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martes, 5 de febrero de 2019

La crisis actual del patriotismo español (3 de 5)


 Sagasta, el turnismo y el pucherazo
Caricatura de Moya


PRESENTACIÓN DE JEAN JUAN PALETTE-CAZAJUS

Son a la vez profundas, contradictorias, acertadas, erróneas, anacrónicas, proféticas, las aserciones del gran agitador de conciencias que hoy tocan. Requieren precaverse contra cualquier atolondrada y pretenciosa exégesis. Bastará con la lucidez del lector. 

Empieza el texto con la evocación del lamentable “turnismo”de la Restauración, de la comedia seudoparlamentaria representada por el bipartidismo dinástico, siempre temeroso del aliento castrense en su cogote como recordábamos en el primer capítulo. Aquella inanidad política, aquella inoperancia histórica fueron coartada y pábulo de los separatismos.

Buena parte del texto de hoy está dedicada a la exaltación de un voluntarismo “centrípeta” susceptible no solamente de contrarrestar, sino de invertir la fatal tendencia centrífuga que lacera la nación española. Escrito en 1905, el artículo no podía anticipar que la agresión a “Cu-cut”  iba a propiciar la arrolladora victoria catalanista en las elecciones de 1907. A partir de aquellas fechas empezaría la paciente construcción política, histórica, lingüística y psicológica del artefacto  llamado “nación catalana” cuyas más recientes peripecias contemplamos todos los días.

La cultura histórica y filosófica de Unamuno era  muy excepcional en la España de su tiempo. No por ello podía anticiparse a la tendencia histórica  hoy dominante en los estudios sobre el concepto de nación y apenas anterior a la década de los setenta del pasado siglo: toda nación suma a la vez invento, construcción, artificialidad, a más de una buena dosis de aleatoriedad histórica. Algunas son más antiguas, tal vez incluso más lógicas y razonables, pero la historia demuestra que a mayor novedad y artificialidad, más ardoroso es el sentimiento nacionalista de sus adeptos conforme a la bien conocida fascinación comercial por toda novedad de la oferta. Lo que sí intuía Unamuno era que, apenas lanzado el proceso, la hoguera nacionalista se retroalimenta inexorablemente con el funesto combustible del odio recíproco entre quienes van dejan de ser compatriotas.

En aquel discurso de los Juegos Florales bilbaínos de 1901, Unamuno había ofendido al “bizkaitarrismo” no solamente pronosticando la decadencia del vascuence sino casi deseándola. Metidos en harina  unamuniana creo que será conveniente publicar, posteriormente  al presente artículo, dos discursos parlamentarios de su época de diputado independiente por la coalición republicano/socialista. El primero, ya evocado ayer, nada positivo sobre el porvenir del vascuence, pronunciado el 18 de septiembre de 1931. El segundo, de junio de 1932, sobre una enmienda parlamentaria que obligaba  las autoridades de la República a conocer la lengua catalana. Unamuno no supo anticipar la creación del llamado «Euskera batúa», el vascuence unificado ni tampoco la de su equivalente catalán. Los historiadores aludidos hace un instante mostraron ellos cómo la construcción artificial de la nación se apoya sistemáticamente en la transformación voluntarista y diferencialista de la lengua.

Y no lo olvidemos, late constantemente en filigrana del pensamiento unamuniano la idea de que, ayer como hoy, añadiremos nosotros, el drama nacional lo ocasionan los separatistas pero también «aquellos otros cuya manera de sentir y hacer la vida nacional quisiera que desapareciese de España».

 Bilbao
Plaza de Unamuno


MIGUEL DE UNAMUNO

Las únicas uniones fecundas son las que se hacen sobre un fondo, no ya de diferencia, sino de oposición. Un Parlamento sólo es fecundo cuando luchan de veras entre sí los partidos que lo componen, y el nuestro es infecundo, porque en él no hay semejante lucha, sino que todos se entienden entre bastidores y salen a las tablas a representar la ridícula comedia de la oposición. Hay que luchar, y luchar de veras, y buscar sobre la lucha, y merced a ella, la solidaridad que a los combatientes une. Se entienden mucho mejor las personas y los pueblos, y están más cerca de llegar a un cordial acuerdo, cuando luchan leal y sinceramente entre sí. Y es indudable que harían un grandísimo servicio a la causa del progreso de España, a la de su cultura, y se lo harían muy grande a sí mismos, si tanto catalanes, como castellanos, vascos, gallegos, etc., mostrasen su oposición a todo lo que les repugna en el modo de ser de los otros y procurara cada una de las castas imponer a las demás su concepción y su sentimiento de la vida. Y aquí entra el examinar lo que, tanto el catalanismo, como el bizkaitarrismo, tienen de censurable. Lo malo de ellos es su carácter de egoísmo y de cobardía. En vez de ser defensivos debían hacerse ofensivos.

 «España se hunde—me decía un catalán catalanista— y nosotros no queremos hundirnos con ella, y como no queremos hundirnos, hemos de vernos precisados a cortar la amarra.» Y  le contesté: «No, el deber es tirar de ella y salvar a España, quiera o no ser salvada. El deber patriótico de los catalanes, como españoles, consiste en catalanizar a España, en imponer a los demás españoles su concepto y su sentimiento de la patria común y de lo que debe ser ésta; su deber consiste en luchar sin tregua ni descanso contra todo aquello que, siendo debido a la influencia de otra casta, impide, a su convicción, el que España entre de lleno en la vida de la civilización y la cultura.»

