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domingo, 4 de septiembre de 2016

Agnus Dei Qui Tollis... Capítulo Tercero

Tintin en el Congo


Jean Palette-Cazajus

 (Aviso para presumidos, esto piensan de nosotros)

Resumamos, muy someramente, el anterior apunte. Somos los ilegítimos propietarios de una Europa fundalmentalmente culpable a la par que usurpadora de su propia riqueza. Nuestra expiación consistirá en el ofrecimiento de ilimitada hospitalidad a ilimitados candidatos. Éramos individuos, seremos ejemplares entre los ejemplares de quienes no supieron resistir a la facilidad zoológica de la proliferación.

Fuimos dominadores, somos deudores. Fueron dominados, son acreedores. Pero ni el fuerte tiene que ser necesariamente el malo, ni el débil necesariamente el bueno. La catastrófica aventura colonial fue la que fijó los papeles. Era tal la inicial diferencia de potencial entre unos y otros que nos pervirtió el espejismo de la omnipotencia y nos arrastró el vértigo de la predación. No dudemos de que éste haya sido el fatal error con que Occidente perdió parte de su alma y firmó anticipadamente su sentencia de muerte. Instituirnos como el «malo poderoso» fue parte de la penitencia. Luego, el otro sólo podía ser el «bueno indefenso» y pronto se percató de las ventajas de la situación. No le costó convencernos de que nuestra maldad era congénita y que convenía perennizar el reparto de papeles.... Y hasta ahora.

Samory Touré
 
La colonización no irrumpió en una África irénica, sino devastada por las guerras intestinas y la esclavitud interior. Valga el conocido ejemplo del caudillo musulmán Samory Touré (1830-1900), capturado por los franceses en 1898, tras arrasar durante años muchas poblaciones de África del Oeste. Hoy, los propios descendientes de quienes fueron asesinados y esclavizados, lo veneran como mártir de la agresión colonial. Nuestra ensoberbecida aventura proporcionó a los descendientes de los damnificados la inaudita posibilidad de monetizar eternamente aquel momento histórico. Porque si nosotros pecamos como todos, sabemos arrepentirnos como nadie. Ésta es una de las razones por las cuales, más que una cultura, somos tal vez una «metacultura». A partir de la mitad del pasado siglo, desangrados por dos guerras mundiales, intoxicados por el veneno colonial, a punto estamos de desfallecer. Son tres tentativas de suicidio que abocan nuestra conciencia a una mutación adaptativa. Borraremos entonces la noción de conflicto de nuestros cerebros y la sustuiremos por la de culpabilidad vocacional que conlleva la rumia de las faltas propias y también la asunción de las ajenas, a modo de último avatar de nuestra soberbia universalista.

Entretanto, muchos de los nuevos países eligieron la ceguera frente a los borrones de la propia historia, pasada y presente, cuando no su manipulación. Nada de eso pudo evitar las matanzas masivas, las violaciones colectivas, las bárbaras manifestaciones de los fanatismos, la inercia económica, las insolentes exhibiciones de la corrupción. Frente al frecuente empeoramiento de las situaciones, el perenne destello del faro europeo en la noche exaspera el rencor y el sentimiento de fracaso. La Europa que sestea en el fondo del tresillo, bonachona y plácida, ignora la literatura que inspira. Deberá prestar más atención a las opiniones de Houria Bouteldja.

 Houria, islámicamente seductora

Nacida en Argelia en 1973, es la polémica portavoz del llamado Partido de los Indígenas de la República, cuyas siglas, «PIR», no por nada suenan en francés como «peor». Más que de un partido se trata de una nutrida secta radical cuya ideología se resume a contraponer el blanco malo, genéticamente racista y dominador, al inmigrado bueno. Éste es el portador de la deuda colonial y en consecuencia el legítimo y verdadero propietario del suelo al que arribó. Le incumbe, no ya el derecho, sino el deber de perpetuar su cultura y sus valores contra «el pueblo blanco, propietario de Francia».

