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martes, 8 de febrero de 2011

Dios nos asista: Victorino, vinatero

La viña del Señor


José Ramón Márquez

Ahora parece ser que Victorino se mete a la cosa del vino. Al olisqueo del vinillo, que si el tanino, que si el afrutado, que si el aroma de moras o de casis, que si el retrogusto, que si la maceración, que si las viñas viejas, que si el chardonnay... Vamos, todo ese detestable mundillo que popularizaron las páginas de El País Semanal, cuyo único fin era el de elevar los precios del vino hasta la estratosfera a base de denostar al sufrido Valdepeñas y de sacarse de la manga las paridas del enólogo para embaucar a las buenas gentes. Paridas del enólogo para entrecerrar los ojos en la delectación de un caldo al que se le da crédito, la mayoría de las veces, por lo que pone en la etiqueta y por los euros que cuesta, elevando el hecho de tomarse una copa -el chato debe ser abominado y desterrado, por vulgar- a la categoría de hecho cultural de altos vuelos.

Porque el vino, por lo que a mí me parece, creo que lo puede criar cualquiera, siempre que no falle con la elección del enólogo de marras, puesto que en los sitios donde se producían los vinos más horribles e intragables de España, sitios como El Priorato, Toro, Cuenca o Madrid, resulta que ahora se hacen unos vinillos de no te menees, desde que echaron de allí a los que lo hacían a base de refranero y contrataron a los que lo hacían con estudios, que ése es el truco del vinillo.

Y resulta que esto es justamente lo contrario del caso de los toros y de Victorino en particular, que él llegó a la ganadería sin estudios y gracias a su innato conocimiento, a su astucia y a su inteligencia nos ha obsequiado con algunas de las mejores corridas de toros que hemos visto y con una cantidad ingente de toros sueltos, uno por aquí, otro por allá, que quita el hipo. Pero ahora, cuando el viejo anda ya un poco tocado de la salud y los estragos de la edad comienzan a hacerse presentes, llega el hijo con sus estudios a reliar la ganadería y a meterse a bodeguero, como los señoritos del sur, sin entender de lo uno ni de lo otro. Los nubarrones que se ciernen sobre la A coronada se acrecientan a medida que la salud del viejo carnicero de Galapagar es menos firme. La tontería ésta del vino no hace sino aumentar nuestra preocupación.
¿Qué vino como este toro?
¡Ay, si a Tomás le gustase el morapio!
(Victorino 2009 para Urdiales)