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sábado, 18 de abril de 2020

VACANZE ROMANE (Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco) 18. Epílogo

 Tiempo muerto

Jean Juan Palette-Cazajus

El turismo de masas logró sustituir el concepto de viaje, que constituía una de las experiencias más subjetivas a que podía tener acceso el individuo, por un sistema de desplazamiento pasivo de los ejemplares humanos basado en los mismos protocolos de estandarización que permitieron la producción masiva de objetos industriales. La absoluta estandarización y depauperación terminaron definiendo también la propia experiencia de los individuos.

 Lo nunca visto

Piénsese un instante en nuestro comportamiento hacia los turistas que nos visitan. No los vemos; y si los vemos nuestra mirada atraviesa la transparencia de su inexistencia. Ellos interpretan, durante aquellos días de extrañamiento fuera de su biotopo habitual, un papel que los convierte para nosotros en zombies provisionales. Las nociones de «envase» y de «contenido» son correlativas pero inconfundibles. Dudo de su pertinencia aplicadas a las cosas humanas. Pero de haber alguna, diríamos que el turismo masivo se queda en una superficial aproximación al «envase» y en una fundamental ignorancia del «contenido». Coincidimos en el espacio/tiempo con aquellos seres invisibles, pero vivimos en mundos paralelos e incompatibles.

 Piazza del Pópolo desde el Pincio

También sabemos que los papeles son intercambiables. En cualquier momento podemos ser nosotros los turistas tópicos, los paseantes zombies y alelados, ajenos al contexto vital de los demás. Pero no todos los visitantes deben medirse por el mismo patrón. Algunos han sabido adquirir un singular conocimiento de las comarcas visitadas y de su cultura y acuden movidos por una meritoria empatía hacia ellas. En la plaza de toros el aficionado cabal pondrá su pundonor en evitar, mediante algún detalle de «enterao», que nadie lo pueda confundir con el espectador advenedizo y aborregado. Similar intento pundonoroso para desmarcarme de las hordas anónimas motivó el relato de mi estancia romana. Traté de pagar el peaje que da acceso al mérito individual

 Piazza Navona

Recuerdo haber estado en Venecia un Primero de Mayo de los años 90 cuando era alcalde de la baqueteada ciudad el filósofo Massimo Cacciari. Aquel día, entre manifestantes convocados por los sindicatos italianos y tsunami turístico, la ciudad sugería una tienda de porcelana invadida por un hato de elefantes y parecía a punto de quebrarse en cualquier momento. Para evitar semejantes situaciones sin recurrir a un arbitrario numerus clausus basado en el poder adquisitivo, Cacciari proponía que se sometiera todo posible visitante a una forma de examen que tuviera en cuenta sus conocimientos sobre la ciudad o sus esfuerzos por adquirirlos así como la autenticidad y la consistencia de su interés por ella. Yo esperaría unos segundos antes de soltar la carcajada del beocio. El máximo error de nuestro tiempo consiste en confundir la jerarquía con la desigualdad. Cuando es al revés: sólo hay igualdad cuando hay jerarquía. Entendiendo por jerarquía humana la de la calidad, de la capacidad o del talento. Cualquier otra modalidad pertenece a la etología animal. En cuanto al igualitarismo -perversión de la igualdad- es la tentativa desesperada de sustituir la jerarquía por el resentimiento y la ineptitud consideradas como un derecho inalienable. Con mi pequeño ejercicio quise comportarme como si hubiesen quedado universalmente adoptadas e implementadas las sugerencias de Cacciari. Aspiré para mi persona a un mínimo aprobado escolar que refrendara la legitimidad de mi presencia en el recinto de la Muralla Aureliana.

Somos difícilmente capaces de asumir en toda su dimensión el hecho de que, en la época de Stendhal, no hubiera ni cine, ni fotografía, ni radio, ni smartphone ni Google Maps. Ni siquiera resollaban todavía los primeros trenes de vapor entre Civitavecchia donde terminó cónsul y Roma. Pero sus ideas eran las de una modernidad intelectual que en buena parte sigue siendo la nuestra. Relatos como los suyos eran imprescindibles. Pero para ello, en la persona del viajero tenían que coincidir también el escritor y el talento para poder transmitir la experiencia. Aquella jerarquía del talento potencial quedó sustituida por el igualitarismo del potencial tecnológico, memorizado en los programas del smartphone. Algunos capítulos de los viajes italianos de Stendhal tratan de suplir las carencias de las guías de entonces. Hoy algunas guías exceden las exigencias del visitante más culto y refinado. Hoy, con Google Maps, es imposible extraviarse un solo instante. A cambio queda esterilizada toda aprensión subjetiva de los lugares y reseca la intuición o percepción personalizada del espíritu que los habita.


De modo que resultarán evidentes el anacronismo y la absoluta inutilidad de mi empresa. Además de su carácter heteróclito: hablo de todo, y sobre todo aquello de que hablo son incontables quienes ya lo han hecho de forma más experta y legítima. Pero fui compasivo con el lector: lo publicado no llega ni a la mitad de lo escrito.  El subtítulo se lo robé a Montaigne cuyo mérito histórico fue erigirse en prototipo de la nueva subjetividad del individuo premoderno, escéptico y deseoso de pensar sin la muleta de los dogmas. «Sé de qué huyo pero ignoro lo que busco» viene a significar que mayor aventura e incertidumbre cabe encontrar en los vericuetos de la interioridad humana que en todo el ancho mundo. La condición de legibilidad de mi relato depende exclusivamente de esto, de que pueda considerarse como un diario de sensaciones. En esto consistía lo mejor de la lección stendhaliana. Si no hubiera estado lloviendo aquel día, como él me habría sentado en las gradas de San Pietro in Montorio para divagar una hora o dos: «Ya va siendo hora de conocerme a mí mismo. Quién he sido, quién he llegado a ser. La verdad es que soy incapaz de decirlo».

 Panteón

El primer episodio se publicó el día 9 de marzo. Ya se venía mascando la tragedia. Conforme fueron pasando los días y se ennegrecieron los cielos, este dietario me vino pareciendo cada vez más extravagante y llegué a preguntarme si no resultaría también algo indecente. Me tranquilizó un poco el comentario de una persona que sorprendentemente me hizo saber que yo le entretenía un poco la rutina del confinamiento. Intuí así la sorprendente posibilidad de que la tragedia común y la desaparición del mundo de «antes» les confiriesen tal vez a mis disquisiciones un espesor nostálgico y utópico al cual nunca podían haber aspirado por méritos propios. 
A decir verdad, estas «Vacanze romane» se escribieron pensando sobre todo en dos mujeres excepcionales a las que me une una muy larga complicidad vivencial y estética. La plaga siniestra acaba de matar intolerablemente al marido de la primera y ha segado la entrañable y admirativa amistad que yo tenía con él. La segunda lucha día tras día desde su casa para tratar de salvar su empresa de una muerte anunciada. Ninguna está para frivolidades. Ellas saben que lo que llamábamos «vida normal» era un lujo usurpado.

Pd. El Ángel Exterminador que corona el Castel Sant’Angelo envaina la espada de la peste. Aquel crepúsculo, estuve fotografiando el destino.

El Ángel Exterminador