«Mañana -declaraba Houria Bouteldja en 2006- la sociedad entera deberá asumir el racismo antiblanco. Incluso los que no tienen nada que reprocharse deberán asumir toda su historia. Cualquier blanco, aunque sea el más antirracista, el menos paternalista, el más simpático entre los simpáticos, deberá sufrirlo como los demás.» A un periodista argelino que le pregunta, en 2010, por qué ha adquirido la nacionalidad francesa, contesta que «por el hecho de ser inexpulsable». Añade que considera «la ciudadanía y todos los derechos que conlleva como algo que se nos debe». El más hábil de los esloganes del PIR, es el que dice : «Estamos aquí porque estuvisteis allí».

En los platós televisivos, la Bouteldja, blanca, agraciada y glacial, pregona su adscripción al llamado islamogauchismo tapándose, parcialmente, el pelo con un coqueto turbante. Se ha superado a sí misma publicando hace unos meses un sonado panfleto titulado: Los blancos, los judíos y nosotros. El contenido del fascículo (140 p) cabe entero en el racismo desacomplejado proclamado por el título. Si la cultura y las competencias intelectuales de la autora revelan sus flaquezas, fascina la lectura morbosa de un texto que se complace en el racismo, el fanatismo religioso, el comunitarismo extremo, el antisemitismo, el machismo o la homofobia. No tacañea con los «ismos» torcidos el panfleto de Houria Bouteldja que los reivindica y legitima, siempre y cuando beneficien a los excolonizados y se ejerzan contra el «blanco». Porque «la blanquitud es una fortaleza y todo blanco es un constructor de esta fortaleza».

Moldeada por los conceptos de la modernidad europea, Bouteldja trata de desconstruirlos contra Occidente. Musulmana por razones comunitarias, es palpable la desesperación y la esquizofrenia con que utiliza la razón occidental para intentar legitimar los peores oscurantismos islámicos. Básicamente, se trata de «su» cultura contra la de los «blancos». «La bonita ideología del encuentro entre dos culturas, es pura basura» aclara, perentoria. Encerrada en sus contradicciones se retuerce entre el rencor y el odio. «Os lo concedo de buena gana, no habéis elegido ser blancos. No sois realmente culpables del pasado, pero sí responsables» dice al principio, conminando los actuales europeos a heredar las responsabilidades de su pasado negativo, sea real o fantaseado por ella. No ve contradicción con el odio proclamado contra quienes, en nombre de la misma memoria de la herencia, juzgan preferible la continuidad de sus naciones frente a valores tan aviesos.
 
Sobre los sucesos de Nochevieja en Colonia comenta imperturbable que «Debe verse en la virilidad llena de testosterona del macho indígena, la parte que resiste al dominio de los blancos... El árabe que pierde su potencia viril deja de ser un hombre». Razón por la cual «nuestro feminismo descolonizador debe rechazar imperativamente cualquier discurso que estigmatice a nuestros hermanos». La traca final es apoteósica: «Pertenezco a mi familia, a mi clan, a mi raza, a Argelia y al Islam». Finalmente, contra el Cogito de Descartes, sólo susceptible, según ella, de engendrar «una razón blanca», dice defender «la alteridad radical», por lo cual concluye exaltada «¡Al-lahu Akbar !».

 Sionistas al Gulag, dice el grafiti. Houria disfruta...

«Abatir un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir al mismo tiempo un opresor y un oprimido. Lo que queda será entonces un hombre muerto y un hombre libre». Esta vez, la frase no es de nuestra amiga sino de J. P. Sartre, extraída de su largo y famoso prólogo a Los Condenados de la Tierra, último libro de Frantz Fanon, el acerado analista del trauma colonial. Por más que escrito en 1961, en el peor momento de la Guerra de Argelia, la violencia del texto de Sartre asustó al propio Fanon. Bouteldja halló su inspiración seminal en este prólogo. Sólo lamenta amargamente que en la frase citada, Sartre no añadiera «judío» a continuación de «europeo». Las propias armas con que quieren matarnos, las hemos tenido que forjar nosotros mismos. Un indicio para quienes no entienden el atroz resentimiento de Bouteldja y sus numerosos semejantes.

Samory Touré sentado en el centro, 1900, dos meses antes de morir