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viernes, 22 de febrero de 2019

La Historia Interminable (y 2)


 Alain Finkielkraut y los chalecos amarillos. Paris, 16 de febrero

Jean Juan Palette-Cazajus

Históricamente y por razones que veo difícil designar de otra manera que no sea “selección natural”, cualquier movimiento reivindicativo duradero y apoyado en una importante base social termina engendrando cabecillas e incluso cabezas. Al hilo de las semanas, fueron emergiendo entre los “Chalecos amarillos” mujeres y hombres nuevos, obviamente proactivos, portadores  de iniciativa intelectual y de liderazgo. Todos sin excepción, ellas y ellos, fueron objeto sistemático de insultos, de acoso inmisericorde en las redes sociales, de amenazas de muerte, hasta conseguir que regresasen al silencio y al anonimato o abandonasen el movimiento. El último caso fue el de Ingrid Levavasseur (curioso apellido histórico que designaba en francés medieval el vasallo de un vasallo) modesta auxiliar de enfermería de 31 años, que pretendía lanzar una candidatura “amarilla” en las próximas elecciones europeas. La voluntariosa pelirroja se vio rodeada, insultada y amenazada en el marco de la ritual manifestación parisina del pasado sábado 16 y tuvo que ser exfiltrada por la policía. Nada más edificante que tamaña obcecación de los “Chalecos amarillos”, semejante odio por cualquier cabeza susceptible de sobresalir. Nada más revelador de los motivos inconscientes que alimentan sus constantes referencias retóricas a la guillotina, a “la gran niveladora” como la habían apodado los “Sans-Culottes”.  Lo que queda de las fuerzas vivas de los “Chalecos amarillos” se ha convertido en un ghetto igualitario estancado en una cultura del resentimiento.

 Ingrid Levavasseur. 16 de febrero

Cabe que esta última manifestación parisina señale, de alguna manera, un antes y un después tras la emoción suscitada por la agresión antisemita de que fue objeto el entrañable Alain Finkielkraut en el bulevar de Montparnasse cuando ejercía su derecho ciudadano a enterarse de lo que estaba pasando. Me di cuenta en seguida por los canales de información continua que entre los agresores del autor de “La Identidad Desdichada” destacaba un personaje con claro acento y aspecto físico de salafista como salafista era el tenor de sus insultos: “Dios te va a castigar, asesino,... sionista asqueroso...irás al infierno… debes morir… Francia es nuestra… nosotros somos el pueblo..” Esto a modo de edificante florilegio de más amplios improperios. Las autoridades remolonearon lo suyo antes de identificarlo oficialmente: sempiterno temor a la “estigmatización” de los musulmanes por más que muchos se pinten solos para hacerlo.

La gran novedad es la irrupción de este tipo de individuos en las manifestaciones de los “Chalecos amarillos”. Clara señal de la deriva del movimiento. La voluntad de agotar las instituciones y desestabilizarlas es cada vez más clara por más que calificar la situación de “prefascista” como le oía hace pocos días a un exdirector de “Le Monde” particularmente pusilánime y timorato, me parece pelín excesivo. Pero admito que cada día se impone con más fuerza en mi cabeza el recuerdo del título de un polémico libro que François Mitterand dedicara a De Gaulle en 1964: “El golpe de estado permanente”. 

