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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Ortega Lara

 El Cid

Francisco Javier Gómez Izquierdo

     Por asuntos particulares que no vienen al caso tengo muy poca relación con “la actualidad”, ese monstruo que envejece a las dos horas y que convierte en bichos raros a los que, como por ejemplo un servidor, nunca han tenido teléfono móvil. Los gallegos y los vascos van “a las votaciones” y como después de que saliera Otegui -entre los suyos “el Gordo”- de la cárcel no dejo de acordarme del famélico aspecto de Ortega Lara bajando de un coche en la calle Francisco Grandmontagne de Burgos, no hago por ver la tele, ni escuchar la radio, ni comprar el periódico. No quiero avergonzarme ya más de pertenecer a un país que se enorgullece de honrar a todo tipo de asesinos  y educa a sus ¿ciudadanos? en el insulto a los héroes y el desprecio a las víctimas de pistoleros sin corazón. Como ejemplos de tal deriva tenemos en Burgos a Rodrigo Díaz de Vivar y a Ortega Lara.
   
 ¡Cuánto me alegra que queden vigilantes de esa “actualidad” como Hughes y Quintano que nos avisen de lo que se avecina! Cierto, queridos amigos, lo más doloroso no es la sangre derramada y las injustas afrentas a víctimas que nacieron para ser personas anónimas. Lo más doloroso es comprobar cómo cogen lozanía esos principios éticos que gangrenan la moral de las “gentes” y que distinguen a los individuos entre transmisores de energía positiva, Otegui y su paz, y energía negativa, Ortega Lara y su triste mirada, y se asientan como la roña en las entrañas de un pueblo que quizás merezca lo que le pasa.

    Colegas de ese hombre que llamó “hombre de paz” a Arnaldo Otegui ordenaban a los funcionarios de prisiones -carceleros en parla abertzale, uno de ellos Ortega Lara-  requisar de las celdas  las cometillas con los colores de la ikurruña que los etarras hacían en los talleres -jueces con la instrucción adecuada consideraron luego motivo de redención- y regalaban a las visitas de fin de semana para que se las colocaran en la camiseta a la altura de la tetilla. ¿Cuánto han padecido los funcionarios de prisiones... y sus mujeres e hijos? ¿Y para qué? No pregunten a Domitila, porque no es objetiva. La objetividad está en las cadenas tres, cuatro, cinco, seis... y etcétera.
     
No dudes, Hughes, de que abundante cosecha de psicópatas amenaza tras cada esquina y de ella tendremos que protegernos, pero no me negarás que “gran parte” del periodismo, los políticos al uso y también “la gente”, también... hacen como que ignoran desvaríos tales como el suceso de Vitoria y “culpan” a un señor que padeció martirio todas las horas de 532 días por querer representar al ciudadano con más méritos que aquellos que le secuestraron y martirizaron.

    No sigo porque me enciendo. ¡Mira que estaba uno tranquilo después del triunfo del Córdoba -sólo pude ver la última media hora- en Alcorcón, pero ha sido leer a los dos amigos y llenarse de gatos la barriga!

     Un servidor trató mucho con Ortega Lara en el barrio y era un mozo como cualquiera de nosotros. Estuvo con el Gaitu interno en  Saldañuela. El Bachiller lo hicimos todos en el Diego Porcelos al que íbamos andando desde Gamonal y con Joaquín, Manso, Sinesio, Pik,  otra vez el Gaitu... estudiaron Magisterio.  Los veranos nos buscábamos unas perras para gastos y uno de los trabajos de los que la cuadrilla estaba más orgullosa fue la limpieza del Arco de Santamaría. Quitamos todo lo negro y dimos un tratamiento a las piedras para que brillaran durante generaciones. ¿Saben por qué recuerdo a Ortega Lara, “Larín” para nosotros entonces, cuando veo a Otegui retratado o paso por debajo del Arco de Santa María? Porque como demuestra el episodio vitoriano, lo democrático,  progresista y elegante  de hogaño sería pintar con frases oteguinas los monumentos que a unos pocos nos alegran una vista por desgracia harto cansada.

El Arco de Santa María