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jueves, 17 de diciembre de 2020

Catalán en la exterioridad

El catalán como koiné

 Hughes

Abc


 
Genialidad del consejero de Castilla y León que ha roto a hablar catalán para ver si la ministra del ramo se apiada y suelta los euros.

Gran genialidad pasarse al catalán, convirtiendo ese idioma en lengua común para la liquidez, lengua de tesorería. Esto deja muy atrás el “catalán en la intimidad” de Aznar. Lejanísimo queda, muy pobre y colonial. ¿Cómo que en la intimidad? El catalán, en la exterioridad.


Y esto sugiere cosas. Por ejemplo, un uso del catalán como lengua administrativa preferida por el ciudadano. Entre echar una instancia en español y echarla en catalán, ¿qué tendrá más efecto?

La salida del político nos permite imaginar al catalán convertido en lengua oficial en todo el país. Catalanizarnos por picaresca, por pujolsismo (de Pujols, no del molt honorable). Esto le daría una dignidad nueva a pedir la paguita, cada uno la nuestra.

Se convertiría así, como dicen los catalanistas, en lengua del Estado, del Estat (sustituyendo así al “Estao” entrañable, familiar y muy superado del socialista andaluz). Pero me disperso. El catalán sería, siguiendo a este político listo (¡seguro que no es Casadiano!), una lengua estatal, adoptada por el estamento político para lo suyo, para sus cosas. La clase política, lejanísima incluso en español, rompería a hablar en la lengua de Carner. Total, qué más nos da. La partitocracia asumiría, en supremo encaje de bolillos, en más allá rococó de su ser-casta, el catalán como lengua, lo borbonizaría y afrancesaría, lo haría herramienta estatal y liberalia. ¡Lengua de poder y del funcionariado!

Que junto a los temas de Igualdat, en los temarios de las oposiciones hubiera que acreditar un nivel mínimo de catalán. Mil veces más grata sería como rueda de molino que la farfolla ideológica. El catalán sería la lengua politicona fuerte en comisiones, subcomisiones, juntas, parlamentos, conferencias interterritoriales, diputaciones, cabildos, consejos, y demás biología del cargo.

¿Y si el afrancesamiento oficial, ya que no el francés, se inventase el catalán como lengua ilustrada y liberal y abandonase el español para lo exclusivamente popular? (El reguetón, Telecinco y las novelas de Prisa y Planeta, mayormente).

¿Y si el parasitismo político estatal cogiera la lengua que más virtuosamente se ha utilizado para esos efectos? ¡Como un nuevo “dolce stil novo” de la clase política con el que comer dulcemente la oreja en Madrit! ¡Petrarquismo de la seducción presupuestaria! ¡Decir si us plau con acento de Jaén! Ah, convertidos así en nuevos trovadores de lo político-presupuestario, en poetas consumados de la transferencia, los diputados darían lustre verdadero a los palacios administrativos de lo federal. Sonarían arpas nuevas, provenzalismos de la gobernanza.
 

Que este Estado federalizante adoptase esa bella lengua como suya, lengua que mayormente dominasen ellos, ¿no perfeccionaría y blindaría el edificio autonómico? ¿No lo coronaría? ¿El catalán como koiné del oficialismo confederal?

La del político no va tan desencaminado.