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jueves, 16 de abril de 2020

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) Episodio 17

 Sta Madella Vittoria

Jean Juan Palette-Cazajus

Sería fácil decir que la iglesia de Santa María della Vittoria es una bombonera. Lo que la escoraría  inmediatamente por el lado del melindre. Y sería injusto. Por otra parte, nada hay más prosaico que los matices del color marrón. Ni «pardo» ni «chocolate» ni «castaño» son palabras que despiertan algún tipo de ilusión cromática y no obstante es la gama a la que pertenecen los bellos y fastuosos mármoles que le dan excepcional calidez e intimidad a esta iglesia. Luego hay capiteles y casetones dorados. Y una bandada de ángeles de estuco blanco revoloteando cual gorriones debajo de la bóveda pintada. Falta el canto de un duro para la cursilería pero no se franquea. Aquí se podría tomar el té, finamente y a gusto. Luego la sintaxis barroca alcanza su plenitud en el altar, mejor dicho el teatrillo, de la capilla Cornaro: convexo, con un fronton quebrado, curvo, angular y nervioso, sostenido por un doble par de columnas corintias de mármol negro y jaspeado, que delimitan un escenario perfecto.  En ambos lados de la capilla hay excavados unos palcos de teatro desde los cuales los bustos del clan Cornaro contemplan la actuación de la Patrona de España y su querubín guasón, proveedor de placeres. «Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto».

Capilla Cornaro

Aquí, lo mismo que ante la «Pietà» de Miguel Angel, nuestras emociones no llegan vírgenes. Al igual que ciertos alimentos, llevan ya demasiado tiempo ultraprocesadas. No queda espontaneidad posible. Para qué repetir tautologías ya institucionales. Cuenta Stendhal que el día que se acercó a Santa María della Vittoria, un monje presente comentó que « “era grande peccato” que tales estatuas pudiesen representar tan facilmente la idea de un amor profano».  Baroja no se quedaba corto: «La santa es una muchachita preciosa, caída de espaldas en un espasmo sensual. […] “Es admirable – exclamó César – pero esta es una escena de alcoba en donde se ha escamoteado el galán”». Cualquier añadidura solo puede ser paquidérmica. Aunque solo fuese porque nunca se ha mostrado el lenguaje muy adecuado a la expresión y al comentario de ciertos estados, llámense orgásmicos o místicos. Y aquí la genialidad de Bernini consiste en la versatilidad multiusos de lo que nos ha dejado. En los libros de arte, las fotos de la cara de la santa suelen estar ventajosamente sacadas desde arriba. Pero desde aquí, el turista lambda, distante y al pie de la capilla, no alcanza a verle plenamente el rostro, a no ser la línea muy pura del perfil, de modo que cualquier morbo preconcebido puede quedar frustrado. Lo que se percibe perfectamente desde abajo es el 95% de la obra, es decir el vuelo de los pliegues del ropaje y el pasmoso desmadejamiento de la mano y el pie de la santa, verdaderos protagonistas del desmayo emocional.

 Teresa y Bernini

Teresa de Avila – al menos la de Bernini - reside aquí, en la «Vía Venti Settembre». La calle conmemora el día de la famosa brecha de Porta Pía en 1870, último día de la Roma papal y principio de la era capitalina. En tiempos de Stendhal, Sta María della Vittoria «era una de aquellas iglesias poco concurridas situadas sobre los altos de Roma». Las cosas han cambiado. Contiguo con la iglesia está hoy el ministerio de Agricultura y un poco más adelante el de Economía y Hacienda. Nosotros iremos en dirección contraria,  hacia el Palacio presidencial del Quirinale y nos tocará pasar delante del inmenso ministerio de Defensa. Es decir que estamos en el corazón del nuevo estado. Las dos iglesias que buscamos resultan un poco incongruentes en su actual entorno. Ambas sugieren el espacio abierto que todavía las rodeaba en el momento de su construcción. Disgusto: San Carlino solo abre por la mañana. Deberemos admitir que la cita con Borromini, estos días, ha resultado parcialmente fallida. Mi total, incomprensible, patológico olvido de Sant’Ivo alla Sapienza, a cincuenta metros de la Piazza Navona, pequeño prodigio de atrevimiento e imaginación me está persiguiendo. Tampoco fuimos al Palazzo Barberini a comparar la escalera que allí realizó Bernini, imponente, con la helicoïdal que hizo Borromini, genial. Al menos Sant’Andrea al Quirinale está abierta. Bernini siempre supo venderse mejor. Ya era mayor cuando diseñó la iglesia. Por lo visto la consideraba como lo más perfecto que había hecho en la vida. Juraría que tuvo en la cabeza la voluntad de elevar un Panteón barroco. El lujo de los mármoles de pilastras y estriadas columnas corintias, en cálida gama colorada, sirve una majestuosa  pero sobria organización del espacio, solo animada por unos pocos elementos sintácticos del barroco: frontones, personajes exentos de estuco. La inhabitual forma ovalada no predipone tanto a la oración como a una forma de recogimiento intelectual. El espacio, más que una iglesia, evoca un salón a la vez solemne, confortable y acogedor. La maestría técnica se concentra en la original e impresionante elipsis de la cúpula. Uno intuye incluso cierta voluntad de epatar. Para la óptima apreciación de su volumen y de su originalidad, Bernini la dispuso transversal al visitante, dilatando a ambos lados su atrevido óvalo.

