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jueves, 9 de abril de 2020

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 15

 Pajarera de la Villa Borghese


Jean Juan Palette-Cazajus

Me da por pensar en la total ausencia de indígenas en las iglesias que hemos visitado. ¿Desmoronamiento de la práctica religiosa, en la Roma papal como en todas partes? O más bien esté ya muy adelantada la inexorable desaparición de los autóctonos,  ya habitual en los barrios históricos de las viejas ciudades europeas. Sin duda ambas cosas. Por no hablar de las letales metástasis del cáncer Airbnb. Ciertamente había mucha gente el otro día en Sant’Agnese, pero aquello era sobre todo un espectáculo. Las guías son tan convencionales y unánimes en hablar de las 900 iglesias de Roma que cabe dudar de la cifra. Por lo visto la diócesis «solo» habla de 421. El número seguiría siendo enorme para una urbe que en sus mejores tiempos no pasaba de 120 000 habitantes. Con pretexto de victorias militares, concilios y otros acontecimientos especiales, cualquier prelado o prócer decidía estirarse y levantaba una iglesia. Las iglesias, también los palacios, de Roma son los testimonios de las más terribles batallas de egos y ambiciones que conocieran los siglos. Podríamos pensar que los promotores no actuaban tanto movidos por un sentimiento local como por la perspectiva del engrandecimiento ecuménico de la capital del Catolicismo. Desgraciadamente existen suficientes testimonios históricos que permiten hablar de un verdadero «aldeanismo» romano a lo largo de la historia.

 Eneas y Anquises

Metido en harina, por qué no ponerme a evocar también las minuciosas definiciones postridentinas de los dogmas más enrevesados, basados en conceptos fuera del alcance de la mayoría de los fieles. Piénsese en el debate «crucial» entre «consubstanciación» y «transubstanciación» en la Eucaristía ¿Cómo se hacía para conciliar aquellos rigores con tan absoluta teatralización mundana del catolicismo? ¿Acaso tenían fe todavía los cardenales del siglo XVII? ¿Fue a partir de entonces el catolicismo otra cosa que una ideología políticocultural? Drama inherente al catolicismo fue el tiempo gastado en reprimir las dudas que su propia naturaleza suscitaba. Aquella época fue la del «desencantamiento del mundo» como decía Max Weber. Marcel Gauchet usó la expresión para titular el libro donde definía el catolicismo como la religión que permitíó salir de la religión. Al fin y al cabo dudar es una actividad típicamente católica. Compárese si no con los rudimentarios neoevangelismos actuales entre cuyos seguidores ha desaparecido toda tentación de la duda, que pensábamos tan necesaria para la mente humana como la penicilina para los toreros. Tras enviarle algunas fotos, una amiga me preguntó si yo estaba redescubriendo la espiritualidad. Me quedé pasmado al darme cuenta de que la palabra espiritualidad era de las pocas que jamás se me habían ocurrido, estos días, a la salida de una iglesia romana. Lo cual tampoco es preocupante si se piensa en esas personas que dicen estar «descubriendo» o «redescubriendo» la espiritualidad, o las «espiritualidades» como prefiere decirse hoy. Suele significar que están en busca de una medicación que las libre precisamente de la vida del espíritu y sus congojas. En todo caso, a título provisional y circunstancial, uno puede quedar conforme con el punto de vista de Stendhal : «Los jesuitas de manga ancha, las indulgencias, la religión tal como era en Italia hacia 1650 dan mucho mejor resultado para las artes y la felicidad que el protestantismo más razonable. Cuanto más razonable este, mejor acaba con las artes y la alegría».

 Plutón, Proserpina y... la tormenta

Reemprendida la marcha por el parque, cruzamos un puente que salva una trinchera por donde discurre el tráfico. Reconozco el muro de la izquierda, sombrío. Es el famoso «Muro torto» , o sea el muro infausto, un resto de muralla de la época republicana luego integrado a la muralla aureliana. Espantó durante siglos a los romanos que temían las almas errantes de los ajusticiados, suicidas o prostitutas, tradicionalmente sepultados en sus inmediaciones. Hoy sirve de contención al parque, para mí excesivamente asfaltado. Ni siquiera la contribución ubicua y generosa de los pinos logra compensar los excesos viales. A punto de llegar a la Villa Borghese, sorprende la «uccelliera», la pajarera mandada construir por el cardenal Scipione Borghese en 1617 para exhibir sus numerosos volátiles. Es un fascinante capricho arquitectónico, de atrevidos quiebros, rematado con grandes jaulas de rejilla metálica a modo de cupulillas. Brinda un acceso privilegiado a las mentalidades y a la manera de solazarse en aquellos años. La villa Borghese, es una versión reducida y modesta de la cercana y fastuosa Villa Medici. Faltan unos minutos para la visita.

