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lunes, 27 de abril de 2020

Centrípetos y centrífugos



Hughes
Abc

Como dirían ellos: el centro es una posición moral. En España se ha convertido en la ideología oficial subalterna y, en todo caso, en la ideología que le permite la izquierda hegemónica al resto. El centrismo (o, si se es carca, el “moderantismo”. Moderantismo es la palabra para el que no pudiendo o no queriendo tener aspecto de centrista –un aspecto, por ejemplo, de González Pons- quiere la suavización).

El centro es una zona de paso, es una zona de tránsito hecha lugar de asentamiento: allí coinciden los que van de la derecha a la izquierda, el corredor por donde acuden a recibir la bendición (cultural) de la izquierda, y donde pululan también los que, menos, van en sentido contrario. Condenados todos como estamos a la ignorancia absoluta por la educación prisaico-estatal, el que abandonó la izquierda tiene al menos un poder, un don que le distingue: es un avisado, un introducido en los misterios del racionalismo y cientifismo. Ese centrista estaba diseñado que fuera el límite, y lo es en cierto modo, que fuera el desafecto, el “traidor”, la figura del disidente solitario. Esta es la maravilla española: el centrista límite, el centrista como ser de frontera. ¿Y cómo es posible siendo centrista? Pues ahí está el “deliri” español.


Del Centro

Hay dos dinámicas centristas. El centrismo centrípeto, que va de la derecha a la izquierda; y el centrismo centrífugo, que va de la izquierda a la derecha. El centrismo centrípeto sería, por ejemplo González Pons. El centrípeto es, sobre todo, político, aunque también lo hay intelectual. Es la Semperidad, o la Gonzalezponseidad. El centrismo centrífugo es sobre todo intelectual, eminentemente intelectual, a veces la izquierda que reprocha a la izquierda española su iberismo: es el izquierdismo que se sale, los koestlers, esa figura que a partir de su disidencia será moderado incordio para el hegemón.


El centrismo español es tan rico que habría que empezar a clasificar y a precisar, porque diciendo centrista no se dice nada. Todos lo somos. Empezaría por decir centrípeto o centrífugo, según vengan o vayan. Unos suelen vestir de blanco (son de paz), otros de oscuro (en son de emboscadura). Por ejemplo, Pons no es ya un centrista, es un centrípeto.Así, la prensa dominical es un cruce de movimientos centrípetos y centrífugos.

Como es lo que toca ser, miro al Centro con curiosidad y cierta irritación, y observo cómo se adapta a esta Crisis del coronavirus. El centro es bifronte y siempre cae de pie. Fallo tras fallo, siempre resuelve su posición en una nueva postura adaptativa. Porque el centro es, como Platero, suave, tan blando por fuera que se diría todo de algodón, sin huesos. El deshuesado centro nunca es derrotado. Al no tener huesos no sufre fracturas. El centrista no sufre derrotas políticas que le llevan a la tristeza o a la depresión. El derrotado intelectual, con su grandeza, no es una figura centrista. El centrismo es un tránsito, una fluidez, una liquidez.

Para el Centro

El derrotado intelectual es superado por su tiempo, o es ignorado cuando su tiempo no le sigue. El centrista está siempre en el tiempo, en Su Tiempo. No tiene esos problemas utopistas o reaccionarios. Por eso no es una figura trágica, ¡aunque ellos querrán serlo! (el centrismo límite ofrecerá en España la posibilidad del centrismo trágico)

