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martes, 10 de diciembre de 2019

Antonio de Senillosa: "España es un país de mucha envidia. Al catalán, que es muy individualista, no le gusta que el amigo sobresalga"


Texto: Ignacio Ruiz Quintano
Fotos: Ángel Carchenilla

ANTONIO DE SENILLOSA
1928-1994

Yo tendría que ser muy catalanista, porque nací entre el 23 de abril, que es San Jorge (no sé si lo habrán cambiado), y el 27, que es la Virgen de Montserrat


España es un país de mucha envidia. Al catalán, que es muy individualista, no le gusta que el amigo sobresalga


Yo desciendo también, y esto no lo he dicho nunca, de Rafael de Casanova, el del Setiempre catalán, la fiesta catalana. Que es curioso, porque el catalán tiene una gran propensión a celebrar las derrotas

España en general ¿no?

¡Franco celebraba el 18 de julio!


Envejecer es la renuncia a que lo imprevisto se introduzca en tu vida


Hay una gran generosidad con el qua muere. Es la hora de los reconocimientos, de los méritos de uno, si los tienes. Pero esto es por la misma naturaleza humana, porque el muerto no le hace competencia. No te quita el sitio, no pasa delante de ti. Si quieres ser ministro, no va a ser ministro el muerto. Y el exiliado también era un hombre muy bien considerado, porque el exiliado es un poco el muerto: el país le ha echado, le ha obligado a irse. El exiliado, pues, era un hombre muy bien considerado. Luego, de repente, vuelve el exiliado y entonces cae gordísimo, ¡qué lata, este exiliado! El señor Madariaga o el señor Sánchez-Albornoz. ¡Pero qué tostón de gente. qué pesadísimos! Pero es porque entonces este señor te hace competencia: publica libros antes que tú y vende más libros que tú. Ya es competencia.


Camus era amigo mío. Yo le vi poco antes de morir en un accidente de coche, que no lo conducía él. Camus era un hombre que iba muy despacio en coche. María Casares, con la que tenía una historia de amor, le decía siempre: «¡Llego tarde, corre!» Y Camus decía: «No hay nada más estúpido que morir en un accidente de coche.» Nunca corría. El día que se mató, conducía Gallimard.


 En la madurez hay ciertas ventajas: salen manchas y tal, y yo digo que se adquiere la pátina del tiempo, como las piedras. Hay, por otra parte, un streeptease: vas dejando pelo, dientes, dioptrías... En fin, de todo. Pero si uno lo sabe aceptar, tiene otras compensaciones.



Habría que hablar de la muerte, que tanto horroriza. Es un fracaso, pero a mí me gustaría entrar en la muerte con los ojos bien abiertos. Nadie ha vuelto del otro lado, sólo Lázaro, y aquí hay una cosa curiosa que no se ha dicho mucho. Cristo llora a Lázaro y luego lo resucita, pero resulta que Lázaro es mudo, y no nos cuenta qué ha pasado más allá. Tomando café con él nos lo habríamos pasado bomba: «Pues, mire usted, hay un cielo, todo el mundo baila alrededor de Dios, y somos felices y cantamos cantos gregorianos». Pero no; Lázaro llega y se queda mudo. Y no se sabe por qué.
 

—¿Cuántos liberales habrán leído a Locke?

—Bueno, es que yo entiendo el liberalismo como un talante, como un estilo. La doctrina liberal, en todo caso, se tendría que poner al día. Hay un poeta norteamericano, Robert Lee Frost, un poeta kennedyano, que decía que ser demócrata es la gran angustia de pensar que a lo mejor, en el fondo, es el otro el que lleva razón. Eso es el liberalismo.