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viernes, 5 de junio de 2015

La de Adolfo. El mejor Escribano y borrones de Castella y Urdiales

Le Coq a hombros de San Isidro por un bajonazo al Jabatillo de los Lozano
 al que Cano Seijo compensó por su cuenta y riesgo con una vuelta al ruedo


José Ramón Márquez

Vamos a lo negro, que luego nos liamos. Cuando sale el sexto de la tarde, ganadería de don Adolfo Martín Escudero, divisa verde y roja, un toro negro entrepelado llamado Baratero, número 108, no creo que nadie diese un duro por él. Toro feo, de esos negros o entrepelados ibarreños que a veces salen en esto de Adolfo y en lo de Victorino. No llamó especialmente la atención en sus carreras por el ruedo ni marcó ninguna nota de interés en los lances de recibimiento de salida. Lo picó José Manuel Quinta y, aunque en la primera vara parece que apretó, tampoco fue una pelea brava o encastada de las que gusta ver; luego entró una segunda vez en la que se dejó pegar. Al cambiar el tercio, Manuel Escribano toma las banderillas y se dispone a hacerse cargo él solo del segundo tercio. Bueno... no sólo él solo, que ahí estaban además los peones aparcándole el toro como ahora suelen mandar los matadores banderilleros a sus subalternos. Hasta ahí todo se va desarrollando de manera más o menos rutinaria. Escribano, que en las banderillas a su primero había estado realmente poco lucido, clavando de manera precavida, con ventaja en los cuarteos y a toro pasado, plantea de idéntica manera su primer par. En el segundo inicia el cuarteo al toro tomándole a una media distancia, siendo el toro quien hace bueno el par, pues el animal no inicia su carrera hasta que tiene al torero en jurisdicción, con lo que provoca que el embroque se produzca en la misma cara de Baratero, reuniendo un par soberbio de ejecución en el que el matador no tiene otra que salir por piernas. El toro se encontraba en el tercio del 10, junto al burladero en el que Escribano encuentra refugio. Vuelta de los peones a su función de “gorrillas” y nuevo cuarteo de Escribano, por el mismo pitón que el anterior, el derecho. En ese par el toro ya ha cavilado sobre la cosa de las banderillas y se limita a ir siguiendo con la vista la carrera del matador, que se ve obligado a hacer por el toro, quien simplemente le espera para soltarle el hachazo cuando le tenga a tiro. Impresiona recordar ese cuarteo hacia la cornada de Manuel Escribano, como un soldado de la Big Red One en el Día D en Omaha Beach, la manera de esperar del toro, rececho ventajista e interesado en el que el animal mide el momento idóneo en que echar mano del torero. Y esto se ve desde el tendido de una manera perfecta, con el corazón en un puño esperando el derrote certero de Baratero sobre el cuerpo de Escribano. Por ventura, el animal no consigue echarle mano y el torero, sin dejar los rehiletes en el toro a causa del derrote, de manera apurada, busca refugio en la seguridad de las tablas del burladero. Y aquí viene lo extraordinario, cuando Escribano, bien enterado de las condiciones del toro, decide agarrar otro par de banderillas, volver a la misma posición y poner un nudo en la garganta de veinticuatro mil personas volviendo a cuartear al bicho en el mismo sitio, por el mismo pitón, dejando el par arriba y saliendo no sin dificultad de nuevo hacia el burladero. La ovación, con muchos puestos en pie, ha sido realmente de lujo por el riesgo que el torero asume y por la torería que representa el hecho de que, aun sabiendo las condiciones del animal y de lo inadecuado del terreno, el torero no quiere renunciar a poner su par en la manera que él había decidido. Tremendo derroche de valor y de pundonor por parte de Manuel Escribano en las postrimerías de la corrida. Y a partir de ahí, el toro cambia. El toro, que hasta banderillas había ido en consonancia con los cinco hermanos cárdenos que le habían precedido, cambia y desarrolla un sentido y una intención que hacen que la faena que viene después se viva con una gran intensidad. El torero plantea su trasteo de una manera muy desgarrada y valerosa, puro corazón, en series cortas en las que Escribano se va midiendo con Baratero sin ánimo alguno de entregarse o de resignar la lucha. Como es natural, el trasteo con un elemento de las intenciones de Baratero no puede ser jamás comparado con el que se le plantea a uno de esos bobos que arrastran su nariz y la decencia de su ganadero por el suelo, pues el matador, asumiendo la incertidumbre de la embestida o del derrote, debe, a veces, citar desde afuera para meter al toro hacia adentro, quedar colocado y trazar desde ahí el muletazo. De esta manera ha ido labrando Escribano al toro en una faena de gran emoción y de enorme entrega, especialmente en las series con la zurda, rematada de una estocada atravesadilla y suficiente. Faena ensamblada y de innegable mérito a la que, por ponerle un pero, le faltaría sólo acaso un mayor sometimiento del enemigo, tal y como sabemos que se debe hacer, pues queda la impresión de que el toro no iba siempre lo toreado y dominado que la situación exigía. Oreja de peso la de Escribano.

