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lunes, 5 de septiembre de 2016

Los últimos (aficionados) de El Álamo: buena corrida concurso, con Chacón aporreando la puerta de Madrid


José Ramón Márquez

«Los toros son del pueblo», dice una voz al fondo de la sala… «los toros pertenecen al pueblo», responde airado otro, y resulta que el pueblo no está para toros, que el pueblo anda preocupado con el birlibirloque de tener que elegir entre preparar la cena de nochebuena o ir a depositar el papelito en la urna. El pueblo anda confuso y no hace caso de los toros ni aunque le pongan la entrada a precio único de 22 leures, desde la barrera a la última fila, sin sol ni sombra, y con la facilidad añadida de que cada diez que vayan con una camiseta igual sólo pagan 5 por cabeza. Eso a veinte minutos de Madrid, con ganado de La Quinta, Partido de Resina, Victorino Martín, Murube, Dolores Aguirre y, perdónalos Dios mío, La Reina (la otra mitad es El Tajo). Corrida de concurso a las puertas de Madrid y entrada minúscula, próxima a ese intrincado 1/6 que proclamaba ayer el cronista de Las Ventas en el Aplausos, la revista taurina, que vocea Simón por esas Plazas.

El pueblo está como que pasa, preocupado por la gobernanza, y el aficionado, como esas pelusas que se forman en las esquinas de las habitaciones en casas de poco aseo, se encuentra, se arremolina y hace banda para disfrutar de las idas y venidas del ganado que tendría que haber propiciado una entrada de mucho más fuste.

En el inicial cartel estaba anunciada Miura, pero se cayó, imaginamos que por falta de zootecnia. A por A, cambiaron a las asas por la corona y trajeron un toro de Victorino, con lo que el cambio fue bien aceptado, y si hubiesen traído uno de Isaías y Tulio Vázquez, que también hierra con una A, tampoco hubiésemos protestado. Para despachar esa selecta colección de ganaderías pusieron en el cartel los nombres de Juan Bautista, Octavio Chacón y Morenito de Aranda.

De los toros diremos, en el orden de salida, que el de La Quinta, algo regordío, puso de su parte hasta que se hartó. A éste lo recibió de capa con gusto Juan Bautist, una, dos tres verónicas y de pronto se debió de dar cuenta de que las daba al revés de como le han enseñado, o sea bien, por lo que las dos últimas las dio a la manera moderna escondiendo la pata, para que cada cual se quede con lo que más le guste. El trasteo fue soso como soso fue el toro, que se fue al Valle de Josafat sin pena ni gloria.

El segundo fue el de Victorino, cara de rata, tipo zancudo, terciado, con ideas preconcebidas. El recibimiento de capa de Chacón fue emocionante, con el animal comiéndose literalmente las telas y con el torero flexionando la pierna, dominador. Una oleada de embestidas rabiosas dejó el Victorino y Chacón no se amilanó. Tomó una vara con presteza y no quiso acudir a la segunda y a partir de ahí cantó su condición mansa, ante la cual Chacón puso de manifiesto bastante solvencia. El toro, pese a su mansedumbre, exigía y el matador no se amilanó.

El tercero era el de Partido de Resina, un pablorromero negro de imponente presencia, serio y con arrobas. La condición del toro fue mansa y huidiza y ante él el pobre Morenito, ayuno del oficio preciso no fue capaz ni de sujetarle, ni de plantearla la pelea en los terrenos del toro ni de nada digno de reseña. Lo  mismo el hombre estimó que no era momento para poner nada en ese asador o lo mismo es que ni se imaginaba cómo hacerlo. La cosa es que el Moreno anduvo detrás del bicho y el animal toreó bastante más que el torero. Hubiese sido muy interesante ver a ese animal en manos más dispuestas o más solventes, pues bien es sabida la debilidad que tenemos por los toros mansos con casta. Durante la lidia de este toro el doctor Moncholi nos mandó a un propio armado de un micrófono preguntándonos si alguno de nosotros éramos don José Luis Algora, luego pensamos que hubiese sido bueno haber seguido la broma y haber concedido una entrevista ful, para entretenimiento de los telespectadores.

En cuarto lugar un retinto de La Reina que trajo lo que el hombre contemporáneo espera del toro de lidia: embestidas de vaivén y pocas complicaciones. El pupilo de Pepito Veragua cumplió tal y como se esperaba y el francés le atizó el manual del toreo contemporáneo, el toreo incorpóreo diríamos, de pé a pá. Bien es verdad que, como señalaba el aficionado X, Juan Bautista ha adquirido más oficio, pero lo pone al servicio de la tauromaquia menos interesante que concebirse pueda. Cuando se le afeó lo poco interesante de su actuación, acaso picado el torero en su amor propio, pegó tres naturales que fueron lo mejor que dejó en El Álamo.

En quinto lugar salió un pavo de Dolores Aguirre, un tío. Chacón se puso firme frente a él, aguantando coladas y echando la muleta por delante en redondos de mando y encaje sin afligirse lo más mínimo ante la seria presencia del burel. Valiente y decidido, planteó la pelea de manera denodada con la cabeza fría, con valor y entereza. En conjunto, muy interesante la tarde de Chacón que pide a gritos un sitio en Madrid.

Y para finalizar un Murube con poco tipo de Murube, pero de seria presencia y romana. Propició una preciosa caída de latiguillo al picador, que cayó perfectamente por la tabla del pescuezo del caballo sin que este fuese al suelo y luego ahí estuvo a ver si morenito se decidía a darle fiesta, pero Morenito, como es bien sabido, va más bien por la cosa del arte y él lo que quería era haber estado en Valladolid con las cabritillas mejor que en El Álamo con el toro que mete miedo. Además mató mal y ni siquiera rebañó la típica orejilla pueblerina.

El premio al mejor toro se lo dieron al de Dolores Aguirre, ganadería que no sabemos qué fin va a tener una vez desaparecida su dueña, (qDg).

Las bandas de música son de menor entidad cuanto más asemejan sus acordes a los de la música moruna. En El Álamo tres personas atacaron con ímpetu las notas de los más variados pasodobles e incluso del popular “Paquito el Chocolatero” y esos sonidos evocaron, en este final del verano, tardes perezosas en el jardín del hotel Minzah de Tánger y en el ajetreo de la medina de Marraquech.