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martes, 30 de junio de 2015

Chamusquina



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

El neocomunismo consiste en reducir toda la literatura comunista a una consigna al alcance del ama de casa y el estudiante de la Complutense: no pagar.

Para pagar hay que tener dinero y para tener dinero hay que trabajar. No pagues y no tendrás que trabajar, que es una maldición bíblica, razón por la cual los chicos de la tea (“los chicos de la gasolina” de Arzallus) podemita celebran el Orgullo Gay en Sevilla berreando “¡Hay que quemar / la Conferencia Episcopal!”

Es el católico Bergamín quien se da cuenta de que casi nunca España huele, como en una hamlética Europa, a podrido, a sangre podrida, sino a sangre quemada, chamuscada: huele a chamusquina.

Los “kikos” sevillanos de Pablemos que cantan a la quema de obispos son los primillos intelectuales de Rita la Cantaora, esa portavoz municipal de Madrid que, tetas al viento (“Matraque à grands coups de mamelles”, en la “Hécatombe” de Brassens) profanó una iglesia en pleno rezo al grito de “¡Arderéis como en el treinta y seis!”

Donde hoy se queman libros mañana se quemará a seres humanos –fue el comentario de Heine en la Alemania de 1821, ante una oleada de autos de fe nacionalistas.

Donde hoy quieren quemar católicos mañana querrán quemar “paisanos”.

Bergamín insiste en que la tradicional incredulidad española es el miedo a la luz, que quema los ojos, el pensamiento, la verdad.

Un poco de luz y no de sangre –pide Cervantes por boca de uno de aquellos perros siempre alertas al olorcillo sanguinario de los mataderos.

Los comunistas griegos celebran el Orgullo Griego quemando euros (billetes de a cinco, que no dan para “asar una vaca”) y los comunistas españoles celebran el Orgullo Gay pidiendo quemar la Conferencia Episcopal.

¡Ah, este final wagneriano de Grecia!

Pues Tsipras justificando el impago de la deuda con la Cuna de la Democracia es Wagner negándose a devolver los préstamos a sus benefactores porque las notas a pie de página en sus biografías los harían inmortales.