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jueves, 16 de abril de 2020

Tiempo de caracoles

  Puesto de la Magdalena. Años 60

 La Magdalena. Cualquier año de estos

Puesto de Chinales, ayer


Francisco Javier Gómez Izquierdo

        “¿Cómo está la calle, Don Rafael”?, suele preguntar el preso con más de medio año sin verla. Si Don Rafael hila la hebra en el patio en relajada charlita, varios internos sacarán a relucir lo que más echan de  menos. “Fíjese usted qué tontería, estoy loco por sentarme delante  de  un cervezón y un vasito de caracoles en el puesto de la Cruz de Juárez”. O en la Fuensanta, en El Cairo, en la Torre de la Malmuerta, en Chinales...

       El preso de Córdoba, además de los socorridos “huevos fritos en aceite bien caliente con sus puntillitas y su pan de telera”, echa de menos los caracoles. Un placer simple y barato que añora cuando al atardecer en el talego toca la cena.
     
A mí no me llamaban la atención esos caracolitos en agua o esas modas de guisar las cabrillas a la carbonara y novedades extrañas, por haberlos disfrutado hermosotes de tamaño y con un  “moje” casi divino allá en Castilla, pero sentarse a las ocho, ocho y media, con  veintidós, veintitrés grados de temperatura, sin prisa para charlar mientras se sorben los bichitos y se encesta la cáscara en los baldes de la mesa es una maravilla que sólo se puede disfrutar en esta ciudad desde finales de febrero hasta casi junio.
     
No empezaba marzo aún cuando estuve hablando con un buen chico que se quedó parado y se enganchó como currante de ley  que es a “la temporada” de los caracoles en el puesto que hay junto a  mi casa. “Espero que no te fastidien con el coronavirus éste”, le dije cuando ya me maliciaba un futuro borrascoso.
      
Los caracoles de Córdoba es una industria que da vidilla a gente de empleos temporales y mucha alegría a una ciudad novia de la primavera, que empieza a dar envidia cuando por estas fechas las mesas se llenan de privilegiados que con poco dinero pasan ratos muy agradables ayudados del tiempo, el ambiente y la compañía. 
    
Fui un poco reticente a aficionarme al vasito de caracoles. Al principio de llegar me parecían sosos a la vista y agua sucia donde se amontonaban, pero me gustaba ir al rito imprescindible de todas las primaveras, que era sentarse en el puesto de La Magdalena. Ahora que se han multiplicado los puestos y los hay cada doscientos metros  ya hasta me bebo el caldo, pero tengo mis sitios favoritos. Uno es el de al lado de mi casa. Le dieron el primer premio hace dos o tres años. También paro en el de la torre de la Malmuerta y en el del Alpargate, pero ¡vamos!, no soy un experto. Entre los entendidos pasan los de El Cairo y La Magdalena como los más sabrosos y mejor guisados. 
       
Le contaba al muchacho que se ha quedado sin faena para estos meses el caso de la peste aviar de hace años cuando no se podían traer los caracoles de donde venían, que era de Marruecos. Un golfo hizo mucho dinero alquilando y llenando aviones con toneladas del molusco que descargaba en Portugal y desde Portugal, desde donde estaba permitido el tráfico de animales vivos, los suministraba en toda Andalucía.
    
La peste de ahora no da opción a nada y va a acabar hasta con la tradicional picaresca española.