Todo menos una falta de tacto

Nada más entrar en la primera sala, queda uno impresionado por la magnificencia del marco: mármol, pilastras, cornisas, techos pintados al fresco, estucados.  Abruma darse de narices con los varios Caravaggio, el precoz «Muchacho con un cesto de frutos», un San Juan Bautista, el Retrato del papa Paulo V,  etc. Me fascina la belleza casi contemporánea de la «Madonna de los palafreneros», la fisicalidad del pie de la virgen que ayuda al hijo a aplastar la serpiente del pecado. Todo aquello rebosa vida, la hembritud de la virgen, el niño Jesús sanote con la pilila al aire y ...la propia serpiente. Comparto la sala con una profesora alemana y un grupito de alumnos. En la planta baja están preferentemente la estatuaria antigua, renacentista, barroca y ... Bernini. Ya me iba quedando atrás cuando, de la sala siguiente, llegaron voces destempladas. La causante, objeto y víctima de la bronca era mi hermana, transgresora de  la prohibición de fotografiar. Podía entenderse la espontánea tentación de «apoderarse» de la serie de extraordinarios Bernini, el «David con la honda», «Apolo y Dafné» o el virtuosismo ascensional de los cuerpos superpuestos en el grupo de «Eneas y Anquises» que parece desafiar los límites de la técnica. Pero aquello queda tal vez superado por el impulso giratorio y las complejidades formales del «Rapto de Proserpina», a manos de un Plutón poco sensible al «no es no» y que deja los dedos marcados en la tersura perfecta del muslo de la diosa (¿Me acusarán de incitar a la violación si digo que nada hay más tórrido que el erotismo del cuerpo de Proserpina?).

La Verdad desvelada

En Bernini, más allá de la forma, el mármol transmite el tacto, más allá de apresar el movimiento, perpetua hasta ampliarlo el sentimiento de su continuidad. Y como apartada en un rincón, tal vez por demasiado exhibicionista y turbadora, tropiezo con «La verdad desvelada», con la que el artista, aquí casi irreconocible, se adelanta siglo y medio a cierta carnalidad naturalista y parece presentir a Rodin. A su lado, el sensualismo pulcro y lánguido de Canova en la recostada «Venus victrix» nos resultaría almibarado si no fuera por el tufillo morboso de saber que estamos contemplando la poliamorosa Paulina Bonaparte, esposa volátil de Camilo Borghese y hermana predilecta de Napoleón. Entre la muy rica colección de lienzos de arriba está la «Dama del unicornio» de Rafael, también el particular esfumado de la «Danae» de Correggio, también  el «Amor sagrado y Amor profano» de Tiziano, con su enunciación de la paradoja neoplatónica (el amor sagrado es la señora desnuda, como la idealidad; el amor profano, la señora que cruje bajo las sedas mundanas), también... Mejor dejar de enumerar. Por la puerta abierta del taller de restauración entrevemos la excepcional «Deposición de Cristo» de Rafael. Ya nos van echando. Las dos horas han pasado volando, frustrantes e insuficientes, entre suntuoso palacio y suntuosa colección. Y eso que, en 1807, el marido de Paulina había quedado poco menos que despojado por su cuñado imperial de una parte considerable de la colección.

Paulina Bonaparte-Borghese, por Canova

Salimos andando hacia la Porta Pinciana. Terminaremos bajando por la Vía Veneto. El otrora mítico Harry’s Bar parece animado. Hace muchos años que el resto de la avenida ha sustituido los fantasmas fellinianos por cafeterías asépticas y hoteles de lujoso diseño mundializado. El ambiente es despoblado y mortecino.  Menos mal que una vez abajo, solitario en medio de la desangelada plaza Barberini, nos espera el torso enérgico del «Tritone» de Bernini soplando a todo pulmón en su concha. Casi llega a imponer su protagonismo al carrusel circulatorio. La fuente es demasiado valiosa para tan inhóspito marco. Así parece ratificarlo, detrás de ella, en la última planta del hotel epónimo, el gran fluorescente que proclama escuetamente : «Bernini». Pero la zona es ruidosa y poco acogedora y terminamos abandonando cobardemente «Il Tritone»  a las manadas motorizadas.

 Rafael en la UCI

Ponemos rumbo pedestre hacia una trattoría de la que tenemos excelentes referencias. Está situada casi enfrente de la imponente fachada gris del «Palazzo della Cancellería», armónicamente regulada por la pureza de su decoración renacentista. Fue el primer edificio del nuevo estilo en Roma y pregona su filiación florentina. Ya accedimos estos pasados días al impresionante patio interior, con su triple altura de arquerías que exhiben claramente la firma de Bramante. A pesar de las grandiosas dimensiones, preserva todavía la juvenil frescura de la nueva arquitectura. El travertino que da su color a la fachada, lo mismo que las columnas del patio, proceden de la generosa despensa antigua. El palacio sigue siendo sede de importantes instituciones vaticanas. Lo fue del Parlamento de la efímera República Romana, en 1849.  Sorprendentemente, por otra puerta del edificio se accede a la hermosa basílica de «San Lorenzo in Damaso» totalmente integrada al palacio. También preserva el espíritu de Bramante. Es un templo humanista, libre de lastre ornamental. Sus volúmenes emanan armonía y dicen todavía la confiada ordenanza renacentista del mundo. Esta  noche, tomaremos un Félsina Berardengo, 2016. Es un Chianti Classico 100% uva Sangiovese. Salió muy correcto, sin duda todavía un poco joven pero más renacentista que barroco como cabía esperar.

  Bernini, off course