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lunes, 15 de junio de 2015

La novillada de Aleas. Lo mejor, un Briceño disfrazado de Joselito Calderón en el palco

 Ambiente en la escalera

 Ambiente en el tendido alto

 Ambiente en el exterior

 Ambiente en la grada

 Ambiente en la andanada

 Es un morral

 No. Es un morral almohadilla

Toreros de Lladró

José Ramón Márquez

Por fin volvemos a la pax venteña fuera ya los de los gintonics, los de las pipas, los de los ricillos en el cogote, los de las camisas rosas, los de los anagramas monstruosos de La Martina o Ralph Lauren en los nikis, los “grandes aficionados” y toda esa fauna que asoma por San Isidro y no se la vuelve a ver por Las Ventas hasta dentro de un año. No se les echa de menos, la verdad. A cambio, vuelven nuestros amigos los chinos, los ruidosos gringos, los australianos descalzos y, hoy, un señor con turbante de la India, una especie de Sandokán, que imaginamos lo que habrá pasado el hombre viendo picar, banderillear, matar a estoque y apuntillar al macho de su animal sagrado, la vaca. El buen hombre llegó cuando iba a salir el tercero y en el quinto ya había puesto pies en polvorosa, suponemos que invocando a Shiva, el destructor. Eso mismo es lo que deberíamos haber hecho el resto de los cuatro gatos que estábamos en la Plaza, viendo cómo iba la tarde en cuanto a chivas, pero no lo hacemos porque estamos curados de espanto y porque no vamos engañados a la Plaza. Sabemos perfectamente lo que vamos a ver y nos ilusionamos con la idea de que, a lo mejor, suena la flauta y nos llevamos la sorpresa, aunque de sobra sabemos que la sorpresa no va a salir.

Hoy nos anunciaron al viejo, ilustre, hierro de Aleas. El número 9 de los viejos Aleas en las ancas pizpiretas de los juampedrillos de don José Vázquez Fernández, degenerando. Ahora que tenemos en el Ayuntamiento de Madrid estos aires nuevos que nos trae una dama de 74 años, a uno le da por pensar en don Manuel García-Aleas, que junto a don Eduardo Bermúdez,  don Clemente de Oro, don Pablo Ugalde Bañuelos y el impar Alberto Vera, AREVA, reunieron en la esquina de las calles de Jorge Juan y de Alcalá la única tertulia taurina conocida que se haya dado en el Madrid de la última guerra civil. A don Manuel Aleas le dieron la oreja de uno de sus toros, Malagueño,  caso nunca visto, y don José Vázquez puede estar completamente seguro de que a él eso nunca la va a pasar, porque sus dotes como ganadero se ve que son harto limitadas.

Don José trajo a Madrid hoy un encierro que parecía el Consejo Político de Ciudadanos: ni una mala cara, ni una idea buena o mala, pitoncitos de no dar  miedo, caritas lavadas, mucha transparencia, mucha toreabilidad, y un descaste del quince y medio. Los registros en los que se han movido los seis vazqueños han ido de la más neta bobería hasta la más depurada mansedumbre pasando por el gazapeo, el intento fallido de salto de barrera, el berreo clamando al Tribunal Constitucional, el ni caso a los capotes, el coceo al salir de los caballos, en fin, lo que uno se puede esperar de una ganadería que de tanto seleccionarla hacia lo bobo y lo mansurrón, ha resultado que es boba y mansurrona. El sexto pegó un arreón al penco a causa del dolor de la puya en la espalda, y pareció que empujaba, empuje de arreón, pero se largó suelto y en el segundo envite nada más rozarle las afiladas cuchillas de la puya, salió corriendo como si hubiese visto a Luzbel. Reseñamos a este sexto, Anochecer, número 46, porque es el único que hizo algo digno de ser anotado en la cosa de los pencos kevlarizados. Los demás, si no los hubiesen picado, lo mismo habría dado, y además nos hubiésemos quitado de contemplar la incompetencia del personal a pie para tratar de hacer la suerte de manera algo ajustada, por lo menos,  a lo que indica el Reglamento.

Hay un momento que en la Plaza, en la mayor confusión, hay siete bípedos vestidos de oro y plata, dos équidos forrados de kevlar con dos señores encima, tres monicacos vestidos de encarnado con gorrilla y vara y un semoviente negro que va sorteando todos los obstáculos descritos más arriba sin atender capotes, voces, llamadas o cites, simplemente regateando. La antilidia, también.
 
En el cartel, mano a mano entre Martín Escudero, de Attendorn, y Joaquín Galdós, de Lima. Son los dos novilleros, nuevos en Las Ventas aquel día de la Feria, que no llegaron prácticamente a actuar debido a sendos percances en la corrida de El Montecillo, que finalmente quedó entera sobre las espaldas de Fancisco José Espada.
 
Lo que han traído los del mano a mano a la magra concurrencia de Las Ventas ha sido... más de lo mismo. ¡Cómo nos gustaría escribir aquí que al menos uno de ellos, ¡o los dos!, han puesto sobre la arenisca de la Monumental el ansia de triunfo basado en la tauromaquia auténtica, el cite mandón adelantando la muleta, cargando la suerte en el embroque, rematando el muletazo en la cadera, ligando con mando y decisión, despreciando el riesgo físico ante la necesidad del triunfo, picados entre ellos a quites... vamos, que soñar es gratis, porque el volquete de vulgaridad que nos han echado estos dos ha sido como para olvidar los principios sacrosantos y bajarse al ambigú a por un gintonic doble con el que pasar el trago del destoreo, del cite ventajoso, de las ridículas carreritas entre pase y pase, del hueco monstruoso entre el torero y el toro, de todo lo nefasto que ahoga día a día y sin que nadie lo remedie el toreo contemporáneo.
 
Digamos que mientras los toros se dieron los pases ellos solos, la cosa medio funcionó y se escucharon los clásicos y benevolentes ole/bien, para que luego digan que Las Ventas es dura. Escudero se quedó una vez en el sitio, fue en su tercero,  y de pronto se dibujó en su rostro el horror de estar donde no debía, la percepción de que ahí había riesgo y dolor. Al menos Escudero una vez, fugazmente, lo hizo, y en eso podemos darle vencedor a los puntos de Galdós, que exhibió unos modos tan aburridamente contemporáneos, tan ajulianados que ni el bobo ni el manso ni el rabiosete le valieron para nada más que para demostrar su innecesaria tauromaquia.

Lo más torero de la tarde fueron los dos pares de banderillas que puso Jarocho.
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En el programa anunciaban como asesor de la presidencia en la parte artística a don Luciano Briceño, y allí estaba el hombre a la izquierda del Presidente, pero se ve que ha tenido la genialidad de hacerse un disfraz, con careta y todo, al estilo de Fantômas, con los rasgos de Joselito Calderón. Gran idea y excelente sentido del humor el de don Luciano, por lo que desde aquí le felicitamos.