 Unamuno y Castilla

Entre Castilla y Cataluña ha habido un lamentabilísimo y vergonzoso pacto tácito. La primera ha sido tributaria económica de la segunda, a cambio de que ésta sea tributaria política de ella, y siempre que los Gobiernos, radicantes en Castilla e  influidos por el ambiente castellano, han cedido a las exigencias económicas de Cataluña, o más bien de Barcelona, los catalanes, distraídos en su negocio, no se han cuidado de imponer en otros órdenes de la vida su manera de sentir ésta. Han vendido su alma por un Arancel.

 Cada hermano tiene el deber fraternal de imponerse a sus hermanos, y, cuando se siente superior a ellos, no debe decir, « ¡ea!, yo no puedo vivir con vosotros y me voy de casa», sino que debe decir: « ¡se acabó!, aquí voy a mandar yo», y tratar de imponer su autoridad, aunque por tratar de imponerla le echen de casa. Cada una de las castas que forman la nación española debe esforzarse porque predomine en ésta y le dé tono, carácter y dirección el espíritu específico que le anima, y sólo así, del esfuerzo de imposición mutua, puede brotar la conciencia colectiva nacional... 

 Ensueños de la casta imperial

Tal fue el sentido de mi discurso de los Juegos Florales de Bilbao, en Agosto de 1901, y entonces resultó que disgusté con él a aquellos, mis más próximos hermanos, a quienes les dije: ¡imponeos! y me fue aplaudido por aquellos otros cuya manera de sentir y hacer la vida nacional quisiera que desapareciese de España. Entonces dije a mis paisanos:

«Si queremos hacer valer nuestra personalidad, derramémosla, estampando su sello en cuanto nos rodea. Hagamos como aquél a quien le sobra... Tengamos también los vascos nuestro imperialismo, un imperialismo sin emperador, difusivo y pacífico. Rebasemos de la patria chica, chica siempre, para agrandar la grande y empujarla a la máxima, a la única, a la gran Patria humana... Las murallas chinescas, materiales o espirituales, totales o parciales, son de pueblos que han perdido la fe en sí mismos.»

Era condenar el ser castellano, del espíritu que obra, pero rara vez siente, del que pasa y repasa por el escenario movido de resorte automático, y hay que darle otros. Y luego añadí unos párrafos en que hablaba de lo maltrecho que quedó Don Quijote de su encontronazo con Robinsón y de la necesidad de curarle, encerrándole en el centro, apretando a éste con la periferia. Hoy me siento obligado a rectificar esto, pues una mayor familiaridad con Don Quijote me ha enseñado que su espíritu emigró de Castilla, de la España Central, y si en alguna parte está en la Península—fuera de ella alienta en buena parte de América— es en mi país vasco. Así lo he visto al componer mi Vida de Don Quijote y Sancho, en la que se trasparenta cómo la meditación de la vida del Caballero de la Fe me ha dado conciencia de lo que ha de esperarse de mi raza vasca.

 Puente romano en Salamanca

Lo que en aquel mi discurso sublevó a mis paisanos fue el proclamar lo que todos ellos saben y reconocen, que el vascuence se muere sin remedio. Se muere y se debe morir, porque su muerte y la adopción por mi pueblo de un idioma de cultura es el único medio para llevar a la cultura común nuestro espíritu y perpetuarlo en ella. Necesitamos hablar castellano, ante todo y sobre todo, para imponer nuestro sentido a los demás pueblos de lengua castellana primero y a través de ellos a la vida toda histórica de la Humanidad. Frente a todos los que en mi país se pronuncian contra la invasión de los maquetos, de los castellanos, decía:

« ¿Qué es eso de invasores? ¿No lo somos nosotros? Si no queréis ser invadidos, invadid; si no queréis que os absorban, absorbed; todo menos cerrar las válvulas y permanecer aislados. No guardéis una absurda virginidad de raza que nos prive de la maternidad, de la paternidad más bien. Padres, sí; que en este inevitable y fecundo encuentro de pueblos, seamos el varón, no la hembra. Tened, además, en cuenta que hay que acabar y completar la obra de la reconquista española, desarraigando las taifas que aún nos quedan, extirpando el beduinismo.»

 La cobardía del bizkaitarrismo egoísta y defensivo no oyó sino que se tocaba a un ídolo, y a un ídolo en que no se cree ya, y protestó ruidosa de quien les decía: ¡id y conquistadlos! Y al ver que ellos protestaban, los otros, los maquetos, aplaudieron, y no por patriotismo español, sino para desahogar su sorda inquina a Bilbao. Esta es la pura verdad.


Y más tarde, cuando he recordado la frase de un catalán de que el vasco es el alcaloide del castellano, no ha faltado quien creyese que hablaba yo humorísticamente, y no es así. No es así, sino que creo de verdad que al protestar no pocos en mi país contra lo que llaman el españolismo, protestan contra la íntima desespañolización de España; creo que es el espíritu de Don Quijote, desterrado de la tierra en que nació su cuerpo, el que refugiado en las montañas de mi tierra protesta de los bachilleres, los curas y los barberos que se han hecho dueños de la suya.

 Miguel de Unamuno por Alejandro Cabeza