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lunes, 31 de enero de 2011

La tarde en que Paula inmortalizó a Martínez Benavides


José Ramón Márquez

Leo en Burladero que la ganadería de Martínez Benavides ha sido enviada al matadero. Bueno, en realidad la ganadería era, según informa la Unión de Ciadores, de una sociedad anónima llamada Avadar y el nombre de la misma era el de ‘Toros de Benavides’, aunque mantenían la divisa, el hierro y la antigüedad.

En realidad, no es que esta ganadería fuese particularmente especial; era por entonces un cruce de Urquijo-Murube, y se vio anunciada bastante como sobreros en Las Ventas en la época de Manuel Chopera, el auténtico, ese gran empresario.

La fama ganadera de Martínez Benavides viene de la tarde del día 28 de septiembre de 1987, en la que el toro Corchero, negro, número 59, saltó al ruedo en sustitución de un Rompelindes, número 23, cárdeno bragado y meano, de Joaquín Buendía Peña, que era la ganadería oficial de aquella tarde. Le tocó torear a aquel toro a Rafael de Paula, que llegó al cartel en sustitución del imprescindible Julio Robles, y con él hizo el Paula la que hasta hoy es su única faena en Las Ventas, con la que consiguió transformar a la plaza de Madrid en un auténtico manicomio.

Como me niego a mirar esas cosas del yutube, para que no me estropeen el recuerdo, tengo para mi que el Corchero fue un toro de una extraordinaria nobleza en la muleta, que ni blandeó ni se cayó y que sirvió perfectamente para que el gitano mostrase, al menos una vez en la vida, su forma heterodoxa e imposible de interpretar el toreo en una faena frágil como de cristal, sin pies ni cabeza, sin orden interno de ninguna clase. Faena inolvidable, contradictoria, cargada de intensidad y de defectos. Maravillosos fuegos artificiales; fantasía única, inspirada e irrepetible tarde de toros en la que, junto al de José Manuel Soto Moreno, Rafael de Paula en los carteles, quedó para siempre grabado el nombre de Martínez Benavides junto al de aquel Corchero cuya bondad le llevó incluso a echarse cuando ya planeaba fatalmente sobre la plaza enloquecida -¡Torero, torero!, gritábamos como poseídos- la sombra del tercer aviso.