 El agresor salafista de Finkielkraut

En los meses previos a la Revolución Francesa y tras la convocación de los Estados Generales se procedió en muchos municipios a la redacción y recopilación de los llamados “Cahiers de doléances”, los cuadernos de quejas encargados de llevar hasta los oídos del Rey todo aquello que no funcionaba. Los “Chalecos amarillos”, en su conocida dependencia escolar de la mitología revolucionaria, lanzaron la idea de unos nuevos “Cahiers de doléances”. Macron supo agarrar la pelota al vuelo y propuso la organización de un “Gran Debate Nacional” en fase de realización, parece que con buenos resultados: multitud de reuniones en multitud de municipios donde multitud de participantes emiten multitud de quejas, ideas y sugerencias de todo tipo, luego recogidas en los nuevos “Cahiers de doléance”. No sé bien cómo se procederá para sintetizar y escrutar de manera práctica el caudal del material recogido. No sé si aquello podrá desembocar en resultados concretos, pero los mismos “chalecos” al origen de la iniciativa califican ahora el “Gran Debate” como “poudre de Perlimpinpin” macroniana, o sea “polvos de la madre Celestina” dicho sea en buen romance. De nuevo el aludido temor a la expresión y formulación de las ideas, al contraste de opiniones, al horizonte de la complejidad. He evitado el uso de la palabra en varios momentos de este trabajo, pero es obvio que no hay más término que el de nihilismo para definir la deriva actual del movimiento.


 Cahier de doléances. 4 de abril de 1789

No me cabe duda, no obstante, de que el fenómeno de los “Chalecos amarillos” es también sintomático de otras dolencias graves todavía ocultas y latentes. Aquello quiere decirnos “algo”. Algo que está ahí, que de momento no intuimos  pero que no dejará de revelarse en un plazo más o menos breve. Ya estamos en condiciones de admitir que el estallido del movimiento fue el indicio de una profunda crisis de la cultura democrática. De las tres referencias que componían la terna que permitió la construcción de un consenso mayoritario sobre la democracia, después de  la 2ª Guerrra Mundial, dos eran negativas: por un lado, la propia tragedia bélica y los horrores del nazismo; por otro, el repelente político y social constituido por el universo soviético; la referencia positiva fue la larga “happy hour” económica de treinta años, la edad de oro del capitalismo desarrollista (1945-1975). Así, durante tres generaciones, cualesquiera que fueran los avatares políticos, la democracia no tuvo ninguna dificultad en aparecer, empírica y comparativamente, como el menos malo de los regímenes políticos posibles. Aquella triple coincidencia fue excepcional. Sin duda irrepetible.

 .  Cahier de doléances de Villepreux (Región Isla de Francia)

Hoy todas las memorias se van esfumando. En la cabeza de muchos “millenials” tardíos está en trance de ausentarse, si es que ya no lo ha hecho, la memoria de las tragedias del siglo XX como la de la bonanza económica. La democracia vuelve a aparecer en su verdad desnuda e inerme: una apuesta arriesgadísima y el producto de la necesidad de un esfuerzo racional. La democracia ateniense era el régimen de los oradores. La democracia moderna fue el régimen de los lectores. Las redes sociales prosperan donde ya no se habla ni se lee. Para un politólogo lúcido, el británico Jamie Bartlett, internet y la democracia son incompatibles. Obedecen a lógicas contradictorias. La democracia exige largas deliberaciones, un espacio físico delimitado y concreto, una sólida cultura compartida, confianza en el papel de las elecciones, respeto por las autoridades legales, más o menos todo lo que la grillera de internet se encarga de degradar….Si las democracias no consiguen controlar las redes sociales, advierte Bartlett, las redes sociales acabarán con ellas. 

Llega a su fin el provisional estado de gracia, tres cuartos de siglo (salvando algunas excepciones ), que permitieron que la democracia nos resultara tan  natural e imperceptible como el aire que respiramos. Solo cabía percibirla a través de sus carencias, sus fallas. No tardaremos en volver a descubrir hasta qué punto toda democracia supone un órdago a la grande. Hasta qué punto su carácter definitorio solo puede determinarse por la fragilidad y la precariedad.  La única victoria de arcaicos e infantiles en los tres ecosistemas católicos donde lograron perpetuarse (Francia, España, Italia) fue la de lograr venderse como corazones cálidos y viriles donde los demócratas aparecían como unos “pichas frías”. Están asomando tiempos en que estos deberán volver a ser los aventureros, los guerreros, los lobos solitarios. Lo anticipaba  Albert Camus en su discurso de recepción del Premio Nobel, en 1957: «Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía ya sabe que no podrá rehacerlo. Por esto su tarea es quizá más importante. Consiste en impedir que el mundo se deshaga».

Camus en Estocolmo,1957