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viernes, 18 de diciembre de 2020

Copa sin sustancia

 

Autobús del Albacete en República Argentina

 

Francisco Javier Gómez Izquierdo

      Somo legión los pueblerinos a los que nos gusta el fútbol. Cierto es que no lo vemos como los aficionados de ciudades como Bilbao, Valencia ó Sevilla, orgullosos y altaneros en su militancia y que a veces nos molestamos por cómo nos lo explican los periodistas de Madrid y Barcelona con los que no se puede hablar porque todo lo saben y toman nuestras apreciaciones como disquisiciones de infelices que no entienden (entendemos) el negocio. Los pueblerinos a los que nos gusta el fútbol sabemos de sobra que no hay negocio más grande que el fútbol y que el Lucena, el Villacarrillo o el Amorebieta... o mi Burgos y Córdoba de hogaño, no van a repartir nunca "el bacalao".


      No hace falta que nadie nos convenza de lo evidente, pero hay una competición, la Copa del Rey, a partido único, que suele dar disgustos morrocotudos a los soberbios y alegrías extraordinarias a los modestos.  Un servidor cree que en realidad los que mejor disfrutamos del fútbol somos los pueblerinos pues acostumbrados a partidos nefastos somos incapaces de reprimir la euforia en las contadas tardes buenas en un curroromerismo difícil de explicar a los profanos. Los grandes equipos tienen tantas obligaciones que siempre fallan en alguna. Cuando ganan porque no juegan bonito y cuando pierden... porque no saben asimilar las derrotas. La Copa del Rey es una competición que incomoda sobremanera a los grandes y entusiasma a los jugadores y aficionados de clubes modestos. El partido de Copa es mucho mas emocionante que el de Liga y si se encara con cierta fortuna y una excelente predisposición de los jugadores el espectáculo está asegurado. La Copa es para ser vista "in situ", con bocadillo y bota de vino -la lata de cerveza sin alcohol, volcada en vaso de plástico que te venden en el campo ha desnaturalizado la fiesta-, rodeado de los fieles de siempre con una excitación que no acostumbra aparecer los sábados y domingos.
    

Los que ni soñamos que nuestros equipos jueguen Champions ni Uefas, enloquecemos con la Copa y volvemos eufóricos a casa si hemos doblegado a nuestro Goliath del sorteo. La Copa necesita cánticos y alborozo en las gradas porque está pensada, sobre todo a partido único, para el aficionado de pueblo y provincias. No creo que haya habido Copa más triste que ésta que empezó el martes donde en casi todos los campos admitieron a unos pocos espectadores que pudieron disfrutar de la posibilidad de una hazaña y la contemplación de peloteros internacionales. En El Arcángel entraron 400, y en El Plantío, mil, en una disparidad de criterio que me es imposible entender, pero que sigue desangelando un graderío que con tan poca gente más parece entrenamiento que competición.
    

Tan sin sustancia además de costosa es esta Copa, que la única sorpresa llamativa nos la ha dado el Mirandés, un clásico de los últimos años, que ha caído en Las Rozas, club que hace unos días despidió a Iván Helguera que por lo visto se ha sacado el título de entrenador para matar el gusanillo. Que Cartagena, Logroñés o Ponferradina caigan ante equipos de inferior categoría -Pontevedra y Amorebieta son claros aspirantes al ascenso a 2ª- no nos debe extrañar, pues para la mayoría de los clubes, éste año la copa es un "marronazo".
      

Burgos y Córdoba, pasan. El Burgos ha podido con un igual, el Andorra de Piqué, y repite equipo catalán en el Español de Raúl de Tomás en siguiente ronda. El Córdoba ha eliminado al Albacete que en su 80 cumpleaños debe centrarse en mantenerse en 2ª si no quiere caer en un pozo del que no veo capacidad para alejarse. Nos ha salido la bola del Getafe al tiempo que  don Rubiales pone un caramelo de la Supercopa en El Arcángel que podría haberse ahorrado. Ése Barcelona-Real Sociedad para después de Reyes seguramente sin público y con listas de muertos en los telediarios, es faena que no se hace a la gente de provincias y menos a un servidor que estuvo aquel 80, también terrible, gastando las gradas de un viejo Atocha que ya las tenía como escaleras de campanario de iglesia medieval.

 
      ¿Y cómo se explica ese empezar una Copa sin acabar la anterior?