En esta crisis ha habido ya, además del antipedrismo furioso (antipedrismo en el que iguala o supera a la derecha, que es a la vez ultraderecha), algún indicio de respuesta centrista. Se escucha mucho en el centrismo que Vox y Podemos son dos formas de correspondencia (los populismos) pero quienes eso dicen, que pueden acertar, olvidan la correspondencia y colaboración entre su propio centro y la izquierda. La política de la Verdad, el concepto de bulo, fake y posverdad, la intromisión estatal en La Verdad es una política teorizada por el centro. Por el centro ideológico y periodístico, en entrevistas, artículos, think tanks y conferencias. Hay una continuidad entre los planteamientos del macronismo liberal europeo y lo que dice este gobierno. Redondo y Sánchez solo cogen lo que dejaron escrito los centristas y en su condición de grandes recicladores de textos ajenos lo usan (¿A que nadie en el periodismo español acude a comprobar a quién está “plagiando” Sánchez cuando habla de las Fake News? ¿Piensan realmente que eso sí es suyo?). Las sucursales españoles del macronismo nos instruyeron con este asunto y ahora que el asunto se manifiesta ¿qué hacen? Pues criticar al gobierno, por supuesto. Desde los minaretes del racionalismo y la ilustración alertaban contra el populismo, y ahora el gobierno, naturalmente, utiliza ese argumento contra “un populismo”, su populismo, la llamada ultraderecha, a cuya etiqueta, por cierto, contribuyeron de manera entusiasta los del centro y “centroderecha”. Sánchez no inventa nada. Sánchez, el intertextual, nunca inventa nada.

Iglesias, por cierto, usa mucho la expresión “escudo social”. El poder económico real tiene de escudo social a la cultura política socialdemócrata y a su establishment cultural. Y este mudo hegemónico tiene, a su vez, como un círculo concéntrico, el anillo periférico del centrismo. Por eso el centrista es el límite, y el centrismo español acoge esta idea con agrado: el intelectual centrífugo en las lindes del sistema, el Zweig doméstico que superó el izquierdismo a base de mucho leer los traumas del siglo XX, y que, estando de acuerdo en lo fundamental, se permite un aire reaccionario, aunque no mucho.

Desde Matrix, desde el diseño del sistema español, el centrista es esa figura, y por eso sus máximas representantes tienen un aire herético y escandaloso. Desde fuera de Matrix, solo ves un centrista, pero desde dentro es la figura-límite del intelectual incómodo, como una “excrecencia” de la propia ideología dominante que se soporta a duras penas.


Por el Centro

La última pirueta del centrismo va a ser descubrir los fallos del sistema del 78. Algunos fallos. Entre las muchas crisis provocadas por el coronavirus está la del Estado. No voy a repetir lo sucedido porque es conocido. Fallos de coordinación, de articulación, de distribución de competencias, disfuncionalidad (y sin-funcionalidad) y vetos de naturaleza “federal”. Ahora, cuando esto ya es innegable y el ejército es vetado por poderes del propio Estado, cuando se llega a esta ignominia a la que llamaremos “disfunción”, ahora nuestros queridos y admirados centristas, que son unos chicos listos pero con paradójico ritmo de niño tonto, caerán en la cuenta de que falla el Estado actual.
¿Y quiénes han defendido políticamente la crítica al Estado territorial del 78? Pues Vox y quienes no siendo de Vox, y desde posiciones de defensa nacional, criticaban la configuración del Estado Autonómico.
La crítica al Estado Autonómico ha sido antisistema, pero no el antisistema que otorga prestigio, sino el antisistema de la “ultraderecha”. Cuestionar el Estado Autonómico era contrario al 78, y por tanto nefando. Sacrílego. Perfectamente puede pasar, y pasará, que los de Vox se queden de últimos defensores del 78 y que esos centristas de fino olfato analítico les pasen ahora por la derecha criticando el Estado-social-y-democrático-de-derecho-que-con-la-Constitución-nos-dimos. ¡Todavía tendremos que ver cómo le hacen con esto mansplanining centrista a Macarena Olona!

Ahora, con decenas de miles de muertos y un desastre innegable (aunque nos lo negarán y hasta nos convencerán de ello), los amigos centristas van a llegar a base de sinapsis a la conclusión de que este Estado falla. A posteriori, claro, porque decirlo a priori era facha. ¡En España el a priori es facha!

Los centristas, ese último anillo tolerado por el gran anillo progresista que a su vez rodea al anillo duro del dinero, nunca pierden. Como esos círculos concéntricos funcionan como una rueda, como algo giratorio y dialéctico, siempre avanzan, son dinámicos. Sus opiniones son como los paraguas. Entran con las suyas en un fenómeno histórico y salen con las de otro. Da igual.