La otra cosa reseñable de la tarde tuvo lugar en el segundo, Repollito, número 60. Dicho toro fue lidiado de una manera extraordinaria por Antonio Chacón. Desde la manera de sacarle del caballo hasta la brega para ponerle en suerte para banderillas, Chacón dio un completo curso de toreo de capa del bueno, del que mejora las condiciones del toro y le ahorma. Eso hizo concebir la esperanza de que Castella tendría delante un enemigo acorde a la categoría del matador, pero cuando Castella le recibió de muleta y le desengañó en tres pases de tirón mandones y algo violentos, todo el castillo de naipes que había construido Chacón se vino abajo, el toro se quedó en nada, mostrando su auténtica cara cobardona y parada y con ese cambio de actitud se diluyeron las esperanzas de poder ver la ambición de Castella frente a un toro que no fuese uno de carril como el del día anterior.

De Urdiales anotamos un natural sublime en su primero, que es en el toro que medio quiso ponerse. En el segundo abusó de las ventajas, del toreo por afuera, del abismo entre su cuerpo y el viaje del toro y demás triquiñuelas del neotoreo. En esta extraña temporada madrileña de Urdiales no puede decirse que haya refrendado nada ni justificado sus tres actuaciones en San Isidro, pues la cosecha que ha agavillado en Las Ventas es de lo más magra. Tiene ambiente a su favor en Madrid, cosa indudable, es un torero bastante conocido y todo el mundo sabe de sus virtudes y de sus carencias. No debería perseverar en la locura que le han metido de que él, que es un buen torero, es un gran artista, como quien dice el Morante del Cidacos.

Y para acabar, los toros. En presentación, nada que decir. Corrida vareada con trapío y seriedad, que no es necesario echar arrobas de carne, pues la seriedad no la da la báscula. Y dicho esto, anotar lo descastada que ha salido la corrida. Bien es verdad que el descaste de estos no es como el de los de ayer, ya que estos pueden presentar comportamientos más cambiantes. En cualquier caso no creo que Adolfo Martín haya quedado contento como ganadero ni como aficionado.

Lo peor de la tarde ha sido ver cómo se retrepaba al palco venteño el señor don Javier Cano Seijo, pañueleitor, el que da vueltas al ruedo a toros de los Hermanos Lozano cuando a él le viene en gana. ¡Y nosotros que nos creíamos que no le veríamos en el Palco porque ya había dimitido! Nunca es tarde, don Javier, presente un escrito de dimisión de los que hay en El Rincón del Vago y olvídese de esto de los toros... ¡Total! ¿A usted todo esto qué más le da?

Gayola de Escribano

Adolfo

Ni fu ni fa de Le Coq

Descastados, a su manera