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martes, 19 de septiembre de 2017

Daniel Onega

De pie: Molina, Pablo, Marín, Salas, Urbano, Varo
Agachados: Lezcano, Abelenda, ONEGA,Burguete y Calero

Francisco Javier Gómez Izquierdo

Escribía ayer un joven columnista local que “los mejores jugadores son los de nuestros padres y abuelos. Jugadores que nunca hemos visto pero que nadie -cordobesistas, se entiende- discute”. En Burgos tenemos a Juan Gómez González como el más grande aunque no faltan quisquillosos que mientan a Kresic, Requejo e incluso Pello Olalde como de mayor magisterio. A mí, el que más me emocionaba era Viteri hasta el punto de que me apodaron con el nombre del ídolo. El otro día en Salas de los Infantes uno de Vizcaínos me saludó con un “hombre, Viteri”, porque no sabe mi auténtico nombre.... y es que la decadencia futbolística de los clubes se advierte en el  continuo recordatorio de futbolistas que fueron.

     En Córdoba como en Burgos se localizan dos jugadores excepcionales que no admiten discusión: el difunto Juanín, una buena persona que tuve el gusto de conocer, y Daniel Onega, un argentino que Rafael Campanero trajo a España por aquella moda setentera en la que los aficionados exigían  a sus presidentes goleadores brasileños, argentinos o uruguayos y si no podía ser, defensas oriundos, categoría ésta que tiene pendiente una tesis doctoral.
     
El caso es que Daniel Onega, después de 40 años, volvió al Arcángel la semana pasada para ser homenajeado. Antes del saque de honor  del Córdoba-Tenerife, mis vecinos veteranos de localidad argumentaban en ese inútil “quién es mejor” unos en favor de Onega y otros ponían por delante a Juanín. Me preguntaron  y no supe decirles mucho aunque recuerdo su calvicie, que sacaba las faltas y creo que su lentitud, tipo Del Bosque
    
El Gaitu y yo mirábamos mucho al Córdoba porque estaba Aguilera, no sé qué pasó con los porteros Navarro y Taladrid, el difunto Burguete que se fue del Burgos por no poder competir con Viteri o Carmelo Salas, que me dice que aún le debemos dinero. La verdad es que recuerdo mejor a Onega que a Juanín, más que nada porque nos gustaba saber la vida de los que venían del otro lado del mar y porque se mató un hermano, Ermindo Onega, también futbolista y también de River Plate. Imagino que por las buenas le adjudicamos el talento que creyó comprar don Santiago Bernabéu en el goleador Óscar Pinino Mas, por ser su asistente en River. Dice el presidente Campanero que lo compró porque lo vio, con el difunto Dominichi, en una portada del Gráfico. Onega asegura que tardó en decidirse y que como los equipos de Primera española ya tenían el cupo hecho, le pareció bien ser cabeza de ratón en Córdoba que cola de león en no dijo lugar. Se había quemado en una huelga tremenda en la que los pibes de “las básicas” la reventaron y consideró oportuno hacer las Españas como tantos compatriotas.

    El veterano Garrido asegura que el argentino era como Zidane, y Cruz Carrascosa que como Xavi Alonso. No sé... Lo que no admite duda es que era futbolista de clase excepcional y que su recuerdo permanece entre el cordobesismo nostálgico y decadente como sigue entre los burgaleses el de Juanito, Sergio Kresic o Viteri de los que nunca nos cansaremos de contar sus hazañas.  Por cierto,  ¿qué habrá sido del gran Rafael Viteri Chávarri?