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lunes, 28 de enero de 2013

La empresa antitaurina de Las Ventas ya tiene su tapadera

Nueva Plaza de La Tapadera 

José Ramón Márquez

Ya han puesto en Las Ventas la cubierta ésa que Dios confunda. El Presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid, organismo harto prescindible, dijo que no se darían toros bajo ese palio mamarracho, pero los gestores venteños, como los llama el redicho de la tele, ya están apuntando a que ya que la han puesto, por ellos la podrían aguantar por lo menos hasta el domingo de Resurrección. En ese caso no sé qué pasará cuando yo vaya a retirar mi abono de andanada, aunque estoy convencido de que estos son capaces de venderte la entrada, aunque cuando llegues a la localidad veas que queda por encima del estafermo circense, porque, como es sabido, las gradas y las andanadas quedan fuera del cobijo de la circense carpa.

Parece ser que lo que alienta el invento de la cubierta, entusiástiacamente impulsado por el suave Abella, a quien todos sus íntimos conocemos como Abeya, es tratar de transformar Las Ventas en un manantial de ingresos, sea de la manera que sea, por ello es que para no dejar todo ese espacio que queda fuera del abrigo del toldo sin producir, ya podía Abeya mandar hacer unos tabiquillos con pladur y alquilar esas habitaciones a las gentes desfavorecidas; así,  lo mismo  que en el interior de las arenas de Nimes llegó a haber cien viviendas y hasta dos capillas, se podía seguir la idea y hacer en las partes altas de la pobre Monumental el auténtico barrio de Ventas, que algo de pasta les caerá también de ahí, dado que la pasta es, al parecer,  lo que mueve todo este dislate.

Hay un libro de 1860 titulado ‘Manual de teatros y espectáculos públicos’ que se ocupa de lo que en nuestros días llamaríamos ‘espacios culturales’ en la ciudad de Madrid. El autor repasa desde el teatro del Príncipe Alfonso hasta el Circo de Price pasando por el circo gallístico y, como no puede ser menos, también se ocupa de la Plaza de Toros, entonces situada en las inmediaciones de la Puerta de Alcalá, últimos años de aquella Plaza cuyo fin estaba ya próximo, a causa de las obras del ensanche de Madrid.
Dice el autor, y en esto se da una gran lección a los contemporáneos defensores de los ‘ingresos atípicos’ que "las pocas veces que este circo se ha distraído de su objeto ha sido para dar funciones de gimnasia, equitación, fuegos artificiales o lucha de fieras. El año 1852, con motivo del natalicio de la infanta doña María Isabel Francisca, hubo en ella torneos. Desde 1859 Mr. Price la utiliza con su compañía para dar funciones de hipódromo en las tardes de los días festivos".
 
Habla el hombre de las pocas veces que la Plaza se distrajo de su objeto, porque seguramente a los de los Reales Hospitales ni se les ocurrió que se podían inventar cosas como la feria de la tapa, el show de las motos de Red Bull, o la actuación del tal Papitwo. En aquella época remota en que la Plaza no se distraía de su objeto era Corregidor de la Villa el Duque de Sesto, uno de los mejores alcaldes que ha tenido Madrid, y aún no se había inventado lo de la Autonomía. En nuestros días tenemos mandando en la cosa pública madrileña a doña Ana Botella y a don Ignacio González y, claro, eso explica muchas cosas.