, que puede caer una tertulia) para llegar adonde estamos: ayunos de lo que es política y ahítos de lo que lo parece.
    
La esencia de este “moderantismo” es la actitud institucional ante la sedición catalana: esta “satyagraha” mariana (de Mariano/Gandhi) que consiste en negarse a hacer cosas que la ley exige que se hagan. Russell vio dos pegas: no funciona “contra nazis o comunistas” y las masas excitadas pueden perder el control dando lugar a lo que Gandhi (más listo que Mariano) llamó un “error himalayo”.