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domingo, 6 de diciembre de 2020

Indignación

 

Abc, 29 de Agosto de 2001

Ignacio Ruiz Quintano

Cuando Julio Camba se dejaba caer por Londres, leía los periódicos, se tumbaba en un diván y, medio dormido, medio despierto, España se le aparecía como un hombre muy pequeño que se mordía los bigotes haciendo muchos gestos, que soplaba, que tosía, que se daba un puñetazo en el hongo y se lo abollaba de un modo lamentable, que le tiraba un puntapié a una mesa y se estropeaba el pie y que, por fin, rendido, extenuado y sin haber conseguido nada de provecho, se dejaba caer en una butaca. En resumidas cuentas, la indignación española. Y hay que ver cuánto ha cambiado España.

Con relación al inglés o al alemán, el español le parecía a Camba un hombrecillo débil y violento, uno de esos cascarrabias chiquirritines, con los ojos saltones y los bigotes revueltos, que asestaban puñetazos heroicos a las mesas de los cafés y luego comenzaban a dar gritos porque se habían hecho daño. «¡Vamos a hacer! ¡Vamos a acontecer!» ¿Quién le hace caso al cascarrabias consuetudinario que vocifera, en una indignación continua, desde por la mañana hasta por la noche?

La verdad es que el español de ahora sigue indignándose como el de antes, sólo que, si el español de antes resolvía su indignación abollándose el hongo, el español de ahora prefiere resolverla abollándose directamente la mollera. Es un nuevo clima intelectual que propicia la controversia, y no lo digo por la suscitada con Eva Sannum, intelectualmente comparable —la controversia— con la que históricamente sir Robert Filmer y John Locke, quien hoy, por cierto, cumple trescientos sesenta y nueve años. El viejo Filmer se había inspirado en la Biblia para escribir el «Patriarca» en defensa del poder absoluto de los reyes, y el joven Locke, para refutarlo, tuvo que emplearse a fondo con un tratado sobre el gobierno civil que constituye el fundamento teórico del liberalismo. Y ya ven: no hay hoy español que, con tal de no pasar por ictiosaurio, no se reclame liberal «avant  la lettre».

Claro que, como dice mi ensayista, ahora debemos plantearnos honradamente esta cuestión: ¿Qué indignación tiene derecho a ser más profunda  y sincera: la del liberal que se encuentra con un ictiosaurio en nuestros días, o la  del ciudadano que ve salir de una revolución aquello mismo que provocó el disgusto de los que la hicieron? Hablamos, por supuesto, de Gescartera, ese fenómeno político que nos aparta del nuevo clima intelectual para devolvernos al viejo clima moral: el de tantos pobres hombres de ayer por la tarde que hoy aparecen sin  razón conocida disfrutando de las voluptuosidades de una vida fastuosa.

Ya sabemos que un partido, como tal partido, no realiza acciones incorrectas, porque, vamos a ver, ¿cuándo se ha visto que un partido, como tal partido, haya sido sorprendido llevándose un gabán que no fuera suyo? Celia, la ministra, lo advirtió un día en la carnicería: «No fiarse de las gangas». Pero lo menos que la llamaron fue Casandra de mal agüero, porque, después del cataclismo socialista, parecía imposible que los viejos negocios pudieran continuar en el nuevo clima moral. Ésta es la causa de la indignación que levanta el gescarterianismo, resumida en la consigna «caiga quien caiga», que no es más que eso, una consigna que no da ni para abollarse el hongo.

La frase «caiga quien caiga» tiene tan poca altura que, al final, caiga quien caiga, no se hará daño. Yo, cada vez que la oigo, me acuerdo de López Nieto, arquetipo de la indignación arbitral, que le da al mundo el espectáculo de uno de esos hombres irritables que se pasan la vida gritando sin ton ni son y moviendo los brazos en el vacío, caiga quien caiga: en Valencia, en lugar de Albelda, que era el que daba las patadas, cayó Figo, que era el que se las llevaba. También me acuerdo de Jesulín, el de Ubrique, que es nuestro Wittgenstein, pues posee esa habilidad wittgensteiniana para combinar la brillantez y la irrelevancia que tanto irrita. Y Jesulín dice que él siempre dice una cosa: el dinero lo tuvo que inventar un tío malo, «mu» malo, como el que inventó el alambre de espino. Ahora, vayan ustedes a buscarlo.

 

 

Jesulín

¿Qué indignación tiene derecho a ser más profunda  y sincera: la del liberal que se encuentra con un ictiosaurio en nuestros días, o la  del ciudadano que ve salir de una revolución aquello mismo que provocó el disgusto de los que la hicieron?