 Sant'Andrea al Quirinale

Ya oscurece. Frustrada quedó la planeada despedida de la ciudad desde el Gianicolo antes de bajar a cenar al Trastévere. Llevamos andando todo el día y regresamos en autobús hasta la Plaza de Venezia. «Cesar cogió el tranvía en la Plaza de Venezia y lo dejó después de pasar el Tíber, cerca de la Vía delle Fratte» contaba Baroja. Vamos apretadísimos en el tranvía 8 con el cual haremos el mismo recorrido 110 años más tarde. Luego cruzamos el Trastévere por la Vía della Lungaretta y desembocamos, como imantados, en la Plaza de la entrañable Santa María. Hay luz. Están cerrando pero nos colamos un rato. Solo está iluminada la nave de la izquierda y el ábside donde vibra el colorido del mosaico. Las jónicas columnas romanas destacan, secretas y expresionistas, en el contraluz. Nos sentamos un rato. Curiosamente, los momentos que pasamos en Santa María in Trastévere  transcurrieron fuera de la «jornada laboral» del visitante escrupuloso y una vez aparcada mentalmente la obligación turística de «ver». De alguna manera logramos establecer así  una relación cercana a la intimidad, un poco a la antigua. Una relación contemplativa, casi osmótica. Una ruptura con la fugacidad insustancial de la «visita». Cuando los tiempos eran lentos, el viaje enriquecía y potenciaba la subjetividad. El ocio era sinónimo de disponibilidad personal. El tiempo del ocio programado equivale hoy a una nueva forma de actividad laboral. Determinado por su programa presuroso, el turista concienzudo, el trabajador de la visita, se enfrentará a la paradoja de tener que aparcar su propia subjetividad. Finaliza el entrañable paréntesis cuando aparece un joven sacerdote haciendo sonar sus llaves. Se ríe: «sembra que volete dormire qua».

 Cúpula de Sant'Andrea

Está lloviznando fuerte. Pese a todo nos acercamos simbólicamente hasta San Pietro in Montorio fundados, convento e iglesia, por los Reyes Católicos. La tradición situaba aquí la crucifixión de San Pedro. Alberga el canónico «Templete» con que Bramante, hacia 1502, estableciera la maqueta de todo futuro clasicismo renacentista. La presencia española es aquí secular y los claustros acogen la Academia de España en Roma. Justo detrás está el Liceo español Cervantes. Allí arranca también la «Passegiata del Gianícolo». Demasiado tarde para una despedida panorámica de la llamada ciudad «eterna», en realidad la que mejor encarna la transitoriedad de toda cosa.  Relucen los adoquines «sanpietrini» mojados por la lluvia como relucían el día de nuestra llegada. Pese a ser viernes, la lluvia le añade su melancolía al encanto pueblerino, casi abandonado, del Trastevere. Pocos barrios camuflan mejor su posmoderna sociología.

 Santa Maria in Trastévere 

Mis familiares han entrado en un comercio todavía abierto. Los espero apoyado en un viejo «nasone» y termino abducido por el interminable rebrincar del agua indiferente sobre la taza de piedra. Cientos de aquellas populares fuentes cilíndricas fueron sembradas por toda Roma a partir de 1874. El arcaico hierro colado del modelo estándar cuenta una paleometalurgía inmemorial. El agua sale, siempre libre, por el caño curvo que les valió el nombre de «nasoni», o sea «narigudos». Hubo intentos de ponerles un sistema de grifo: siempre fracasaron o fueron vandalizados. En todos los barrios, callejas y plazoletas de Roma, el inexorable sonido del agua recuerda una misma imposibilidad: ni a los «nasoni», ni al tiempo hay manera de ponerles grifo. ¿Y si los «nasoni» fueran lo que más acerca Roma a la eternidad? La ciudad eterna es la ciudad que no para de estar muriendo. La taza de granito enmohecido de mi «nasone» - compruebo fatalista - está muy desgastada por el obstinado repiqueteo del agua, alegre, monótono y letal.

 Sta Ma in Trastévere

Lloran los «nasoni» y llueve sobre Roma. No es cuestión de eternizarse buscando un restaurante. Optamos por una enoteca inmediata. El sitio resultará acogedor e incluso selecto en términos de atención ...y de precios. Con augusto gesto de la mano, aprendido de la reciente convivencia con los mármoles y los retóricos antiguos, convido mis acompañantes a una prometedora botella de Monchiero Carbone, un Barolo, vino de Piamonte prestigioso donde los haya. A pesar de la jarra de decantación, mi Barolo nunca despertará como esperado. Una despedida solo puede ser frustrante.

"Nasone"